La muerte de Victoria Ocampo, ocurrida el 27 de enero de 1979, no fue una noticia que haya pasado inadvertida en la Argentina de la dictadura. Fue, por el contrario, el cierre de una época y la confirmación de una ausencia irreparable.

El 28 de enero de 1979, un día después de la muerte de la escritora, el diario eligió abrir su edición con la muerte de una de las figuras centrales de la cultura argentina. Ese "recorte" permite 47 años después, dimensionar su relevancia.

La muerte de Victoria Ocampo, ocurrida el 27 de enero de 1979, no fue una noticia que haya pasado inadvertida en la Argentina de la dictadura. Fue, por el contrario, el cierre de una época y la confirmación de una ausencia irreparable.
Un día después, el 28 de enero, El Litoral la despidió desde su portada (algo infrecuente) con una cobertura que dimensionó la magnitud de una figura que había marcado, como pocas otras, el pulso intelectual del país.
Referirse a Ocampo es hablar de un extenso período de la vida cultural argentina, de una mujer que incomodó, abrió puertas, forzó debates y tendió puentes entre la Argentina y el mundo cuando esa vocación "cosmopolita" no era sencilla.

Para Felipe Pigna, Victoria Ocampo "fue una adelantada a su época". Fue escritora, editora, traductora, mecenas y alguien que pensó la cultura como territorio en disputa. Como afirmó Miguel Ángel Santamarina, "hizo de todo, siempre retorciendo el canon, siempre buscando la libertad de la mujer".
Norberto Frigerio y Juan Javier Negri, en un artículo publicado en La Nación, señalaron que "la suya fue una figura irrepetible de la cultura argentina y mundial que merece ser evocada todos los días. Dedicó su vida a abrir horizontes literarios y culturales desde su Argentina natal hacia el mundo".
Gabriela Saidón, en Infobae, la describió como "viajera incansable, amante liberal, feminista de la primera ola. Una belleza imponente, la mayor de seis hermanas de una familia aristocrática argentina, emparentada con apellidos ilustres como Pueyrredón, o próceres de las letras como José Hernández, autor del Martín Fierro".

Pero la figura de Ocampo demanda una lectura más compleja. Victoria Liendo advirtió que la directora de "Sur" fue una mujer rica, elitista y cosmopolita que no rechazó todas las creencias de su clase patricia y tuvo, además, esporádicos y triviales gestos esnobs".
"Pero lo que cultivó con devoción y rigor ascético fue el esnobismo de la modernidad, cuyas particularidades se han ido perdiendo en la proyección colectiva, indiferenciada y longeva que eclipsa su figura", añadió.
Esa tensión fue retomada por Marina Yuszczuk en Página/12. "Ocampo participó en los debates de su época, se ganó enemistades y fue atacada tanto por sus opiniones como por el estilo de sus intervenciones culturales", manifestó.

"No es fácil congelar a Ocampo en una sola imagen, y mucho menos a una figura y una obra que atraviesan varias décadas de un país que se quería moderno culturalmente y asistía al auge del peronismo, la ampliación de derechos y la alternancia entre gobiernos democráticos y de facto", remarcó.
Ocampo falleció el 27 de enero de 1979 en su residencia de San Isidro, la misma que en vida había donado a la UNESCO. Al día siguiente, el 28 de enero, El Litoral publicó su despedida y la noticia fue incluida en la portada.
La decisión de destacar su muerte en primera plana da cuenta de la relevancia de Ocampo y del lugar que su figura ocupaba en el país. En tiempos de repliegue del debate público, El Litoral opta por subrayar la dimensión histórica de una mujer que encarnaba una idea de cultura abierta y universal.

El texto del diario dice que "mencionarla es referirse a un largo periodo de la vida cultural argentina". No se queda en la muerte física, propone una mirada sobre su influencia. Y destaca el acercamiento con "los más esclarecidos representantes" de la literatura, el arte, la ciencia y la filosofía.
El Litoral remarca también que la autora de "Testimonios" fue "desde su juventud infatigable en todo cuanto significó aproximar al país a los altos valores del espíritu en la dimensión universal". En esa caracterización aparece una Ocampo movida por una convicción que no se dejó doblegar.
El diario la define como precursora y única. "Precursora porque tras la intuición siguió la convicción y no la arredraron ni las críticas ni la incomprensión: única, porque tuvo el tesón suficiente para sobreponerse a obstáculos naturales y artificiales con una pujanza casi sarmientina".

La referencia a Sarmiento no es casualidad, sino que inscribe a Ocampo en una tradición de figuras que pensaron la cultura como motor de transformación. La despedida también reconstruye su trayectoria desde una perspectiva histórica.
La presenta como una de las últimas figuras de la llamada "generación del 90", nacida el 7 de abril de 1890, capaz de imponer "su personalidad pródiga y avasallante en todos los ámbitos donde actuó".
En ese recorrido, el diario recuerda su origen familiar, pero subraya una definición que la propia Ocampo había sostenido a lo largo de su vida. "No hay más aristocracia que la del talento, la inteligencia, la grandeza de corazón y esto le puede caer en suerte a cualquiera".

La crónica avanza también sobre su dimensión pública y política. Recuerda que en 1953 el gobierno de Juan Domingo Perón la había recluido en la cárcel del Buen Pastor "por sus ideas", un episodio que Ocampo resignificó al señalar que allí encontró "la ayuda mutua y la solidaridad".
El texto recupera a su vez una imagen de fuerte carga simbólica: la residencia de San Isidro, esa casona victoriana "llena de duendes y recuerdos, perfumes y palabras suspendidas", que quedaría como legado cultural.
En un país atravesado por el silencio, el diario eligió despedir a Victoria Ocampo como una figura que había pensado la cultura argentina en diálogo permanente con el mundo.

Así fundó Sur, cuya larga vigencia fue presentada por El Litoral como una síntesis de su espíritu y carácter. Desde allí, Ocampo fue anfitriona de "personalidades extraordinarias del mundo de las letras, de la poesía, de la música".
Su amistad con los libros -que, según confesó, "data de antes de aprender a leer"- y con los autores más brillantes del siglo la colocó a la vanguardia de su tiempo. En efecto, fue amiga de Stravinsky, Ortega y Gasset, Camus, Tagore, Virginia Woolf, Ravel, Waldo Frank, Malraux, Borges, Güiraldes y Girondo.
También fue miembro de la Academia Argentina de Letras, la primera mujer en ocupar un sillón en esa corporación. Su notoriedad alcanzó incluso a quienes nunca habían leído sus libros. "Tan polifacética personalidad tuvo, que en buena parte del siglo actuó como un catalizador de las realizaciones culturales en el país", señaló El Litoral.