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Domingo 21.02.2021 - Última actualización - 18:22
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Por María Susana Ibáñez

La preparación de la aventura amorosa (*)

Aunque la novela de Bitar trata el tema del amor de pareja, dista de ser una novela romántica. Aunque la novela de Bitar trata el tema del amor de pareja, dista de ser una novela romántica.

Aunque la novela de Bitar trata el tema del amor de pareja, dista de ser una novela romántica.



Por María Susana Ibáñez La preparación de la aventura amorosa (*)

María Susana Ibáñez

 

Francisco Bitar nació en 1981 en Santa Fe, donde reside, y ha publicado los poemarios Negativos (2007), El Olimpo (2009), Ropa vieja: la muerte y una estrella (2011), The Volturno Poems (2015), las crónicas Historia oral de la cerveza (2015) y Mi nombre es Julio Emanuel Pasculli (2017). Su novela breve Tambor de arranque ganó en 2012 el Premio Ciudad de Rosario y su volumen de cuentos Luces de Navidad, el Premio Alcides Greca en 2014. Después de publicar Acá había un río (2015), con los relatos de Teoría y Práctica obtuvo el segundo premio del Fondo Nacional de las Artes en 2018. A finales de 2020 publicó un volumen de ensayos, Un accidente controlado, y ahora vuelve a la ficción con la novela La preparación de la aventura amorosa. Tusquets anuncia la novela como la primera de la serie De ahora en adelante, serie que, según explica Bitar en una nota reciente, es un intento de construir ficción a partir de la biografía personal.

 

La preparación de la aventura amorosa narra una serie de experiencias sentimentales del protagonista, Cerro, incluyendo sus primeros acercamientos a niñas en la infancia hasta las aventuras de su edad adulta. El mandato sobre decidir qué es el amor, que se formula al inicio de la historia, surge de un sueño y de la voz de la madre de Cerro, un personaje borroso y asociado siempre al silencio y a la ausencia. En contraste, otros personajes de su familia ostentan rasgos definidos: el padre y el hermano aparecen con acciones y voces fuertes, aunque también son parte de una disgregación familiar que deja al protagonista sin casa ni recursos. A partir de ese momento, la historia avanza al ritmo de las aventuras amorosas de Cerro, que incluyen innumerables decepciones, algunos éxitos, conductas obsesivas —en ocasiones perturbadoras— y la construcción de una familia, todo esto atravesado por un tono melancólico que recuerda a Tambor de arranque, por un ánimo reflexivo que se centra, sobre todo, en lo que Cerro va entendiendo de sí mismo y por una visión del amor sentimental en la que resuenan, al menos en mi experiencia de lectura, las de Ítalo Svevo y Milan Kundera.

 

Aunque la novela trata el tema del amor de pareja, dista de ser una novela romántica. Es más: la clave de lectura que propone al inicio —entender qué es el amor— resulta un enigma, para usar una expresión que le gusta a Cerro. Cerro sufre por su deseo insatisfecho, pero no reflexiona tanto acerca de la naturaleza del amor como sobre otros aspectos de las relaciones románticas: las dificultades del encare, el ingreso de la anécdota al círculo de amigos, las variadas acciones de acercamiento a mujeres para llenar vacíos en los que no piensa. Por cómo se desarrolla la historia, el amor del que habla la madre de Cerro no parece referirse solo al de pareja, aunque Cerro así lo interpreta: las decisiones del autor en la construcción del relato incluyen escenas sobre afectividades que el personaje parece no identificar o, al menos, no valorar tanto como las "hazañas amorosas" que se empeña en protagonizar. Alrededor del concepto de amor se abre así un debate a tres voces: la de Cerro en su exploración de relaciones con mujeres, la del autor del texto en la selección y disposición de su material y la de quien lee. Los lectores podrán identificarse, diferir en algunos puntos y hasta enfrentarse con Cerro. Como protagonista, Cerro se constituye en doliente receptor y reproductor de visiones patriarcales de la masculinidad, que enfrentan a los hombres en "una competencia abierta y descarada entre los fuertes y los débiles que quizá nunca más encuentre tregua" (p. 127) en un mundo en el que "estar con otra mujer se impone" (p. 136). Para incrementar su valía de varón, Cerro camina y piensa, merodea, acecha y recuerda, se lanza a recorrer "el espacio donde se pone en juego lo que no se conoce de uno mismo con exactitud" (p. 47), por más que a la larga "la ciudad ofrece al enamorado nada más que consuelos provisorios" (p.70).

 

En la construcción de la aventura desde la mirada adulta de Cerro, el autor selecciona escenas y enunciados en apariencia fragmentarios con el fin lograr la simetría que se anuncia en el epígrafe: al "diseñar cada pieza en su geometría y su contenido parcial" se incluyen elementos que actúan como contrapeso de los episodios relacionados con mujeres y que permiten armar una visión del amor más amplia que la de Cerro, un personaje que se muestra por momentos pagado de sí mismo, por momentos deprimido y a veces en un estado que bordea un desenganche de la realidad, apurado por vivir algo nuevo que no sabe bien qué es. El entierro del abuelo, el tiempo que pasa Cerro viviendo en un gallinero, los diálogos con sus hijos, el seguimiento que hace de su hermano, entre otras secuencias, abren el juego a una vida de desorientación y búsqueda en la que a veces al protagonista solo le quedan fuerzas "para marcos de rompecabezas" (p. 46).

 

El trabajo con la forma es meticuloso. La narración se hace en un presente inquisitivo, que sugiere que las aventuras de Cerro surgen de fichas de personaje, de una exploración de las posibilidades que ofrece el protagonista una vez que se acomodan las piezas de las esquinas del rompecabezas. El momento de la enunciación se ubica en un Cerro adulto con capacidad de reflexión pero lejos de respuestas definitivas, y la voz del narrador —lírica, más formal, reflexiva— se hibrida con la de los personajes en un estilo directo que por su ritmo logra un efecto casi hipnótico. El silencio intersticial de los asteriscos, a la vez que indica una pausa, subraya lo que se acaba de decir: los asteriscos encierran porciones de texto en un espacio que el ojo recorre la primera vez de manera lineal y que luego, en un gesto similar al paso atrás del pintor para evaluar el trazo fresco en relación a lo que ha ido creando, abarca y construye como un objeto autónomo, la pequeña pieza del rompecabezas que aparece en el epígrafe y al que se alude como símbolo de esfuerzo, de búsqueda, de sentidos que se nos escapan. En la propuesta estética del libro, las piezas no necesitan completar una imagen comprensible, sino que basta con que cada una revele su propia geometría.

 

Los amores de infancia aparecen en formato de catálogo, con apartados que muestran el grado de obsesividad de Cerro con el tema del romance. El amor se le presenta esquivo al principio y, sin embargo, una vez que "aprende a encarar", se convierte casi en un deporte. A Cerro lo obsesionan muchas cosas: los sueños, su campera de corderito, una novia que no recuerda por qué dejó, su joven amante, su hermano, lo que decía su padre, disimular frente a su esposa, pero sus obsesiones se hilan con el acontecer de la historia de tal manera que el personaje aparece nítido y en construcción a la vez. La artificialidad del relato, su carácter de construcción ficcional, asoma en los apellidos de los amigos, que coinciden con accidentes geográficos, en la ausencia de algunos nombres de personajes importantes y en la elección de nombres genéricos como "Chico 1" o "Primer Amor".

 

En su crecimiento, Cerro define y valora el amor de diferentes maneras. Parte de la frustración de pensar que "el amor está sobrevalorado" (p. 23), comprende que "quizá las preguntas [sobre las mujeres] aparecen en el horizonte porque el mundo las impone desde afuera sobre nuestra falta de preparación" (p. 41) y más tarde que "amar y recordar son la misma cosa" (p. 62), para luego "lidiar con el amor" (p. 97) y asociarlo con dolor: "La extraña más que nunca, lo que significa que la ama más que nunca (p. 111). Pero tanto la forma que toman el amor de pareja como la amistad entre varones pueden verse como actuaciones de la masculinidad frente a las expectativas de género en nuestra cultura, mandatos que le indican a Cerro que del hombre joven, por ejemplo, se espera que "aproveche al máximo su situación". En la cultura del patriarcado, romance y amistad son formas diferentes de intimidad en las que el varón heterosexual se reafirma como tal a partir de diferentes acciones, tales como la seducción de mujeres y la posterior narrativa compartida con amigos —y convenientemente adornada— sobre dichas "cacerías" y "conquistas".

 

En un momento de la historia, Cerro dice que ya no tiene qué contarles a sus amigos y que por eso necesita "material fresco" para agregar a su historial, pero de hecho su obsesión con el propio sentir lo hace valorar no tanto el tiempo de intimidad con una mujer como el de la soledad, cuando "se libera" de su esposa y de su amante y puede dedicarse a ensoñar(se). ¿Sabe Cerro qué es el amor? ¿Llega a diferenciar el amor como sentimiento de las relaciones amorosas entendidas como aventuras? En el diálogo que entablen los lectores con La preparación de la aventura amorosa, que por fuerza estará teñido de sus propias experiencias sexoafectivas, puede que obtengan respuestas a aquella invitación inicial sobre qué es el amor o que se formulen nuevas preguntas y ensayen, como Cerro, teorías y silencios. Cualquiera sea la naturaleza del recorrido, llevarán el compás de la respiración de Cerro en un sueño común, el de avanzar hacia la ilusión que siempre entrevemos en el horizonte, la de una reconfortante, medicinal —e imposible— identidad con el otro.

 

(*) Francisco Bitar, Tusquets, 2021, 190 pp.

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El texto original de este artículo fue publicado en nuestra edición impresa.
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