Una opinión publicada en un medio de comunicación tradicional abrió una gran polémica cultural respecto a la institución madre de la regularización lingüística entre el mundo hispanohablante en pleno crecimiento de un ecosistema de pantallas.

Una columna de opinión del académico Pérez-Reverte abrió un debate sobre el papel de la Academia en la regularización lingüística en el mundo de las pantallas.

Una opinión publicada en un medio de comunicación tradicional abrió una gran polémica cultural respecto a la institución madre de la regularización lingüística entre el mundo hispanohablante en pleno crecimiento de un ecosistema de pantallas.
La chispa la encendió Arturo Pérez-Reverte, periodista, escritor y académico español de larga trayectoria, mediante una columna publicada en El Mundo en la que cuestionó el rumbo de la Real Academia Española (RAE) criticando su permisividad y acusándola de rendirse a la vulgaridad por la presión de redes sociales
La Academia respondió resaltando su rol de autoridad y defendiendo su labor descriptiva y no inquisitoria del lenguaje. En tanto, se generó un gran debate sobre el equilibrio entre norma y uso, y el futuro de la institución en la era digital, con fuertes tensiones internas y externas.
Pérez-Reverte planteó su diagnóstico con nostalgia de sus primeros años dentro de la institución. Recordó su “primera década” en la RAE, cuando —según escribió— tardó años en hablar si no le preguntaban, y contrastó esa etapa con un presente que, a su juicio, se desordenó.
En su texto, el escritor denunció que el núcleo de lingüistas en quien confía la actual dirección usa “con naturalidad y sin apenas control” titulares periodísticos descuidados y “usos masivos en redes sociales” como justificación normativa, aun cuando contradigan “principios sintácticos, semánticos o estilísticos largamente asentados”. Ahí apareció su frase más punzante: habló de “los talibanes del todo vale” y de un escenario donde “cualquier cateto audaz” puede imponerse “si persevera” incluso por encima de autores canónicos.

El foco no se quedó solo en el diccionario o en la gramática. Pérez-Reverte también describió un clima interno: dijo que se instaló un “miedo general” a ser vistos como elitistas, conservadores o excluyentes, en “un ámbito cultural hipersensible”. Y fue más allá: sostuvo que, por ese temor, la RAE comunica cada vez más “en un registro vulgar, adaptado al lenguaje de redes sociales, con respuestas rápidas, ingeniosas y a menudo superficiales”.
Su crítica incluyó una advertencia sobre las plataformas. Para Pérez-Reverte, las redes son útiles “como indicador sociolingüístico”, pero “tóxicas” como modelo normativo por su lógica de rapidez, simplificación y falta de contexto. En esa mirada, la lengua —si se deja arrastrar por el “ruido social”— deja de ser una conquista cultural cuidada para volverse un reflejo automático.
La reacción no tardó en llegar. Desde la institución confirmaron que el Pleno estudiará no solo el contenido del artículo de Pérez-Reverte, sino también si sus críticas cuentan con el respaldo de otros académicos. La idea, dijeron, es verificar “el alcance y la realidad de los datos en que se basa” el texto y, si hiciera falta, proponer medidas para corregir posibles deficiencias. También se planteó que el debate comenzará de modo inmediato y que se espera que el escritor pueda exponer y defender sus propuestas ante el conjunto de académicos.
En tanto, varios académicos rechazaron las acusaciones y defendieron la orientación que viene tomando la institución: menos policía del idioma y más “notario” de lo que efectivamente se habla.
En ese sentido se expresó Salvador Gutiérrez Ordóñez, director del Departamento de Español al Día (el servicio de consultas lingüísticas). “La Academia no es la Inquisición, no tiene la llave de todo lo que es correcto”, sostuvo, y resumió el enfoque que defiende: “Nuestra labor no es prohibir ni reñir… lo que debemos hacer es orientar”. También marcó un reproche de formas: dijo que hubiera sido deseable que el debate se planteara puertas adentro antes de llevarlo a la esfera pública.

Guillermo Rojo, filólogo y académico desde 2000, fue en la misma línea: recordó que las lenguas cambian “continuamente” y que a eso le corresponde prestar atención. Para reforzar su idea, citó un antecedente que busca relativizar la discusión: en el Diccionario de Autoridades (siglo XVIII), sostuvo, ya se miraba tanto a autores del canon como a otros textos más burocráticos. En su interpretación, atender a más fuentes no implica priorizar unas sobre otras, sino reconocer que hoy hay un banco de datos más amplio.
Víctor García de la Concha, ex director de la RAE (1998-2010), también salió a defender el funcionamiento general y el enfoque panhispánico: insistió en que el español es “uno y diverso” y que esa diversidad es un enriquecimiento, no un defecto. Y apuntó una dificultad que hoy, puertas adentro, se reconoce como problema: la comunicación hacia afuera.
El choque no apareció de la nada. De hecho, quienes siguen los acontecimientos, sitúan como sigma el encontronazo de 2023, con el debate abierto por la tilde en “solo”, que provocó acaloradas discusiones entre escritores y técnicos o lexicógrafos..
La cronología también sumó tensión. Quienes siguen atentamente estos acontecimientos, la tribuna de Pérez-Reverte se publicó el 11 de enero en la víspera de los Premios Zenda, impulsados por el propio escritor. El jueves 16 de enero, Pérez-Reverte expuso sus argumentos, pero recibió reproches por haber hecho pública la crítica: la sesión quedó inconclusa por falta de tiempo y el debate continuará la próxima semana.
En paralelo, el conflicto se inserta en un trasfondo más amplio: la RAE arrastra discusiones recurrentes sobre lenguaje inclusivo, acentuaciones como “solo” o “guion”, extranjerismos y el equilibrio —siempre tirante— entre prescribir normas o registrar usos reales. Y, además, aparece la cuestión institucional: hacia fines de 2026 deberá elegirse director; Muñoz Machado podría buscar continuidad, pero necesita dos tercios de los votos para un segundo mandato consecutivo.
Con un detalle que pesa en la trastienda: desde octubre de 2025 se abrió otra disputa, esta vez con el Instituto Cervantes, tras críticas públicas de su director, Luis García Montero, a la conducción de la Academia. En ese frente también asoma una tensión de poder y recursos: el Cervantes maneja 143 millones de euros anuales frente a 11 millones de la RAE, una desproporción que en la interna se lee como parte de la discusión sobre quién lidera, hacia afuera, la política lingüística.
La paradoja quedó servida: la RAE fue acusada durante años de conservadora por unos, y ahora es atacada desde el purismo por otros. Entre ambos fuegos, la discusión se trasladó a la cancha que Pérez-Reverte dice cuestionar: la conversación pública, veloz y con estética de redes.