Invitan a celebrar el Día Mundial de los Humedales en el corazón del Sitio Ramsar Delta del Paraná
Se trata del Parque Nacional Islas de Santa Fe, ubicado a 30 kilómetros de navegación desde Puerto Gaboto, al que sólo se arriba por agua mediante servicios privados o embarcaciones particulares. La convocatoria es para el domingo 1 de febrero. Recomiendan llevar repelente, agua y alimento. El Parque aún no cuenta con proveeduría.
Para llegar al parque, en medio del humedal del Paraná, hay que viajar por agua unos 30 minutos. Archivo.
El Paraná no pasa: permanece. Late, se ensancha, se contrae, susurra. Es una respiración antigua que nunca repite la misma bocanada. En ese pulso interminable, el Parque Nacional Islas de Santa Fe se dispone a abrirse como un libro húmedo el domingo 1 de febrero, de 10 a 18, para anticipar la llegada del Día Mundial de los Humedales. No habrá solemnidades, sino una comunión silenciosa entre cuerpos, agua y viento: caminar sobre una tierra que parece flotar, escuchar cómo las raíces conversan con la corriente y dejar que el calor reverbere entre los ceibos como un tambor invisible.
La invitación nace del Comité Intersectorial Sitio Ramsar Delta del Paraná y viaja por el río antes que por las redes. Habrá caminatas que se deslizan como arroyos entre los juncos, palabras que mezclan cultura y naturaleza como agua con barro fértil, música litoraleña que cae en cascadas suaves sobre la tarde y manos de emprendedores locales que ofrecen lo que el delta les enseñó a hacer. Si el cielo decide oscurecerse y la tormenta reclamar su lugar, la jornada se retirará con la misma humildad con que retrocede la creciente, y las actividades serán suspendidas.
Uno de los puntos desde donde se puede partir hacia el parque es la localidad de Puerto Gaboto. Archivo.
El 2 de febrero, que este año amanece lunes, es más que una fecha. Desde 1997 recuerda la firma de la Convención Ramsar y, desde 2021, la ONU la consagró como día internacional. Pero aquí, en las islas, la efeméride no se pronuncia: se siente. Es el recordatorio de que los humedales no son escenario, sino origen; no son paisaje, sino latido.
“Estamos en el corazón del Sitio Ramsar Delta del Paraná para celebrar este día tan especial para quienes recorremos esta región con asombro y amor”, dicen los organizadores, mientras el agua golpea suavemente las barrancas que ya no son barrancas, sino memoria. Y agregan, como si cada palabra fuera una gota: “Queremos compartir tiempos de curiosidad junto a la comunidad local, que nos contará historias de vida y de naturaleza, presentes y pasadas, humanas y no humanas. Historias de emociones apretadas”.
Los guardaparques reciben a los visitantes y los acompañan por los senderos para los avistajes y el disfrute de la naturaleza. Archivo.
La lista de lo necesario suena como un rezo práctico: agua, almuerzo, sombrero, ropa adecuada, protector solar, repelente, calzado cerrado y la disposición íntima de estar, de verdad, allí.
Un parque hecho de agua
El Parque Nacional Islas de Santa Fe se despliega aguas arriba de Puerto Gaboto como un archipiélago que cambia de forma según la voluntad del río. Creado en 2010, es el único parque nacional íntegramente insular del país: un tejido de islas que aparecen y se transforman, arroyos que susurran, lagunas que guardan el cielo y albardones que sostienen la vida como lomos pacientes.
En algo más de 4.000 hectáreas, los pajonales murmuran secretos que sólo el viento entiende; los juncales crujen como viejas bisagras del mundo; los bosques de ceibos y alisos dejan caer sombras espesas sobre el agua. Entre esas sombras se mueven carpinchos con pasos de agua pesada, lobitos de río que surgen como destellos de plata, coipos que dibujan surcos breves, tortugas que inmovilizan el tiempo y aves que escriben frases efímeras en el cielo: garzas, chajás, jacanas.
Son cientos de cursos de agua que conforman el humedal. Archivo.
Nada aquí es estático. Todo respira, todo se ajusta, todo recuerda que el delta existe porque el río decide seguir viviendo.
El guardián que escucha
Guillermo Lier camina con la serenidad de quien sabe que el paisaje lo observa tanto como él al paisaje. Intendente del parque, no mira el agua: dialoga con ella.
En las orillas del madrejón de Cachino se pueden ver estos ejemplares. Archivo.
“El parque está bien —dice, como quien confirma que un corazón late—. Estamos trabajando con proyectos de desarrollo turístico. Hay obras previstas para este año y estamos entusiasmados. El año pasado llegaron guardaparques nuevos y esperamos uno más”. El equipo crece como crecen las islas cuando el río lo permite.
El presente hídrico es amable, por ahora.
“No hubo inundación ni hay agua en exceso, pero tampoco hay bajante ni sequía. Las lagunas y los madrejones están llenos”, explica el guardaparque. Y cuando esos espejos de agua respiran, la vida se congrega: peces, aves, reptiles, mamíferos. En verano, ese refugio es un acto de supervivencia y de belleza.
Lo que se revela al mirar
—¿Qué se puede ver en esta época?
—Carpinchos, lobos de río, hurones, coipos y yacarés —responde Lier—. Es el tiempo en que los yacarés aparecen con sus crías, pequeñas sombras que nadan pegadas a sus madres como pensamientos recientes. Entre las aves, algunas migratorias todavía cruzan el cielo; otras ya partieron hacia el sur.
Una vista del parque. Archivo
El delta es siempre un lugar de partidas y regresos.
“Hay fines de semana y feriados en los que recibimos entre 20 y 30 personas que acampan”, cuenta Lier. “En verano, los kayakistas llegan remando desde Diamante y Puerto Gaboto”, empujados por la corriente y por una curiosidad que también es un acto de fe. El río los trae como quien abre una puerta.
El mapa que soñó crecer
Hubo un tiempo cercano en que el parque estuvo a punto de expandirse.
Un proyecto buscaba llevar su superficie de 4.096 a unas 10.000 hectáreas. La Provincia dijo sí; la Nación guardó silencio.
Postal del Parque Nacional Islas de Santa Fe. El Litoral
“Llegó al Congreso y quedó ahí”, dice Lier. Perdió estado parlamentario. Por ahora, quedó en la nada. Tal vez el delta necesite seguir empujando, como el agua contra la orilla, hasta que alguien vuelva a escuchar.
Cómo atravesar el umbral
Más allá de la celebración del domingo, el parque abre todos los sábados, domingos y feriados. La entrada es libre y gratuita, como el viento.
No hay lancha oficial: la zona de uso público queda a unos 30 kilómetros de navegación desde Puerto Gaboto. Llegar es aceptar un pequeño viaje iniciático por el río. Y corre a cuenta de quien lo realiza.
madrejones y lagunas son parte del paisaje, con los irupé. Archivo.
No se puede ingresar con mascotas, volar drones ni bañarse en el Paraná. Para pasar el día no hay cupos; para acampar, sí hay que inscribirse. En el área de acampe hay baños, fogoneros, mesas y bancos. Dos senderos de dificultad media se internan entre la vegetación como venas verdes que laten bajo la piel del delta.
La celebración que no termina al atardecer
—¿Qué debe saber quien vaya el 1 de febrero?
—Que esto nació del encuentro entre instituciones y prestadores del parque y del Sitio Ramsar —responde Lier—. Cada uno mostrará lo que hace: habrá música litoraleña, muestras y conversación. Y, como siempre, traer agua, protector, repelente y ropa adecuada.
El predio tiene un sitio de acampe. Archivo.
El delta cuida a quien lo respeta.
La última palabra es del agua
El sol cae y el Paraná cambia de tono, del marrón al cobre, del cobre a la noche. Lier se queda mirando esa línea incierta entre cielo y río.
“Más allá de la naturaleza —dice—, siempre tratamos de poner en valor lo que este ambiente significa para las personas. No se puede imaginar la vida del río sin el humedal, sin la isla. Hay que cuidarlo, no sólo por el ambiente, sino por nosotros mismos. Porque, al final, este humedal también somos nosotros”: agua que recuerda, tierra que se mueve y vida que insiste.