El bosque ribereño todavía guarda la humedad de la noche cuando empiezan a escucharse los primeros sonidos. No son solo aves: hay pasos, cierres de mochilas, el murmullo bajo de quienes salen al campo con linternas aún encendidas. El día arranca temprano en la Reserva “Doña Sofía”, donde durante cuatro jornadas —del 30 de abril al 3 de mayo— la ciencia dejó el aula para internarse en el humedal.


El Biocampamento 2026 reunió a estudiantes de la Licenciatura en Biodiversidad y del Profesorado en Biología de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Universidad Nacional del Litoral, pero también abrió sus puertas a curiosos y aficionados. Incluso la rectora, Laura Tarabella, acompañó el viernes algunos recorridos. La inédita propuesta, organizada por la agrupación estudiantil universitaria Madre Selva, combina formación académica con turismo científico y buscó algo más que enseñar técnicas: acercar el conocimiento al territorio y compartirlo.

En pleno Sitio Ramsar Jaaukanigás —uno de los humedales más importantes del país por su biodiversidad—, la experiencia se organizó como una inmersión total. No hubo horarios rígidos, sino ritmos marcados por el ambiente: salidas nocturnas para escuchar anfibios, recorridos al amanecer para el avistaje de aves, prácticas bajo el sol para identificar árboles o montar trampas de muestreo.

Jaaukanigás remite a “gente del agua” y define con precisión ese entramado de islas, riachos, lagunas y bosques que se despliega a lo largo del valle de inundación del río Paraná, en el departamento General Obligado, en el noreste santafesino.


Ciencia in situ
Reconocido internacionalmente como humedal de importancia por la Convención Ramsar, Jaaukanigás no es un paisaje fijo, sino una geografía en movimiento, modelada por las crecientes y bajantes, donde la biodiversidad encuentra refugio y sustento. Allí, entre Villa Ocampo, Reconquista y las comunidades ribereñas, el agua dibuja y borra fronteras, y convierte al territorio en una extensión viva, cambiante, que respira al ritmo del río.

La escena se repitió con variaciones. En un sector del predio, un grupo avanzaba entre la vegetación reconociendo especies arbóreas y tomando datos en transectas. Más allá, otros instalaban redes de niebla para capturar murciélagos, mientras un equipo afinaba grabadores para registrar ultrasonidos. La ciencia, aquí, se construyó con las manos, los ojos y el oído.

“El campamento fue una experiencia increíble, que voy a recordar para siempre”, sintetizó Arlen Chávez, estudiante avanzada del Profesorado en Biología y de la Licenciatura en Biodiversidad (FHUC-UNL). “Fue realmente enriquecedora para nuestra formación profesional, ya que no solo nos acercamos al territorio y a la comunidad de Jaaukanigás, sino que también lo fue en lo personal, como personas comprometidas con la naturaleza y su cuidado”, señaló Arlen, y destacó la “pasión y paciencia” de los profesionales que los acompañaron.

Mirar, sentir, registrar
“En estos tiempos en los que la ciencia atraviesa momentos difíciles, estas experiencias nos hacen revalorizarla aún más —agregó la estudiante—, así como a todos los investigadores y personas afines que nos acompañaron. Además, se generaron lazos, grupos y redes que muestran que la ciencia es humana y colaborativa”.

El campamento se estructuró en módulos que abordaron distintas ramas de la biología. La botánica se internó en los bosques de inundación; la herpetología propuso el reconocimiento de reptiles y anfibios, con salidas nocturnas incluidas; la mastozoología puso el foco en murciélagos, primates y mamíferos medianos y grandes, sumando técnicas de muestreo y bioacústica. También hubo espacio para la micología, la limnología —con el estudio de macrocrustáceos—, la ornitología y la entomología, donde la ciencia ciudadana apareció como puente entre especialistas y público general.

La especialista misionera Daniela Ayala fue la encargada de introducir a los participantes en una charla sobre ciencia ciudadana y turismo científico. Allí expuso sobre los grupos de insectos y sus importantes roles en los ecosistemas. Durante las salidas de campo diurnas y nocturnas registraron mariposas, polillas, escarabajos, chinches, moscas, mosquitos, chicharras, mantis y bichos palo, entre otros. “Fue una maravillosa experiencia multidisciplinaria, donde todos nos enriquecimos de los conocimientos”, comentó luego la embajadora de Naturalist para Argentina que lidera el proyecto de ciencia ciudadana como directora del Nodo NEA de la red de turismo científico de Argentina, desde la Facultad de Ciencias Exactas, Químicas y Naturales de la Universidad Nacional de Misiones.

Cada taller combinó teoría y práctica, pero sobre todo experiencia. En el módulo de anfibios, por ejemplo, los participantes no solo repasaron conceptos: aprendieron a detectar especies por su canto, a registrar sonidos y a interpretar comportamientos en condiciones reales. En el de primates, el mono aullador —emblema del humedal— se convirtió en objeto de observación directa, con análisis de grupos, jerarquías y vocalizaciones.

“El sonido permite leer el ambiente”, explicaban durante una de las actividades de bioacústica, mientras los equipos captaban registros que luego serían analizados. Esa idea —la de interpretar el entorno más allá de lo visible— atravesó toda la experiencia. “Fue un fin de semana lleno de ciencia, con apasionados por enseñar y aprender”, resumió Ayala.


Compartir saberes
El Biocampamento también funcionó como espacio de encuentro. Estudiantes, docentes, investigadores y visitantes compartieron jornadas que no terminaban con la puesta del sol. Las noches, entre cenas y fogones, prolongaban el intercambio en un tono más distendido, pero no menos formativo.

“Fueron cuatro días de puro aprendizaje, en los que pusimos en práctica nuestros conocimientos”, contó Brenda Picco, estudiante de la Licenciatura en Biodiversidad (FHUC-UNL). “Fue como vivir la carrera entera en un par de días”, resumió, “además de compartir momentos muy valiosos entre estudiantes y profesores”.

“Los estudiantes de biología, en una reserva, con una laguna, un par de binoculares y guías de campo, somos los más felices durante un fin de semana largo”, expresó, y agradeció la posibilidad de participar.

Valorar el patrimonio natural
Tomás Gauchat, también estudiante de la Licenciatura en Biodiversidad (FHUC-UNL), señaló que la experiencia fue “muy fructífera” para su formación. “Salir a campo a reconocer aves, anfibios, mamíferos y reptiles fue espectacular. Además, estuvo todo muy bien planificado, sin contratiempos, y se generaron nuevos vínculos entre compañeros”, destacó.

La iniciativa se enmarca en un convenio entre la UNL y la reserva Doña Sofía, que busca consolidar el lugar como “aula verde”. En esa línea, el campamento se plantea como una instancia clave en la formación de futuros profesionales, pero también como una herramienta para poner en valor el patrimonio natural y fomentar el turismo científico en la región.

En tiempos en los que los debates ambientales ganan espacio, experiencias como esta proponen otra forma de acercarse a la naturaleza: no desde la distancia, sino desde el conocimiento directo. Con barro en las botas, cuadernos de campo y registros sonoros, los participantes del primer Biocampamento se llevaron algo más que contenidos: una forma de mirar, escuchar y habitar el humedal.






