Incluso el máximo jerarca de la Iglesia Católica debe someterse a las inflexibles normas de seguridad del sistema financiero internacional. En un insólito episodio que se conoció recientemente, el Papa León XIV intentó realizar un trámite telefónico con su banco de Chicago, pero la operadora, convencida de que se trataba de una broma de mal gusto, decidió interrumpir la comunicación de forma abrupta.
Le colgaron el teléfono al Papa León XIV cuando quiso actualizar sus datos bancarios
El Sumo Pontífice intentó actualizar de forma telefónica los datos de sus cuentas en Estados Unidos. Sin embargo, la empleada del call center creyó que se trataba de una broma de mal gusto y le cortó la comunicación de manera abrupta. Cómo se resolvió el conflicto.


Un cliente llamado Robert Francis Prevost
Los estrictos filtros de seguridad no entienden de investiduras sagradas, infalibilidad papal ni mudanzas a la Santa Sede. Con apenas un par de meses al frente de la Iglesia Católica tras el cónclave que lo ungió como el sucesor de Pedro, el papa estadounidense León XIV se dispuso a ordenar sus finanzas personales. Su objetivo era simple: comunicarse con la entidad bancaria donde posee sus cuentas en la ciudad de Chicago (EE. UU.) para actualizar sus datos de contacto y radicar su nuevo domicilio en el Vaticano.
Fiel a los protocolos de atención al cliente, el Pontífice inició la llamada telefónica presentándose bajo su nombre secular, Robert Francis Prevost. La empleada del call center procedió a realizar el riguroso cuestionario de validación de identidad. Fuentes eclesiásticas confirmaron que el Santo Padre respondió correctamente cada una de las preguntas de rigor; sin embargo, el problema comenzó cuando la trabajadora invocó la inquebrantable normativa burocrática del banco: "Lo siento, señor. Aquí el sistema me indica que para este trámite tiene que presentarse de forma física en la sucursal".

“¿Y si te digo que soy el Papa?”
Para León XIV, la exigencia se transformaba en una encrucijada logística imposible de sortear. Coordinar un operativo de seguridad para viajar de urgencia desde la Ciudad del Vaticano hasta el estado de Illinois por un cambio de domicilio bancario resultaba inviable. Intentando apelar al sentido común y a la excepcionalidad de su estatus actual, el Papa replicó: "Bueno, no voy a poder hacer eso". Acto seguido, ensayó su última carta: "¿Te importaría si te dijera que soy el Papa León XIV?".

El resultado estuvo lejos del esperado. Al otro lado de la línea se produjo un profundo y gélido silencio. Creyendo que estaba siendo víctima de un engaño telefónico o de un bromista audaz, la empleada del banco no dudó en colgar la llamada de inmediato, dejando al Papa con el teléfono en el aire.

Francisco, el antecesor de los llamados "rebotados"
El desopilante infortunio telefónico de León XIV no es una novedad absoluta en los pasillos de la Santa Sede. Su antecesor, el Papa Francisco, era un ferviente usuario del teléfono de línea fija para comunicarse de forma directa con fieles, enfermos y conocidos, lo que generaba idénticas cuotas de escepticismo en los destinatarios.
Bajo la célebre frase "Soy Francisco y no es broma", Jorge Bergoglio debía lidiar frecuentemente con la incredulidad de la gente. Uno de los casos más recordados ocurrió apenas cuatro días después de su elección en 2013, cuando llamó a la clásica comiquería y puesto de diarios de Buenos Aires (en Hipólito Yrigoyen y Bolívar) para dar de baja su suscripción. "Hola, Daniel, habla el cardenal Jorge", dijo la voz. "¡Dale, Mariano, no me jodas!", le respondió el diariero Daniel Del Regno, convencido de que era un amigo que le estaba tomando el pelo, hasta que el propio Bergoglio tuvo que convencerlo desde Roma de que la llamada era real.
El Papa argentino repitió este tipo de situaciones al llamar a su odontólogo para cancelar un turno e incluso al contactar a la madre de un paciente santafesino con ACV, demostrando que los misterios de las líneas telefónicas y la desconfianza no discriminan jerarquías divinas.
La resolución del "milagro" administrativo
La increíble anécdota fue revelada por el reverendo Tom McCarthy, amigo cercano de León XIV desde la década de 1980 cuando coincidieron en Chicago. McCarthy compartió el suceso durante un encuentro comunitario en Naperville, Illinois, y posteriormente ratificó los detalles mediante un correo electrónico enviado a The New York Times.
Afortunadamente, los problemas terrenales del Pontífice encontraron una solución idónea. Según trascendió en medios internacionales, la engorrosa gestión administrativa pudo resolverse de manera remota gracias a la intervención y la logística de otro sacerdote allegado, quien completó los trámites legales y las autorizaciones necesarias para que el banco de Chicago finalmente validara los cambios sin exigir que el Papa tuviera que sentarse frente al escritorio de la sucursal norteamericana.








