No todas las princesas llevan corona. Algunas prefieren el silencio, el arte, los afectos. Ese fue el camino que eligió Irene de Grecia, quien falleció en Madrid a los 83 años, luego de atravesar un prolongado deterioro de salud.

Falleció en Madrid a los 83 años. Hermana del rey Constantino II y de la reina emérita Sofía de España, eligió una vida alejada del protocolo real. Fue pianista, viajera y referente espiritual dentro de su familia.

No todas las princesas llevan corona. Algunas prefieren el silencio, el arte, los afectos. Ese fue el camino que eligió Irene de Grecia, quien falleció en Madrid a los 83 años, luego de atravesar un prolongado deterioro de salud.
Hermana menor de la reina emérita Sofía y del rey Constantino II, Irene fue mucho más que parte de una dinastía europea: fue una mujer que supo construirse lejos del protocolo, fiel a sus convicciones y sensible a los demás.

Nació en el exilio, en Ciudad del Cabo, durante la Segunda Guerra Mundial. Desde pequeña mostró una profunda vocación artística: estudió piano con excelencia y llegó a ser una concertista de nivel internacional. Pero la música fue apenas una de sus muchas pasiones. También se interesó por la meditación, las culturas orientales y las causas solidarias.
Con el paso de los años, y tras el fin de la monarquía griega, encontró su hogar definitivo en España, donde vivió desde 1981 junto a su hermana Sofía, en el Palacio de La Zarzuela. Allí formó parte del círculo más íntimo de la familia real, aunque siempre lejos del foco público.

Quienes la conocieron destacan su calidez, su inteligencia serena, su ironía sutil y su compromiso espiritual. Irene nunca se casó ni buscó ocupar un rol institucional. Prefirió fundar una organización de ayuda humanitaria, "Mundo en Armonía", con la que promovió la cooperación internacional desde una mirada más humana que diplomática.
Dentro de su familia, era conocida cariñosamente como “la tía Pecu”, y tanto el rey Felipe VI como sus hermanas Elena y Cristina la veían como una figura de referencia afectiva. Fue también confidente inseparable de Sofía, con quien compartía lecturas, viajes, música y silencios.

En sus últimos años, Irene fue retirándose poco a poco de la vida pública. Su salud comenzó a deteriorarse de forma progresiva, y en los últimos días, su hermana permaneció a su lado sin separarse un momento.
Falleció el jueves 11 de enero, en absoluta paz, en el lugar que consideró su hogar. La despedida fue íntima, sobria, como toda su vida. Está previsto que sus restos sean trasladados a Grecia, para descansar en el cementerio real de Tatoi, donde yacen sus padres y su hermano.

Irene de Grecia no será recordada por discursos ni ceremonias. Su legado es otro: el de una mujer noble que eligió la armonía por sobre los honores; la sensibilidad por sobre la ambición. En un mundo de apariencias, ella optó por lo auténtico. Y eso, en definitiva, es lo que deja una huella.