Pedimos y llega. Buscamos y aparece. Escribimos y esperamos respuesta en minutos. Vivimos rodeados de tecnologías diseñadas para reducir la espera al mínimo, y eso, que tiene ventajas evidentes, también tiene un costo menos visible: cada vez nos entrenamos menos en tolerar que las cosas no salgan como queremos, ni cuando queremos.
El músculo que nadie quiere entrenar: la tolerancia a la frustración
En un mundo de respuestas inmediatas, esperar, insistir o aceptar un “no” se volvió una habilidad escasa. Entrenarla es una de las mejores inversiones emocionales que puede hacer una persona, un equipo o una organización.

La tolerancia a la frustración es la capacidad de sostener el malestar que genera un obstáculo, una demora o un resultado adverso sin reaccionar de manera impulsiva y sin rendirse. No consiste en que no moleste; consiste en que lo que molesta no gobierne nuestra conducta. En el trabajo se ve todos los días: el proyecto que se posterga, el cliente que dice que no, el feedback que no esperábamos, el cambio de prioridades a último momento.

Esperar, un viejo experimento con matices
Probablemente conozcan el famoso test del malvavisco, en el que a niños pequeños se les ofrecía un dulce inmediato o dos si lograban esperar unos minutos. Durante años se lo citó como prueba de que postergar la gratificación predecía el éxito futuro. Sin embargo, una réplica publicada en 2018 por Tyler Watts, Greg Duncan y Haonan Quan, con una muestra mucho más grande y diversa, mostró que esa asociación se reducía de manera considerable cuando se tenían en cuenta el contexto familiar y las capacidades cognitivas tempranas.
La lección es valiosa: la tolerancia a la espera no es solo “fuerza de voluntad” individual. Depende también del entorno, de la seguridad y de las experiencias que cada persona tuvo. Y por eso mismo, se puede desarrollar.

Qué pasa cuando algo no sale
Frente a un obstáculo, el cerebro emocional se activa antes que el racional. Aparece la irritación, el impulso de insistir con enojo o de abandonar. Si no hay un espacio para regular esa primera ola, decidimos desde ahí: contestamos un mail con tono áspero, descalificamos una idea, evitamos una conversación incómoda. Regular no es reprimir. Es darle a la emoción el tiempo necesario para bajar de intensidad y recién entonces elegir cómo responder.
Cómo entrenarla
Hay prácticas concretas. Nombrar lo que se siente (“estoy frustrada porque esperaba otra respuesta”) ya baja la intensidad. Hacer una pausa antes de responder, aunque sean tres respiraciones, evita muchos errores. Distinguir lo que depende de uno de lo que no, y poner la energía en lo primero. Fragmentar los objetivos grandes para tener avances visibles. Y revisar el diálogo interno: pasar del “esto no sirve” al “esto todavía no me salió”.

Para quienes lideran equipos, hay un desafío adicional: no resolverles todo, permitir que se equivoquen con red de contención y celebrar la perseverancia, no solo el resultado.
Viktor Frankl escribió que, cuando ya no podemos cambiar una situación, el desafío es cambiarnos a nosotros mismos. La frustración no es un obstáculo para el desarrollo: es el gimnasio donde se entrena.
Verónica Dobronich es speaker internacional y experta en Inteligencia Emocional. HR Influencer N.º 1 de Argentina 2024. Más información en verodobronich.com










