Hace años que los progresivos desprendimientos de revoques hacían saber a las autoridades de la orden de Santo Domingo, que la iglesia de Nuestra Señora del Rosario y el anexo convento de San Pablo primer ermitaño, habían ingresado en un proceso de graves deterioros edilicios.
La agonía de Santo Domingo en Santa Fe

Los desgarrones de sus muros, antes fuertes y elegantes, la caída de mamposterías, expresaban a la feligresía y a cualquier santafesino preocupado por la conservación del patrimonio cultural urbano, que las filtraciones de agua de los techos, la deformación, pérdida de compacidad y oxidación de las chapas de cobertura, las fisuras cada vez más abiertas en los encuentros del techo con los muros de encastre, el taponamiento de las canaletas de desagüe por falta de rutinas de mantenimiento, la creciente permeabilidad de los materiales constructivos, la profunda afectación de la gran cúpula, pieza estelar de la arquitectura local y, durante décadas, punto de referencia geográfica para ciudadanos y visitantes de Santa Fe de la Vera Cruz, transmitían, día tras día, uno tras otro, mensajes de que algo malo estaba pasando en las entrañas del complejo edilicio.

Plan maestro
Tanto es así que, en julio de 2007, se presentó un Plan Maestro de restauración y puesta en valor ante una situación que ya tenía visos de catástrofe patrimonial. En más de cien páginas, con fotos y planos reales y de proyectada intervención por sectores, así como una minuciosa evaluación de las patologías y lesiones materiales de los distintos lugares y objetos a intervenir, el Arq. Facundo Berra, secundado por el Arq. Bruno Reinheimer, entregaron a la orden de los Predicadores los frutos de su relevamiento y las propuestas de intervención en el conjunto edilicio.
Dice la memoria descriptiva del formal Proyecto de Restauración y puesta en valor del conjunto Templo de Nuestra Señora del Rosario y Convento de Santo Domingo (en rigor, de San Pablo primer ermitaño): “El proyecto se inicia a partir de la necesidad imperiosa de detener el proceso de degradación en el que se halla el conjunto edilicio y, posteriormente, recuperar la imagen original a través de una restauración de rigor histórico… La urgencia de esta intervención tiene por objeto preservar de mayores pérdidas el edificio…”.
Pese a la asumida conciencia de lo que estaba ocurriendo, y a las consiguientes propuestas para, al menos, mitigarlo, han transcurrido diecinueve años y nada significativo se ha hecho.

Sólo palabras
Días pasados, con las fuertes lluvias que se precipitaron sobre Santa Fe, los desagües tapados facilitaron el ingreso del agua a la estructura alta del presbiterio, donde quedó afectada una imagen pintada por Juan Cingolani en una de las pechinas. Se trata de la figura de un pequeño ángel que levanta en triunfo un estandarte de la Iglesia, acompañado por un perro fiel, representativo de la orden religiosa (dominicanos, de Domino, Señor, y canes, perros, asumidos como “los perros de Dios”).
En lluvias anteriores ya habían quedado a la vista estos problemas, pero ni siquiera así se hizo el simple ejercicio de limpiar las canaletas de desagüe para evitar que se desborden y vuelquen el agua hacia el interior del templo.

En una carta enviada en su momento por el Prior Provincial fray Juan José Baldini a la comunidad de Santa Fe, bajo el acápite “La continuidad de la misión en Santa Fe”, punto quinto, que “el cuidado del templo va acompañado también de una especial conservación de todo el edificio del convento por parte de la Orden.” La frase suaviza la decisión dura tomada respecto de Santa Fe, que es dejada de lado por su máxima autoridad, para sostener otras casas a las que les otorga mayor valor.
Comporta, también, una promesa no cumplida, pese a que antes afirma que “nuestro templo seguirá teniendo sus puertas abiertas como hasta ahora, de manera que siga siendo lugar de culto para todos los fieles de la ciudad y de modo especial para aquellos miembros más cercanos a la Orden.” Pero transfiere su responsabilidad al Arzobispado de Santa Fe que, a través de un acuerdo, proveerá un rector del templo, “quien garantizará el servicio sacramental y la actividad pastoral en el edificio conventual.”
Pero ¿pueden cumplirse estos propósitos en un edificio que se derrumba?
¿No es indigno emplear palabras estudiadas para dejar a Santa Fe sin la orden después de 425 años de presencia desde su instalación en Santa Fe la Vieja y más de 350 años en Santa Fe de la Vera Cruz? ¿No lo es convocar al templo a los feligreses, sabiendo que el edificio, por los desprendimientos de materiales, se vuelve cada día más peligroso? Peor aún cuando se anuncia un ciclo climático de Niño en ciernes.
Tiempo perdido
Años atrás un grupo de santafesinos hicimos una gran difusión del problema: el abandono de la orden de la ciudad de Santa Fe y el estado de abandono de los edificios. Se habló mucho en distintos ámbitos institucionales y medios de comunicación, pero sin ningún resultado alentador. Desde entonces, todo ha seguido empeorando, a pesar de algunos feligreses y terciarios dominicanos que hacen permanentes esfuerzos y organizan campañas de aportes para mantenimientos mínimos.
El problema ha tomado una dimensión que reclama respuestas de mayor porte. Se entiende que la progresiva extinción de las vocaciones sacerdotales haya colocado a la orden en una situación muy difícil. Ocurre otro tanto con la manifiesta crisis de las vocaciones cívicas. Por eso, ni de un lado, ni del otro, se puede articular una solución por etapas donde lo primero es arreglar los techos y asegurar la cúpula para cerrarle caminos a la acción destructiva del agua.
Es verdad que también desde abajo, la ausencia de capas aisladoras permite el ascenso de las humedades por los muros. Pero aun con asistencia económica del Estado, la tarea a encararse es enorme y sobrepasa el período de un gobierno y el ciclo de un prior provincial de la orden, o de varios.
La cuestión básica es actualizar el diagnóstico de 2007 y convenir una base de actuación, sensata, por fases, que impida una enorme pérdida patrimonial para Santa Fe, la provincia y el país, no sólo en términos edilicios, sino de lo contenido dentro de ellos, históricos (tumbas de la iglesia han sido declaradas patrimonio histórico de la Nación), de bienes tangibles e intangibles y, para los católicos, especialmente la grey dominicana, la dignidad de un templo seguro.








