La manera en que interrogamos la realidad determina qué aparece como problema, injusticia o simple normalidad.


La manera en que interrogamos la realidad determina qué aparece como problema, injusticia o simple normalidad.
Una marcha bloquea una calle principal de la ciudad. Las imágenes circulan de inmediato. Las cámaras captan exactamente la misma escena, pero quienes la observan ven cosas completamente distintas. Para unos, es una defensa legítima de derechos; para otros, una alteración inaceptable del orden público. Miran el mismo hecho, oyen los mismos ruidos, ven a las mismas personas, pero habitan mundos que parecen irreconciliables.
¿Cómo es posible que un mismo hecho genere visiones tan opuestas? La respuesta está en los lentes con los que decidimos mirar. No estamos solo ante opiniones enfrentadas. Estamos ante preguntas distintas. No vemos el mundo como un conjunto de datos neutros esperando ser interpretados o asimilados. Lo organizamos desde nuestras convicciones, prioridades y expectativas. Lo que define nuestra experiencia no es únicamente el suceso en sí mismo, sino el interrogante desde el cual partimos para comprenderlo. En definitiva, la realidad se nos muestra según las preguntas que le hacemos.

Ahora bien, esas preguntas no nacen en el aislamiento de nuestra mente. No nacemos con un instinto que nos dicte automáticamente qué merece atención o qué podemos aceptar como "normal". Las aprendemos al participar en nuestra comunidad. Desde la infancia heredamos categorías, valores y creencias compartidas que nos enseñan qué es importante y qué puede ignorarse. Cada sociedad transmite un repertorio de interrogantes que actúa como un mapa para orientarnos en medio de la complejidad. No vemos simplemente lo que ocurre; vemos aquello que nuestra cultura nos enseñó a reconocer.
Pensemos por ejemplo en la pobreza o la desigualdad social. Durante siglos, en sociedades rígidamente jerárquicas, la pobreza no se formulaba como un problema social que exigiera solución. Se entendía como parte natural del orden social existente. La falta de recursos de la gran mayoría de la población no era un problema político; se interrogaba desde la resignación, entendiéndola a menudo como el simple reflejo de un orden cósmico o una realidad inamovible. Hoy, bajo otro marco cultural, esa misma realidad se interroga como una injusticia estructural.
Este desplazamiento ayuda a comprender la polarización actual. Solemos pensar que el desacuerdo público se debe a que alguien está equivocado frente a los hechos. Pero el problema es más profundo. Lo que ocurre es que le estamos formulando al mundo preguntas completamente distintas. En un debate sobre la crisis de vivienda, por ejemplo, un sector se acerca al problema preguntando: "¿Cómo garantizamos el derecho humano a un hogar?". A través de esa lente, un desalojo se percibe inmediatamente como una tragedia o injusticia social. Otro sector se enfrenta a la misma situación preguntando: "¿Cómo protegemos la propiedad privada y el esfuerzo personal?". Para este grupo, el mismo suceso se revela como la necesaria restauración del orden legal. Cada posición encuentra coherencia dentro de su propio marco interrogativo. Al partir de interrogantes tan dispares, habitan mundos perceptivos que resultan incompatibles entre sí. Por eso el debate público a menudo parece un diálogo de sordos, defendemos conclusiones que solo tienen sentido dentro de la pregunta que las sostiene.

La historia del conocimiento muestra algo similar. Cuando cambian los paradigmas es el propio mundo quien cambia con ellos. No porque la realidad material se transforme de repente, sino porque las categorías que la organizaban dejan de funcionar. Aquello que antes parecía indiscutible pierde evidencia, lo que antes resultaba irrelevante adquiere centralidad. No cambia solo lo que respondemos; cambia el modo mismo en que interrogamos la realidad.
Sin embargo, nuestros marcos heredados parecen no ser infalibles. A veces la realidad es terca y desborda nuestros esquemas. Surgen hechos que no encajan en las categorías heredadas y nos demuestran que las viejas respuestas ya no sirven y, lo que es más revelador, evidencian que estábamos formulando las preguntas equivocadas. Entonces aparece la crisis.
La irrupción de la inteligencia artificial es un buen ejemplo de esto. Durante décadas nos preguntamos cómo hacer que las máquinas calcularan más rápido y con mayor precisión. Bajo esa lente, el ordenador era una simple herramienta dócil. Pero hoy, frente a sistemas que sueñan con ser autónomos capaces de escribir ensayos, sostener diálogos complejos o generar arte, ese marco conceptual previo se resquebraja. Nuestras categorías se tambalean. Necesitamos nuevas preguntas: ¿qué significa crear?, ¿qué entendemos ahora por inteligencia?, ¿dónde situamos lo propiamente humano? La asimilación de un nuevo tipo de hecho nos exige un ajuste de la teoría. Solo al atrevernos a cambiar las preguntas desde la raíz, la realidad comenzará a revelarnos su verdadero sentido.
Se cree que los datos producirán más claridad, pero sin un horizonte interrogativo que los organice, solo se multiplicará el ruido. Por eso, para comprender la complejidad del presente y encontrarnos genuinamente con los demás, no basta con mirar más de cerca el mismo paisaje; es necesario atrevernos a cambiar la lente. Frente a la incertidumbre o al desacuerdo, quizá la pausa más útil sea examinar desde qué inquietud de fondo estamos interrogando la situación. Después de todo, el mundo, sencillamente, nos devuelve el eco de las preguntas que nos atrevemos a formularle.
* Profesor de Filosofía y tesista de la Licenciatura en Filosofía de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Católica de Santa Fe. Docente, becario investigador y miembro del Instituto de Filosofía en la misma facultad.