

Lo sucedido en el inicio de las sesiones ordinarias del Congreso nos habilita a pensar que nos vamos acostumbrando a lo peor sobre la base del principio viscoso de que acostumbrarse a lo peor parecería ser la solución que mejor se ajusta a nuestro temple político. Un presidente desquiciado, insultando, injuriando y agraviando como un barra brava. Expresión facial desencajada, ojos inyectados, voz desaforada, ademanes pendencieros. No es la primera vez que lo vemos gravitando en esa dimensión. A juzgar cómo se presentan las cosas, tampoco será la última. A modo de consuelo algunos dicen que no es necesario juzgar las formas sino los contenidos. Algo así como que sus malos modales son un detalle comparado con el excelente gobierno que nos ofrece. Que mucho más grave que una palabrota es el hambre, la corrupción, las enfermedades, la inseguridad. Confieso que esa retórica justificativa me tiene algo harto, entre otras cosas porque los "malos modales" parecen convivir bastante bien con la corrupción, el desempleo, el cierre de empresas, la falta de recurso en los hospitales, la crisis del sistema educativo. Advertiría a continuación que para la condición humana los modales, los gestos, el uso adecuado de las palabras, importan. La historia de la humanidad puede estudiarse también como la historia del pasaje del taparrabos, el garrote y los gruñidos al hombre civilizado. Ahora resulta que si a mí se me da por insultar, escupir o burlarme de mi vecino, cometería un error de "forma", porque lo importante es el "contenido". El contenido profundo, trascendente y humanista de los hermanitos Milei. Forma y contenido. Ese juego de palabras se empleaba hace unas décadas, cuando en nombre de revoluciones de derecha o de izquierda se negaba a las "democracias formales". Siglo veinte cambalache. Toranzo Montero era más ejecutivo que Frondizi; Onganía era más eficaz que Illía.

Hoy parecieran estar de moda los presidentes, hombre o mujer, pendencieros. Jefes de estado que se valen de su poder para insultar y agraviar a adversarios que no están en condiciones de responderle. Evoco detalles menores del inicio de las sesiones ordinarias. Sí, ordinarias. Nunca la palabra fue mejor empleada. Ordinarias, o guarangas o guasas, pero no importa: son detalles de forma. En honor a la verdad, Milei no fue el creador de la criatura. Recuerdo de presidentes que desde la tribuna azuzaban a la multitud prometiendo palos, leña y que "de cada uno de los nuestros que caiga caerán cinco de ellos". Cinco por uno y al enemigo ni justicia. Pasaron muchos años y esos hábitos salvajes los retoma la señora Cristina. Cadena nacional, incondicionales brincando como simios a su alrededor y la promesa de que solo hay que temerle a Dios y un poquito a ella. Milei no nació de un zapallo. La costumbre de valerse del poder para decir lo que se le da la gana lo iniciaron o lo perfeccionaron Néstor y Cristina. Milei redobló la apuesta. La lista de enemigos más o menos es la misma: periodistas que los critiquen, políticos que les discutan, jueces que los investiguen, intelectuales que los objeten. El espacio público transformado en un chiquero. El debate político reducido a una catarata de insultos. El presidente como el principal responsable de armar estas refriegas. Y una oposición peronista, nostálgica del helicóptero, que se desgañitaba insultando a Macri como ahora insultan a Milei.

En política nacional los malos modales cavan grietas y envenenan la vida democrática con los insumos del rencor y el resentimiento. En política internacional "los malos modales" suelen ser una versión edulcorada de la antesala de la guerra. No me gusta Trump. No me gusta cómo habla, cómo gobierna y cómo piensa. No me gusta Trump, pero tampoco me gusta Nicolás Maduro y, mucho menos, el régimen teocrático de los ayatolas de Irán. No me gusta que EEUU realice operativos bélicos violentando la legalidad internacional y violentando incluso su propia legalidad interna. El siglo XXI no nos presenta opciones cómodas. En el siglo XIX, por ejemplo, elegimos entre los soldados de San Martín y las tropas que luchaban en nombre de Fernando VII. Claro que entonces jugarse valía la pena. Los norteamericanos en 1865 eligieron entre los esclavistas o Lincoln. Siempre eran elecciones difíciles, con consecuencias a veces desagradables, con elevados costos humanos, pero las diferencias entre el héroe y el rufián, entre la justicia y la felonía, estaban claras. En el siglo XX elegimos a los Aliados contra Hitler, al mundo libre contra el totalitarismo comunista, a Vietnam contra los crímenes de guerra perpetrados por los yanquis. Hoy lamentablemente esas opciones no existen o es muy difícil distinguirlas. "No a la guerra", es una consigna justa que vale para todos menos para los que se consideran emisarios divinos de la guerra. A Hitler no se lo podía derrotar invocando las dulzuras de la paz. Al régimen de los ayatolas, con sus manos tintas con la sangre de sus propios habitantes, no se lo puede derrotar rezando o convocando reuniones donde lo único que vale es cómo se oculta el pensamiento y cómo se miente.

Como dijera el presidente de Canadá en Davos, la legalidad internacional fundada después de la segunda guerra fue buena, pero tuvo mucho de ficción, una ficción tal vez necesaria hasta el momento en que la ficción empezó a avasallar la verdad. Todo bien con la legalidad internacional, salvo el detalle de que para las grandes potencias el poder y la fuerza siempre fueron más importantes que las buenas promesas. No aseguraría que la legalidad fundada en 1945 está en ruinas, pero creo que todos compartimos que su deterioro es más grande que nunca. Si durante casi cincuenta años el antagonismo decisivo fue entre EEUU y la URSS, hoy ese antagonismo es entre EEUU y China. Nadie está en condiciones de predecir ese desenlace, pero sí sabemos cómo se preparan las grandes potencias para afrontar los desafíos de un nuevo ciclo histórico. Donald Trump debe ser entendido, hasta donde sea posible entenderlo, en el contexto de esa polarización. No me gusta lo que hace y no me gusta cómo lo hace y cómo lo dice, pero no se le puede negar eficacia y, además, que todas estas "hazañas" no las perpetra porque se levantó con resaca o está de malhumor porque la chica de moda de la farándula no le lleva el apunte. En EEUU ciertas decisiones -la guerra por ejemplo- se pueden tomar sin la habilitación del Congreso, pero es imposible realizarlas sin el visto bueno del Pentágono. Trump en Medio Oriente representa los intereses de EEUU que son económicos y militares, pero también culturales, políticos y expresan los valores de ese mundo libre heredero de la ilustración, la tradición judeocristiana, la sabiduría griega y la lucidez romana. Alguna vez un presidente norteamericano, acosado por los periodistas para que critique al dictador Trujillo, terminó reconociendo que, efectivamente, Trujillo era un hijo de puta, y acto seguido advirtió: "pero es NUESTRO hijo de puta". Retornando a Medio Oriente y al régimen criminal de los ayatolas, más de un observador hoy estaría tentado a jugar con las mismas palabras: "Trump es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta".
El régimen teocrático iraní desde hace cuarenta años desconoce la legalidad internacional. Desde 1979 han calificado a Occidente como el Satán, han desparramado bandas terroristas por todo Medio Oriente y , como nosotros los argentinos muy bien lo sabemos, también por Europa y América latina. Pregonan un orden jerárquico, totalitario y oscurantista. Lo único a favor que se puede decir de ellos es que nunca ocultaron sus intenciones. Hoy, acosados por los misiles de Israel y EEUU amenazan con atacar embajadas. Chocolate por la noticia: es lo que siempre han hecho, lo que les gusta hacer y lo que saben hacer. ¿Alguien se imagina que pasaría en Medio Oriente y en el mundo si estos ayatolas carniceros dispusieran de una bomba atómica?¿Y alguien cree que a esas bandas armadas que no les tiembla el pulso para asesinar a sus propios habitantes, se las puede limitar a través de un diálogo delicado y elegante a la hora del té en el parque de alguna mansión persa?