Un presidente gentil y donoso y una expresidente melancólica y agraviada
El presidente Javier Milei desafía la tradición política argentina con su estilo polémico y desinhibido, mientras sus críticos y defensores se enfrentan en un debate sin tregua sobre su impacto en el país.

Alguna vez se acuñará la refranería: "Más peligroso que Milei con un micrófono en la mano". Si el personaje no ejerciera la máxima investidura nacional, los muchachos dirían sin ánimos borrascosos que al presidente se le sale la cadena. "Él es así", dicen amigos que no le faltan.
Otros suelen ser más exagerados o más compasivos, con abusos culturales incluidos: "Es la expresión de un nuevo tiempo histórico", dicen vanagloriándose.

O sea que de aquí en más, y hasta el fin de los tiempos, los presidentes, reyes o emperadores versados en lucimientos en escenarios o en conferencias de prensa, o en cualquiera de los lugares donde los ataque la locuacidad, emprenderán esa suerte de ladridos a la luna que distingue al bueno de Javier.
Si los amigos que no le faltan lo disculpan, los enemigos, que tampoco le faltan, afilan los colmillos buscando la yugular. Desde el diagnóstico psiquiátrico a la irresponsabilidad jubilosa, desde el reclamo de chaleco de fuerza a la inimputabilidad absoluta.
Nunca sabremos, como contemporáneos, si Milei es la expresión de un nuevo tiempo político civilizatorio o si por el contrario es un pequeño tropezón de la historia del que pronto nos vamos a recuperar. Sobre profecías, horóscopos y gitanerías nunca está dicha la última palabra.
II
Yo no me animo a profetizar, pero admito que a pesar de los años que sumo mi memoria sigue siendo buena y sobre todo fiel. Dicho esto, oso decir que no registro antecedentes de un presidente como Milei en nuestra historia. Si el hermanito de Karina lo que pretendía era originalidad, pintoresquismo, arrebatos locuaces, estoy dispuesto a reconocérselo.
Mi imaginería evoca la parada castrense de Julio Argentino Roca o la expresión colérica de Domingo Faustino Sarmiento, o el andar bamboleante de Bartolomé Mitre.

Pero me cuesta mucho imaginarnos subidos en algún escenario intentando imitar a Milei, para advertir a continuación que mucho menos me imagino a nuestros venerables próceres en algún país de la América Latina morena y tropical trepados a la tribuna para insultar a otro presidente, o a un juez.
En la misma línea, y viajando presuroso a través del tiempo, no los imagino a Hipólito Yrigoyen, Juan Domingo Perón o Arturo Frondizi con arrebatos de tauras tribuneros, mucho menos a don Arturo Umberto Illia, Raúl Alfonsín o Carlos Saúl Menem.
Y hasta me animo a decir que ni siquiera al señor Néstor Kirchner, que alguna vez fue bautizado con el brulote de "Furia", lo percibo desencajado en esos niveles de voltaje.
III
Sus leales amigos -los amigos de Javier Milei, claro- siempre dispuestos a defenderlo generosamente, insisten en que no hay que detenerse en las apariencias, que no nos perdamos entre tantas delicadezas y embelecos, y que veamos lo que realmente importa.
Es decir, que admitamos con el corazón palpitante en la mano que el rumbo del país es bueno y esa dirección que ha emprendido la nave se la debemos a Él, el mismísimo que, dicho sea al pasar, solo se merece palabras de agradecimiento.

A Javier, o Javito, si de algún pecado hay que imputarlo, es el pecado de la sinceridad. Los políticos de antes fueron tramoyeros, tramposos, embaucadores y hábiles para narrar historias de brujas lindas y princesas feas. Milei es otra cosa. Él ha venido a instalar los fueros de la sinceridad y el rigor de la verdad absoluta en la política.
Esa sinceridad a los rantifusos dirigentes de la comedia criolla no les gusta, los pone nerviosos o tal vez en evidencia. Javier es la sinceridad hospitalaria y la verdad en persona, expresada en clave de rugido leonino.
Y es que una verdad verdadera y verdaderísima se ha incorporado a nuestras resignadas vidas: los que hablan en voz baja, respetando la gramática y los modales caballerescos, son mentirosos, felones, tal vez pervertidos, tal vez malignos; mientras que Javier habla con el tono de la profecía que encuentra en Él al distinguido profeta.
Solo verdades de trascendencia cósmica salen de su boca, cuando no apóstrofes iracundos contra políticos granujas fogueados en las parrillas del comunismo y otras perversiones escatológicas por el estilo.
O sea que ahora los mortales estamos advertidos: si alguien habla con galanura académica es un farsante, pero si alguien ruge con ínfulas de barra brava, ese rugido es portador de iluminaciones y resplandores divinos.
Tiemblen los Mendiguren de turno. Tiemblen. Ya no podrán pasear como caballeros de la mesa del rey Arturo por los jardines de la Sociedad Rural, porque en el momento más inesperado la voz del presidente denunciará con furiosa verbosidad sus truhanerías.
IV
La Señora Cristina ha decidido no quedarse sentada en la silla de su recatado departamento de San José y, muy por el contrario, optó por salir a la cancha a mascullar sus razones.
Era hora que una mujer, autoevaluada como exitosa y nacional y popular al mismo tiempo, se decida a defender contra viento y marea su condición femenina y a denunciar sin filtros, sin atenuantes y sin disimulos, a las torvas pandillas de jueces y fiscales machistas que, aprovechándose de su condición de mujer femenina -como dijera un reconocido periodista regional-, han decidido condenarla a residir en el más abyecto círculo del infierno.

Malhaya triste destino los caballos argentinos. Si como se dice por ahí, a los amigos se los conoce en las malas, la Señora está apreciando la densidad de esta rantifusa sentencia. Con la delicadeza poética que lo distingue, Aníbal Fernández ha dicho que "solo un pelotudo" puede andar por la calle con un cartel que rece "Cristina Libre". Sentencia sabia de "morsa".
El autocalificado como "el iraní más fanático fuera de Irán", es decir, Luis D'Elía, ha dicho más o menos lo mismo, compitiendo con Aníbal en donosura versallesca y lealtad cortesana. Por su parte, el señorito Axel Kicillof se florea en gambetas porque sabe que reclamar la libertad de quien de alguna manera fue su amorosa madrina política, es el camino más seguro para alejarse del codiciado sillón de Rivadavia.
El mosquetero más animoso y leal que dispone la Señora es su honorable hijo, y al respecto reclamo la mayor de las consideraciones porque a nadie se lo puede objetar por luchar a brazo partido por la libertad de su madre.
El otro blandengue que ha mascullado algunas palabrerías a favor de Cristina es el bizarro caballero don Miguel Ángel Pichetto, una adhesión que si yo fuera Cristina la tomaría con guantes de aramida o neopreno, porque si algún mérito se le debe reconocer al señor que fue el candidato vicepresidente de Mauricio Macri, es que en su boca los embustes son los que disponen de una privilegiada posición.
Pobre Cristina: tan lejos de la Patagonia y tan cerca del Complejo IV de Ezeiza.












