El padre Leyendeker y los curas viajeros
El padre Ernesto Leyendeker, un orador carismático y controvertido, debatió sobre marxismo y cristianismo, dejando una huella imborrable en sus oyentes. Su legado persiste en la memoria colectiva tras su paso por la Facultad de Derecho de Santa Fe en los años sesenta.

El aula Alberdi de la Facultad de Derecho está desbordada de estudiantes y profesores. Conferencia publicitada desde hace por lo menos una semana. El padre Ernesto Leyendeker debate con un dirigente de izquierda. Tema: "Marxismo o cristianismo". Yo tengo malas referencias de ese sacerdote.
Un amigo peronista me dijo, apenas entré a la facultad, que Leyendeker es un cura "gorila" integrante de los comandos civiles en 1955. Otro, me advierte que no me deje seducir por su "labia", porque es un cura reaccionario y el cabecilla de los grupos de choque en los años de la laica y la libre.

Una profesora me cuenta que sus sermones en la Iglesia del Carmen de San Martín y La Rioja en la última época del peronismo convocaban a multitudes de creyentes y no creyentes. Un militante de izquierda, me informa que el cura es o fue el director de los Colegios Mayores, la cueva de los estudiantes clericales en la ciudad.
No lo conozco al padre Ernesto, pero después de esas informaciones no estoy lo que se dice predispuesto a simpatizar con él. Sin embargo, por esos misterios de la vida, toda la animosidad que guardo se disipa apenas lo oigo hablar. Es raro, porque además no estoy muy de acuerdo con lo que dice. Pero lo dice con una convicción y un encanto que no me convence, pero me resulta interesante.
II
Sin dudas, un excelente orador. Carisma y encanto. Maneja con destreza la ironía, incluyendo una sonrisa que según el momento puede ser burlona o divertida. Vocaliza de una manera especial. Y si bien sus opiniones no me convencen, debo admitir que me dejan pensando. Habla de Carlos Marx con respeto.
"Marxs", dice con su particular tono de voz, pero se permite dudar de algunas de sus verdades en un tiempo y en una reunión donde todos o casi todos éramos devotos de Marx. Su contrincante en la "mesa redonda", no escatima críticas a la Iglesia Católica. Y él las escucha sin dejar de sonreír, aunque yo sospecho que esa sonrisa es una formidable refutación a lo que le dicen.
Después el debate se abre al público. Por supuesto, las legiones de izquierda y los peronistas se lanzan contra él buscándole el hígado. Nunca pierde el estilo ante personas y preguntas poco preocupadas por cuestiones de estilo. Él admite que, efectivamente, Juan Domingo Perón lo mencionó en uno de sus últimos discursos de 1955:
"Ese curita Leyendeker, amanuense del obispo", dijo el general por cadena nacional, sin mencionar a monseñor Nicolás Fasolino. Y por algo el general le dedica una frase a un modesto cura párroco de Santa Fe. Es que sus sermones convocaban a multitudes. Una amiga, peronista y veterana me agrega en voz baja: "Llegaba a la misa con una capa color violeta... era tan buen mozo... y tan gorila".
Años después, él me cuenta: "Yo antes de iniciar el sermón me decía a mí mismo: San Antonio dame palabras y energía para encender en el corazón de los feligreses la pasión sagrada que los empuje a salir a la calle contra el tirano; dame fuerzas para sacar a esta misa a la calle". Y la sacaba. Y detrás de los católicos se sumaban los radicales, los socialistas, los masones y hasta los comunistas.
Cuando le preguntaban si se arrepentía de haber fustigado al peronismo como lo hizo, responde casi sin vacilar: "Se diga lo que se diga, no se podía desconocer que entonces existía una lesión objetiva a la libertad". Y enfatizaba la palabra "objetiva". Recuerdo aún el sonido de "objetiva", cargando toda la fuerza en la letra B... o el vigor de la D al pronunciar la palabra libertad.
III
Regreso al aula Alberdi, a aquella noche de mediados de los años sesenta. Registro algunas tímidas señales de aprobación en el auditorio, pero lo que predominan son los rumores de descontento y fastidio. Enseguida le reprochan su militancia beligerante a favor de la enseñanza libre en 1958.

Se hace cargo del reproche, pero adelanta que lo volvería a hacer, aunque se permite decir que para su pesar, la Universidad Católica hasta esa fecha no había cumplido con las expectativas de reformar la educación superior en términos de calidad de la enseñanza y la ampliación de carreras necesarias para el país.
También le pasan factura por dirigir los Colegios Mayores. "Siempre estaré orgulloso de que mi obispo me haya designado responsable de la pastoral de la inteligencia". Típico. La asamblea concluye pasada la medianoche. Así eran las cosas en aquellos años.
Más de doscientas personas discutíamos "gratis" las posibilidades o las contradicciones entre marxismo y cristianismo. De todos modos, no creo que nadie haya dejado de creer en Marx o haya decidido hacerse católico. Yo esa noche no descubrí la fe en Dios, pero algo me debe de haber pasado para que casi cincuenta años después recuerde casi hasta en los mínimos detalles esa reunión y ese momento.
Después, unos años después, el padre Atilio Rosso me lo presentó a Leyendeker y nos hicimos amigos. Más de una vez almorzamos o cenamos en un bolichón de calle Rivadavia que ya no está. A veces estaba deprimido y tenía motivos para estarlo, pero por lo general era brillante y alegre.
IV
Pasaron los años. Con Leyendeker nos veíamos de vez en cuando. Siempre discutiendo, aunque sabíamos que en lo fundamental estábamos de acuerdo. Supe que luego estuvo entre los curas firmantes del manifiesto de constitución de "Sacerdotes para el Tercer Mundo".
Y también supe que se retiró cuando este grupo de curas decidió que la práctica del Evangelio en la Argentina debía expresarse a través del peronismo. En 1982, cuando se constituyó en Santa Fe la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH), se sumó a la causa con la autorización expresa de monseñor Vicente Zazpe.
Seguía siendo un excelente orador. Poseía, lo que se dice, el don de la palabra. Y el don de la ironía. No fue el único sacerdote que nos acompañó en esos tiempos difíciles, pero fue el más destacado. Algunas veces discutimos sobre el significado de los derechos humanos en la Argentina. Y debo admitir que algunas de sus observaciones fueron, como le hubiera gustado decir a él, proféticas.
Criticaba la dictadura, repudiaba sus barbaridades, pero "miraba" más lejos. "Le digo a las madres: lloren a sus hijos, pidan justicia, pero por favor no se identifiquen con su ideología". Todas sus observaciones y críticas podrían reproducirse hoy y mantendrían rigurosa actualidad.
Sin perder la línea, con discreción pero con claridad, me habló de la soledad de los sacerdotes. De su soledad. Se acordaba con afecto de monseñor Fasolino. Y no perdía la oportunidad de recordarme con su inefable sonrisa que monseñor era "boina blanca", es decir, de la UCR.
V
Alguna vez me contó detalles de un viaje que hizo desde Roma a Jerusalén. Él y tres sacerdotes santafesinos. Todos muy jovencitos y muy renovadores. Viajaron en una Combi. Cocinaban y dormían allí. Cuando podían se alojaban en algún convento. Cuatro curas santafesinos viajando desde Roma a Jerusalén en una Combi algo destartalada.
Cuatro curas con vaqueros, remeras y mocasines: Serra, Aguirre, Rosso y, claro está, Leyendeker. Una excursión que a G.K. Chesterton le hubiera complacido relatar y que a Julien Duvivier, el director de la película "Don Camilo y don Peppone", le hubiera encantado filmar. El padre Ernesto murió hace unos cuantos años. Sentí mucho su muerte y la soledad de su muerte.
Alguna vez conversamos sobre el misterio de la muerte. Y señalo la palabra "misterio", porque él la empleaba. Era un hombre de fe, pero se permitía la duda. Amaba a la Iglesia, pero a veces deslizaba algunas críticas. Murió en brazos de la Iglesia y nunca se arrepintió de haberla servido "a pesar de mis debilidades".
Ayudó a pensar y ayudó a ver más allá del presente. Sé que cometió errores y muchos lo criticaron, pero también sé que muchos lo respetaron y lo quisieron. Yo, lo respeté y lo quise.













