En su monumental libro "Legado de cenizas. La historia de la CIA", el periodista e historiador Tim Weiner (ganador del Pulitzer por sus trabajos periodísticos sobre los servicios secretos estadounidenses) reconstruye con documentos y testimonios internos la trama de operaciones encubiertas que marcaron la relación entre Estados Unidos, Reino Unido e Irán a lo largo del siglo XX.
Desde la instalación de la dinastía Pahlaví hasta la Revolución Islámica de 1979, el libro muestra cómo la injerencia extranjera -especialmente el golpe de 1953- alteró de forma decisiva el rumbo político iraní y sembró resentimientos duraderos.
Petróleo e imperio
El vínculo entre Londres y Teherán se consolidó al calor del petróleo. A comienzos del siglo XX, el entonces primer lord del Almirantazgo, Winston Churchill, impulsó la conversión de la flota británica del carbón al petróleo y promovió la compra estatal del 51 % de la Compañía Petrolífera Anglo-Persa. El crudo iraní se volvió "la savia de la Hacienda británica", en palabras de Weiner.
En ese contexto convulso -ocupaciones extranjeras, hambrunas y luchas internas- emergió Reza Kan, proclamado Shah en 1925 como Reza Shah Pahlaví. Su ascenso estuvo atravesado por la presión de potencias extranjeras y por el control británico sobre los recursos energéticos. Entre los pocos opositores parlamentarios a su figura se encontraba el nacionalista Mohammad Mosaddegh.
Durante la Segunda Guerra Mundial, británicos y soviéticos invadieron Irán y enviaron al exilio a Reza Shah, simpatizante del Tercer Reich. En su lugar instalaron a su hijo, Mohammad Reza Pahlaví, entonces un joven de 21 años, descrito por Weiner como "dócil e ingenuo". Estados Unidos comenzó a ganar influencia, en principio como aliado logístico contra el nazismo.
La nacionalización y el golpe del 53
El punto de quiebre llegó en 1951, cuando el Parlamento iraní nacionalizó la industria petrolera, hasta entonces controlada por la Anglo-Iranian Oil Company. Mossadegh fue nombrado primer ministro y se convirtió en símbolo del nacionalismo iraní.
Reino Unido respondió con un boicot petrolero y planes de desestabilización. Según Weiner, el 26 de noviembre de 1952 funcionarios británicos y estadounidenses discutían abiertamente cómo "derribar a Mossadegh". La operación conjunta recibió el nombre británico de "Operación Bota" y el estadounidense de Operación Áyax.
La CIA, dirigida entonces por Allen Dulles, asumió el liderazgo. Kim Roosevelt coordinó en el terreno una campaña de sobornos, propaganda y movilización de bandas callejeras. "Había veces en que la CIA hacía 'la única política viable'", citaría Weiner a Frank Wisner, uno de los arquitectos del plan.
La operación incluyó la compra de legisladores, militares y líderes religiosos; la difusión de panfletos que acusaban a Mossadegh de favorecer al comunismo; e incluso la organización de ataques simulados atribuidos a la izquierda. Tras un primer intento fallido, el 19 de agosto de 1953 las turbas movilizadas y sectores del ejército lograron derrocar al primer ministro.
"El dinero había cambiado de manos, y esas manos habían cambiado de régimen", resume Weiner. Mossadegh pasó tres años en prisión y luego una década bajo arresto domiciliario. El general Fazlollah Zahedi asumió como primer ministro y el Shah recuperó el control absoluto.
Para algunos funcionarios estadounidenses fue "el mayor triunfo de la CIA". Sin embargo, el propio Weiner recoge la advertencia del analista Ray Cline: el éxito creó "la extravagante impresión del poder de la CIA". No era prueba de una capacidad mágica para "derribar gobiernos", sino "un caso único" en el que se había aplicado "la cantidad adecuada de ayuda marginal en el momento exacto".
El segundo Shah y la Savak
Tras el golpe, el régimen de Mohammad Reza Pahlaví se consolidó como pilar de la política exterior estadounidense en Oriente Próximo. Con apoyo directo de la CIA, se creó la Savak, la temida policía secreta iraní, entrenada y equipada por Washington.
Weiner cita a Andrew Killgore, funcionario del Departamento de Estado, quien describió la relación como "un apasionado abrazo con el Sha". Durante años, la CIA actuó como interlocutor privilegiado del monarca, mientras el régimen imponía ley marcial, reprimía opositores y amañaba elecciones.
En 1971, el presidente Richard Nixon elogió la "capacidad para gobernar, afrontémoslo, una dictadura virtual de una forma benigna". En 1977, Jimmy Carter brindó por Irán como "una isla de estabilidad en un mar de confusión".
Pero esa estabilidad era ilusoria. La CIA, según el libro, fue incapaz de advertir la profundidad del malestar social. En agosto de 1978 informó que Irán no estaba cerca de una revolución. Meses después, el régimen se desmoronaba.
La sorpresa de 1979
El 16 de enero de 1979 el Shah abandonó Teherán. El 1° de febrero regresó del exilio el ayatolá Ruholá Musavi Jomeiní (escrito Ruhollah Khomeini en grafía anglosajona), líder religioso de 77 años que encabezaría la Revolución Islámica.
El entonces director de la CIA, Stansfield Turner, admitiría: "Nosotros no sabíamos quién era Jomeiní ni conocíamos el respaldo con el que contaba su movimiento". Y sentenciaría: "Estábamos simplemente en la inopia".
La percepción iraní, sin embargo, era distinta. Para amplios sectores sociales, la CIA seguía siendo la fuerza que había reinstalado al Shah en 1953 y sostenido su régimen represivo durante un cuarto de siglo. La memoria del golpe alimentó la narrativa revolucionaria y el profundo antiamericanismo que estallaría con la toma de la embajada estadounidense en noviembre de 1979.
Un legado duradero
En la lectura de Weiner, el golpe contra Mossadegh no solo redefinió el destino de Irán, sino que consolidó en Washington la fe en la acción encubierta como herramienta de política exterior. Esa "ilusión de que la CIA podía derrocar al gobierno de un país por arte de magia" tendría consecuencias en otras regiones del mundo.
Pero en Irán el costo fue especialmente alto. La intervención angloestadounidense fortaleció una monarquía autoritaria, desacreditó a las fuerzas democráticas y allanó el camino para una revolución teocrática. Décadas después, la sombra de 1953 sigue proyectándose sobre la relación entre Teherán y Washington: un legado de cenizas que, como sugiere Weiner, comenzó mucho antes de que el mundo pronunciara el nombre de Jomeiní.