I
La muerte del flaco
El Flaco, un personaje envuelto en leyendas y peligros, fue hallado muerto en una zanja. Su vida de riesgos y enemigos finalmente le cobró factura. La policía investiga el caso, mientras sus amigos recuerdan sus andanzas con nostalgia y tristeza en Santa Fe y París.

Yo estaba jugando al billar en el Club de siempre, cuando Durruti me avisó que al Flaco lo mataron. Recuerdo -no sé por qué recuerdo el detalle- que cuando recibí la noticia le estaba poniendo tiza al taco y también recuerdo que la noticia no impidió que terminara de hacer lo que me había propuesto.
Mentiría si dijera que la noticia me sorprendió, salvo el detalle obvio que uno no recibe todos los día noticias acerca del asesinato de un amigo.
Lo que recuerdo es que apoyé el taco en la mesa de billar y en algún momento le dije a Durruti que la noche anterior, es decir, el lunes, había estado comiendo unas bogas con el Flaco en el comedor de la costa y que él, como al pasar, me dio a entender que estaba amenazado de muerte.
La información no me sorprendió demasiado, porque desde que lo conocí, allá en los lejanos años de nuestras borrascas juveniles, el Flaco siempre estuvo en peligro por la antigua y sencilla razón que prescribe que aquellos que eligen ese estilo de vida saben que ganan más enemigos que amigos. Y que siempre hay una bala esperándolos a la vuelta de la esquina.
II
La información de Durruti era breve pero segura: al Flaco lo mataron en algún lugar y la policía encontró su cuerpo en una zanja. El asesino o sus asesinos no perdieron el tiempo en delicadezas. Tres tiros, aunque para los entendidos con el primero alcanzaba y sobraba.
Según la policía, al Flaco lo mataron el martes, a la hora de la siesta, y al cuerpo lo encontraron de casualidad unos vecinos a la caída de la tarde de ese mismo día.
La noticia salió en el diario y yo mismo leí que un comisario aseguró que los responsables del crimen estaban a punto de ser detenidos, una afirmación que ninguno de nosotros, los que todos los días nos reunimos en el Club para jugar a la loba o al billar, nos tomamos en serio.
¿Por qué? Porque a todos nos consta que cuando personajes como el Flaco se encuentran con una bala perdida, a la policía, por lo menos los policías que conocemos, el crimen no solo no les hace perder el sueño sino que consideran que, por algún designio misterioso del destino, se hizo justicia.
III
Esa noche, la noche del miércoles, la noticia de la muerte del Flaco fue el tema exclusivo de los que diariamente asistimos al cabaret que don Victorio administra con su reconocida solvencia de gran señor.
El propio don Victorio con su habitual discreción recordó algunas historias compartidas con el Flaco en barrio Candioti, allá lejos y hace tiempo, y en París, cuando don Victorio decidió viajar a Europa y, según los chismes de la época, el Flaco lo estaba esperando en el aeropuerto.
Don Victorio dijo que se tomaba unas vacaciones de quince días, pero gracias a la hospitalidad del Flaco los quince días se estiraron a dos meses. Tal vez estás evocaciones motivaron que en el segundo show de la noche, Quito, el cantor de tangos, interpretó “La novia ausente”, y todos supimos sin decir una palabra que le estábamos rindiendo un homenaje al muerto porque ése era su tango preferido.
Carla, que alguna vez fue mujer del Flaco, no dijo una palabra, pero los que la conocemos sabemos que si a un hombre Carla llegó a querer en una vida donde hubo muchos hombres, ese hombre fue el Flaco.
IV
Yo recordé en algún momento que el Flaco había llegado a Santa Fe después de cinco o seis años de ausencia y, según sus propias palabras, retornaba a París el viernes, proyecto que no pudo cumplir porque lo mataron dos días antes del vuelo previsto desde Ezeiza al Charles de Gaulle. El flaco se fue de Santa Fe cuando aún no tenía treinta años.
Para nosotros el personaje tenía tono de leyenda: bueno para el naipe, bueno para los escabrosos negocios de la noche y respetado por gente peligrosa.
A Santa Fe regresaba de vez en cuando para acompañar a su madre y saludar a los amigos de los viejos tiempos. También regresaba por razones de negocios, porque en estos menesteres el hombre no daba puntada sin hilo, aunque en esta ocasión algo salió mal.
A pesar de su nacionalidad francesa y su mujer nacida en París, los huesos del Flaco no descansarán en el cementerio de Montparnasse, sino en Santa Fe, con despedida modesta porque en la ceremonia del cementerio estuvimos presentes el escaso puñado de amigos, además de los dos canas de civil, mención innecesaria porque estos caballeros no necesitan ser invitados para hacer su trabajo.
V
Pero volvamos al cabaret cuando hacía apenas cinco o seis horas que nosotros habíamos recibido la noticia de su muerte. Alguien mencionó que en la mañana del martes al Flaco lo vieron caminando cerca de Tribunales, seguramente, pensamos, porque alguna deuda pendiente con la justicia había que arreglar, detalles, nimiedades si se quiere, que el abogado del flaco resolvería sin mayores contratiempos.
Después, a la madrugada, cuando compartimos en el bar que está al frente de la terminal, el último whisky o el último café, alguien recordó que al Flaco lo habían visto subir a un auto. Nada del otro mundo, un auto que se detiene a mitad de cuadra y el Flaco sube sin mayores preocupaciones.
O sea que el último dato que teníamos es el del momento en que, cerca del mediodía, un mediodía caluroso de noviembre que sólo los santafesinos estamos preparados para soportar, sube a un auto. Dato mínimo, algo confuso pero que todos tomamos como verdadero.
VI
Yo volví a recordar que el lunes cené con el Flaco y en la ocasión me contó que estaba amenazado de muerte. Mucho más no dijo y ni siquiera lo dijo con cara de preocupado. Tratando de recordar algunas palabras de aquella noche -que yo no sabía que para el Flaco era la última- algo sugirió acerca de un problema con unos tipos de Rosario que como él habían extendido sus negocios a Europa.
Detalles más, detalles menos, lo que a todos nos hacía algo de ruido es la escena del Flaco subiendo a un auto. Raro. El Flaco desde siempre, desde los tiempos de sus primeras andanzas por barrio Candioti, fue un tipo cuidadoso, desconfiado y atento.
Vivió de la noche, pero nadie nunca lo vio en curda o drogado o propasándose con las chicas de los locales nocturnos, fiel al principio reo que anuncia que “donde se caga no se come”. El Flaco, además, era lo que se dice un tipo que se las aguantaba. No era peleador pero si había que pelear, peleaba y, además, sabía hacerlo. No andaba con armas, pero me consta que sabía usarlas.
VII
O sea, que a ninguno de nosotros esa muerte nos cerraba. El Flaco no era de arriar fácil y jamás lo iban a encontrar con la guardia baja. Si esto es así, ¿cómo es que lo cazaron como a un chorlito y lo mataron como un perro con el pasaje del avión en el bolsillo? Y otra vez se nos hace presente la escena del Flaco subiendo al auto.
Imposible imaginarlo en esa situación. Imposible imaginarlo, salvo que -y aquí la conclusión nos alarmaba porque de alguna manera nos comprometía a todos- es decir, a cada uno de sus amigos. Dicho de una manera más directa: el Flaco solo subiría a un auto si el que lo invitaba era un amigo de su íntima confianza. Dolorosa o no, la conclusión era inapelable.
Al Flaco no solo le habían tendido una trampa, sino que el principal responsable de ella era un amigo, justamente a él que más de una vez se jactó de tener menos amigos que los dedos de su mano.
Amargo desenlace: el Flaco era invulnerable a todo, a las tentaciones de una mujer, a los peligros del tráfico, a las celadas de la cana, a las emboscadas del hampa… invulnerable a todo pero vulnerable a ciertos códigos a los que supuestamente nunca les dio demasiada importancia.
La tarde del jueves, ya lo dije, los amigos incondicionales, lo despedimos en el cementerio. Éramos diez o doce, amigos de toda la vida, aunque a nadie se le escapaba, por lo menos a mí no se me escapaba, que uno de nosotros, conocía de esta triste historia un secreto que nunca lograría revelarse.












