Cada vez que el conflicto en Medio Oriente vuelve a escalar, el mundo observa una dinámica que parece repetirse con una lógica inquietante: acción, reacción, contra-reacción. Una ofensiva provoca una respuesta. La respuesta provoca otra más intensa.
Lo que Medio Oriente nos recuerda sobre psicología e inteligencia artificial
La repetición de acciones y reacciones en conflictos revela un patrón predecible, donde la identidad y pertenencia superan al problema original, según la psicología.

En algún momento la pregunta deja de ser cómo resolver el problema y pasa a ser cómo no perder frente al otro. O, dicho de otra manera, aparece algo parecido al viejo juego de la gallina: dos autos que avanzan a toda velocidad uno contra otro. Gana el que no gira el volante.
Aunque las escalas son incomparables, esta lógica no es exclusiva de los conflictos geopolíticos y por eso aparece también -en una versión mucho más doméstica- dentro de las organizaciones. Entender estos procesos es, justamente, uno de los lugares donde la psicología y la inteligencia artificial empiezan a encontrarse.
Una dinámica psicológica conocida
La psicología social estudia desde hace décadas lo que se llama escalada de conflicto. Cuando dos partes se perciben amenazadas, ocurre algo bastante predecible:
- Cada acción del otro se interpreta como hostilidad.
- Las respuestas se vuelven más intensas.
- Las posiciones se endurecen.
En ese momento el conflicto deja de ser sobre el problema original y empieza a tratarse de identidad y pertenencia. En las empresas pasa todo el tiempo, cuando un desacuerdo técnico termina convertido en una disputa entre áreas o lo que empezó como una diferencia operativa termina siendo un conflicto relacional.
Los ejemplos son conocidos:
- Depósito contra Administración ("Ahí los tenés, sentados y con aire acondicionado").
- Administración contra Vendedores ("Ganan una torta y a la siesta se van a jugar al pádel").
- Jefes contra Colaboradores ("Manga de vagos. Nadie es capaz de quedarse un minuto más").
Y viceversa.
Ahí es donde arranca el Colón-Unión. Los conflictos prolongados la cristalización de identidades, hasta el punto de simplificarlo todo. "Ellos siempre hacen lo mismo" / "Nosotros somos los que sostenemos todo" / "Con esa área no se puede trabajar".
¿Y la inteligencia artificial?
Aquí aparece un elemento nuevo en la historia humana: la IA y sus algoritmos, que corren tras bambalinas como nuestros siniestros titiriteros. Gran parte de la conversación pública hoy pasa por plataformas digitales. Y esas plataformas funcionan con una lógica simple: mostrar lo que genera más interacción. ¿Y qué genera más interacción? El conflicto.
Por eso los algoritmos tienden a amplificar contenidos que indignan, polarizan y simplifican posiciones complejas (sugiero ver para esto los grupos de WhatsApp de amigos, en donde las conversaciones se convierten en monólogos colectivos). La inteligencia artificial no inventa los conflictos pero los explota a fondo, por medio de amplificar ciertas dinámicas psicológicas.
Habilidad central
En este contexto aparece una habilidad clave: el pensamiento analítico. Daniel Kahneman lo explicaba de manera muy clara, diferenciándolo del pensamiento automático.
En situaciones de tensión -política, social o organizacional- el sistema automático domina, por eso una de las tareas más difíciles hoy es aprender a introducir pausas que permitan distinguir hechos de interpretaciones, posiciones de intereses y emociones de decisiones.
Los conflictos se vuelven casi insolubles cuando las personas dejan de verse como sujetos y pasan a verse como símbolos o representantes de otra cosa. Ahí es donde la conversación se vuelve imposible. Y la única solución parece ser la eliminación del distinto. Qué lindo sería que aprendamos a usar la tecnología no para segregar sino para ampliar nuestra comprensión del otro.











