En los últimos años, la geopolítica ha experimentado un auge sin precedentes como herramienta esencial para comprender los conflictos internacionales. Tensiones en Ucrania, el Indo-Pacífico y Medio Oriente han puesto de relieve cómo la geografía, los recursos naturales y las posiciones estratégicas definen el poder de los Estados.
Ormuz: el arma asimétrica de Irán
La maniobra iraní en Ormuz busca imponer costos a Israel, complicando la estrategia estadounidense y obligando a Washington a reevaluar sus prioridades regionales.

La geopolítica, según la definió el politólogo sueco Rudolf Kjellén -quien acuñó el término en 1899-, es "la ciencia que concibe al Estado como un organismo geográfico o como un fenómeno en el espacio". Esta perspectiva, que ve al Estado como un ente vivo condicionado por su territorio y sus rutas vitales, nunca había sido tan relevante.

El cierre del Estrecho de Ormuz, anunciado por Irán el 8 de abril de 2026, constituye un claro ejemplo de esta dinámica. Teherán ha bloqueado nuevamente la vía marítima más crítica del mundo tras los intensos ataques israelíes contra Hezbollah en Líbano, que incluyeron bombardeos en Beirut, el valle de la Bekaa y el sur del país, causando decenas de muertos y cientos de heridos.
La medida iraní responde directamente a la ofensiva del primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, quien afirmó que el alto el fuego con Irán "no incluye a Líbano". Irán había condicionado la reapertura parcial del estrecho a una tregua de 14 días con Estados Unidos, mediada por Pakistán. Ahora considera ese acuerdo "vacío" y advirtió: "Cualquier barco será destruido".
Un párrafo aparte merece el rol de mediador que asumió Pakistán en este conflicto. Mientras la ONU ha permanecido en un segundo plano, limitada por vetos y divisiones internas en el Consejo de Seguridad, Islamabad logró facilitar una tregua frágil de 14 días entre Irán y Estados Unidos. Esto demuestra que, en ocasiones, actores regionales pueden llenar vacíos donde la diplomacia multilateral falla.
La importancia de Ormuz es monumental. Este estrecho de apenas 33 kilómetros de ancho, entre Irán y Omán, conecta el Golfo Pérsico con el Mar Arábigo. Por sus aguas transita aproximadamente una cuarta parte del comercio marítimo de crudo, además de una cantidad significativa de gas natural licuado.

Países como Arabia Saudita, Emiratos Árabes, Kuwait, Irak y Qatar dependen de esta ruta para exportar sus hidrocarburos a Asia, Europa y Estados Unidos.
Un cierre prolongado dispararía los precios del crudo, elevaría los costos de seguros marítimos, interrumpiría cadenas de suministro globales y provocaría inflación energética en las principales economías importadoras, como China, India, Japón y la Unión Europea.
En términos defensivos, Ormuz representa el "cuello de botella" energético por excelencia. Los motivos de Irán son estratégicos y calculados. Además de solidarizarse con su aliado Hezbollah -pieza central de su eje de resistencia-, Teherán busca imponer un costo inmediato y asimétrico a la agresión israelí. La tregua con Washington, ya frágil, ha quedado fracturada.
Irán evita un choque directo con Estados Unidos, pero utiliza el estrecho como poderosa palanca para elevar el precio de cualquier desescalada. Es una maniobra clásica: compensar la inferioridad militar convencional mediante el control geográfico. Este accionar de Israel perjudica claramente a Estados Unidos.

Aunque Washington mantiene su apoyo incondicional al gobierno israelí, el bloqueo tensiona la reciente tregua con Irán y complica la estrategia estadounidense en el Golfo. Estados Unidos ha invertido décadas en garantizar el flujo energético regional; un cierre prolongado subiría los precios de la gasolina en su mercado interno, afectaría a sus aliados y podría exponer sus bases en la zona.
Netanyahu, priorizando su agenda de seguridad, obliga a Washington a elegir entre lealtad absoluta a Israel y sus propios intereses energéticos y de estabilidad regional. Las reacciones internacionales reflejan los alineamientos geopolíticos actuales.
La OTAN, liderada por Washington, ha manifestado preocupación por la "amenaza a la libertad de navegación" y respalda iniciativas para proteger el tráfico marítimo, sin condenar explícitamente a Israel.
Su prioridad es la estabilidad energética para Europa, ya presionada por la guerra en Ucrania. China, principal importador de crudo del Golfo, criticó duramente las acciones de Israel y Estados Unidos, considerándolas la causa raíz del bloqueo.
Beijing vetó junto a Rusia una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU para reabrir el estrecho y ve en la crisis una oportunidad para erosionar la influencia occidental.

Rusia, aliado de Irán, defendió con firmeza la posición iraní, argumentando que cualquier resolución que ignore la agresión israelí-estadounidense es desequilibrada. Evidentemente, Moscú aprovecha el caos para fortalecer su eje con Teherán y Beijing.
En síntesis, el cierre de Ormuz revela cómo la geografía continúa determinando el curso de las naciones. Como afirmaba Lord Palmerston, los Estados no tienen aliados permanentes ni enemigos permanentes, sino intereses permanentes. En el Estrecho de Ormuz, esos intereses están hoy en juego, y el mundo entero paga las consecuencias.
El autor es analista internacional, especialista en Defensa, docente de Ciencia Política.











