"Odio la guerra como solo un soldado que la ha vivido puede hacerlo, solo como alguien que ha visto su brutalidad, su futilidad, su estupidez", advirtió el presidente Dwight D. Eisenhower en 1953, tras comandar las fuerzas aliadas en la Segunda Guerra Mundial. Esa sentencia adquiere hoy una urgencia escalofriante en Washington.
¿Protestas antiguerra y pantano militar?
Con el lema "No Kings", millones de estadounidenses se manifiestan contra el conflicto con Irán, evidenciando el creciente descontento hacia la política exterior.


A poco más de un mes del estallido del conflicto bélico el 28 de febrero de 2026, Estados Unidos e Israel libran una guerra de elección contra Irán que ya devora recursos, eleva el precio del petróleo por encima de los 116 dólares el barril y amenaza con convertirse en el nuevo pantano militar de la Casa Blanca.
Lo más revelador no ocurre en el estrecho de Ormuz ni en las bases de la Guardia Revolucionaria. Ocurre en las calles de las cincuenta capitales y ciudades estadounidenses. El pasado fin de semana, más de ocho millones de personas -según los organizadores- salieron a protestar bajo el lema "No Kings" ("Sin reyes" en español) en más de 3.300 movilizaciones simultáneas.
Desde Times Square en Nueva York hasta pequeñas localidades de Alaska y Minnesota, el rechazo a Donald Trump y a la guerra que ordenó es masivo, transversal y crece con cada bombardeo. Robert De Niro la llamó "amenaza existencial para nuestras libertades"; Bernie Sanders acusó a Trump de socavar la Constitución; veteranos de guerra advirtieron que "el país no puede ser gobernado sin el consentimiento del pueblo".
Las consignas coreaban explícitamente contra la escalada militar en Oriente Medio. Fue la tercera gran jornada de protestas en menos de un año y la más numerosa. Los estadounidenses, exhaustos de dos décadas de guerras eternas en Irak y Afganistán, rechazan con claridad esta nueva aventura castrense.
El analista internacional argentino Juan Gabriel Tokatlian lo ha definido con precisión: "Esta no es una guerra legítima de defensa, sino punitiva, un conflicto que rompe deliberadamente el derecho internacional y abre la puerta a un mundo hobbesiano del sálvese quien pueda".
Según Tokatlian, cuando las potencias más fuertes evaden las normas que exigen a los débiles, se erosiona el orden basado en expectativas compartidas y se instala la ley del más fuerte. Irán, Israel y Estados Unidos están protagonizando exactamente ese escenario: un choque sin reglas claras donde la fuerza bruta sustituye a la diplomacia.
El resultado, advierte el sociólogo, es un mundo del sálvese quien pueda que nadie podrá controlar. Y es precisamente la estrategia asimétrica de Irán la que está convirtiendo la ofensiva estadounidense-israelí en un pantano. Mientras Trump presume de haber devastado la aviación y la marina iraní, Teherán responde con una guerra de desgaste inteligente y de bajo costo relativo.
Minó el estrecho de Ormuz -por donde pasa más del 20 % del petróleo mundial-, hundió un avión de vigilancia E-3 Sentry estadounidense en Arabia Saudita, lanzó drones contra bases en Emiratos Árabes Unidos y una planta desalinizadora en Kuwait, y mantiene activo el frente libanés y yemení.
Cada golpe es limitado, pero acumulado erosiona la superioridad tecnológica de Washington y Tel Aviv. El cierre intermitente de Ormuz ya provocó una subida del 50% en el precio del crudo en marzo. Trump habla de "quedarse con el petróleo iraní" y de controlar la isla de Kharg, pero Irán responde que sus exigencias de 15 puntos son excesivas e inaceptables y que no hay negociaciones directas.
La Casa Blanca se encuentra atrapada: no puede retirar tropas sin perder prestigio y no puede escalar hacia una invasión terrestre sin arriesgar miles de bajas y un desastre político interno. Desde Israel, el diagnóstico es aún más crudo. El diario Haaretz tituló sin rodeos: "Netanyahu fue a la guerra con Irán confiando en una América que ya no existe".
El primer ministro israelí, criado en la posguerra estadounidense de poderío absoluto, apostó todo a un socio que hoy está dividido, cansado y con un presidente que puede cambiar de idea en cualquier tuit.
Netanyahu creyó que Trump sería el garante incondicional; la realidad es que Washington ya revisa su relación con la OTAN por la negativa de España y otros aliados a facilitar bases, y que los mercados y la opinión pública interna limitan seriamente la duración del apoyo estadounidense.
El clásico error estratégico de subestimar al adversario y sobreestimar la propia resiliencia doméstica, parece un hecho consumado. Irán no busca victoria convencional; busca prolongar el conflicto hasta que el costo político y económico para Washington se vuelva insoportable.
Trump, que prometió acabar con las guerras eternas, ha iniciado una que, por su propia dinámica asimétrica, amenaza con convertirse en la más larga de todas.
Las protestas "No Kings" son la primera señal clara de que el pueblo estadounidense no está dispuesto a pagar esa factura. Si la Casa Blanca ignora ese mensaje, repetirá el ciclo de Vietnam e Irak: victoria táctica inicial, empantanamiento estratégico y derrota política final.
Para algunos analistas internacionales la historia ya escribió el guion. Solo falta que Trump y Netanyahu decidan si quieren leerlo antes de que el pantano los absorba.
El autor es analista internacional, especialista en Defensa, docente de Ciencia Política.















