Laura Fernández triunfó en las elecciones costarricenses apelando a una estrategia política que combina continuidad, estilo confrontativo y un fuerte enfoque en la seguridad. Está inspirada en lo hecho por el presidente de El Salvador.
La visita a Costa Rica de Nayib Bukele (a la derecha de la imagen), aquí junto a Rodrigo Chaves Robles (centro), agitó el ambiente político en plena campaña electoral a pocos días de las elecciones que ganó Laura Fernández Delgado.
"La política moderna es esencialmente un negocio de publicidad", observaba con agudeza la analista estadounidense Elissa Moses. Así describía cómo las campañas electorales se han transformado en ejercicios de branding: los candidatos se venden como productos y los votantes responden como consumidores, guiados por emociones y promesas inmediatas.
En Costa Rica, esta dinámica se evidenció con el triunfo contundente de Laura Fernández Delgado en las elecciones presidenciales del 1 de febrero de 2026, resultado que consolida el giro derechista en el país y ejemplifica el éxito de una estrategia de marketing político centrada en la continuidad, el estilo confrontativo y la "mano dura" contra el crimen, un mensaje que evoca directamente el modelo de Nayib Bukele en El Salvador.
Laura Fernández, quien cumplirá 40 años el próximo 4 de julio, es una politóloga con formación en la Universidad de Costa Rica y maestría en Políticas Públicas, que emergió como heredera directa del presidente saliente Rodrigo Chaves Robles.
Sin experiencia electoral previa, su carrera se desarrolló en su gabinete: como ministra de Planificación Nacional y Política Económica, y luego como ministra de la Presidencia, cargo que dejó en enero de 2025 para candidatearse por el Partido Pueblo Soberano (PPSO), fundado por Chaves.
Laura Fernández Delgado, 39 años, presidenta electa de Costa Rica. Crédito: Xinhua/Francisco Cañedo
Fernández obtuvo más del 48% de los votos, superando el 40% necesario para ganar en primera vuelta y evitando balotaje. Derrotó a diecinueve rivales, incluido Álvaro Ramos del PLN, Claudia Dobles y Ariel Robles. La participación alcanzó el 69,93% -la más alta en dos décadas-, reflejando un electorado movilizado por promesas de estabilidad.
El éxito se basa en la transferencia del capital político de Chaves, quien cierra su mandato con aprobación superior al 50%. Su gestión registró en 2025 un crecimiento del 5%, reducción de desempleo del 13% al 7%, inflación negativa y pobreza de 15,5%.
Estos logros fueron vendidos en campaña como resultados tangibles. Sin embargo, según el analista Ronald Alfaro-Redondo (PhD, Universidad de Pittsburgh), el apoyo real proviene más del estilo confrontativo -antiélite, directo contra oposición y prensa- que Fernández heredó y replicó, llamando a sus rivales "obstruccionistas" mientras prometía "concordia nacional".
La relación con Bukele
Esta mezcla de desempeño económico y personalidad disruptiva resultó altamente efectiva en un contexto de fatiga ciudadana. El vínculo con Bukele es explícito. Fernández priorizó la seguridad en un país con 16,7 homicidios por 100.000 habitantes en 2025, con un alto porcentaje vinculado al narco.
Propone estados de excepción focalizados, suspensión temporal de garantías en zonas críticas y un Centro de Alta Contención inspirado en el CECOT salvadoreño (que tiene capacidad para 5.000 reos).
Nayib Bukele, presidente de El Salvador. Crédito: REUTERS/Al Drago
Dos semanas antes de la elección, Chaves recibió a Bukele para anunciar esa megaprisión, simbolizando la importación del modelo. Bukele, reelecto en 2024 con 85% de los votos pese a críticas por detenciones masivas, redujo drásticamente homicidios a cambio de libertades civiles. Fernández adapta esa receta, priorizando percepción de seguridad sobre preocupaciones democráticas.
Este triunfo se inscribe en el avance derechista en América Latina, donde inseguridad y descontento económico favorecen populismos conservadores. Javier Milei ganó en Argentina (2023) aludiendo a un modelo libertario; el bolsonarismo persiste en Brasil pese a la derrota de 2022 y Daniel Noboa endureció la guerra al narco en Ecuador (2024).
Gobiernos progresistas como los de Gabriel Boric o Gustavo Petro enfrentan desgaste por lentitud en resultados, permitiendo que la derecha capitalice miedo y nostalgia por el orden (y vuelva al poder en Chile).
Controversias
Sin embargo, hay límites. Críticos advierten que suspender garantías erosiona la tradición democrática costarricense, simbolizada por el desarme desde 1948: tras la Guerra Civil de 1948, José Figueres Ferrer, líder de la Junta Fundadora de la Segunda República, disolvió las Fuerzas Armadas permanentes el 1 de diciembre de 1948.
Esta decisión se consagró en el artículo 12 de la Constitución de 1949, convirtiendo a Costa Rica en un modelo mundial de desmilitarización y pacifismo, al destinar recursos a educación y salud en lugar de a un ejército.
Para analistas y opositores, las políticas de "mano dura" propuestas por Fernández -como estados de excepción focalizados y megaprisones- amenazan este legado histórico al priorizar la represión sobre los derechos civiles, evocando riesgos de autoritarismo y alejándose de la esencia pluralista y desarmada del país.
La megaprisión es calificada de ridícula por opositores, ya que las obras no han avanzado. Fernández, segunda mujer presidenta tras el mandato de Laura Chinchilla (2010-2014), logra un hito de género, pero su conservadurismo social podría polarizar en temas de familia y derechos.
La victoria invita a reflexionar: en una región golpeada por el crimen,… ¿es la "mano dura" una solución pragmática o el disfraz de un retroceso democrático? América Latina debe decidir si prioriza seguridad inmediata y sacrifica su esencia pluralista y sus libertades. El caso Costa Rica es un elemento más que podría marcar el destino continental en esta encrucijada.
El autor es analista internacional y docente de Ciencia Política.