Un jardín para la muerte de la época
Una crónica que entrelaza la vibrante geografía de Río de Janeiro, lecturas compartidas y una aguda reflexión sobre las tensiones del mundo contemporáneo.

Salíamos para el aeropuerto y aún no había elegido la lectura del viaje. Nunca leo un libro a la vez, siempre tengo dos o tres empezados, los voy abordando según el ánimo e interés del momento. Me decido por "El jardinero y la muerte" de Georgui Gospodínov.
En la medida que he ido entrando en el jardín que su padre abona con el propio cuerpo, siento el sabor de los melocotones que dieron color a mi niñez en Cuba.
Mi mamá era dependiente de una tienda de víveres y unas de las pocas cosas que vendían por la libre (sin libreta de abastecimiento administrada por el Estado) eran esos frascos de vidrio, iguales a los que mostraban los fetos en formol en la escuela, llenos de grandes melocotones amarillos que venían flotando en almíbar desde Bulgaria.
Mi pareja rosarina (vivimos en Salta) me dijo hace un mes que había sacado pasaje para Río de Janeiro. Primera impresión, Río: una ciudad ruidosa. Segunda: muy ruidosa. Tercera: ciudad sin silencio.
Las impresiones nunca se forman en el encuentro con un lugar o una persona. Así como la certeza de Cristóbal Colón de que éramos indios determinó que termináramos siéndolo. Uno sueña con que un cuerpo o una ciudad lo aloje de una manera ideal (soñamos, novelamos circunstancias, ¿es malo?, depende).
Soñar nos permite encontrar puertos (cuerpos) hacia donde navegar. Pero una vez que somos navegantes descubrimos que toda ola te conduce a tierra.
Hay impresiones que pertenecen a una generación: para la mía Río puede ser una película cursi de Hollywood; la fundación poética de Vinicius de Moraes; la vagabunda necesidad del murmullo de Joao Gilberto; jipis; argentinos borrachos buscando abrazar a otros argentinos.
En fin, complete usted su propia lista de una ciudad tan populosa que no le teme al mar y lo suficientemente mágica y rota para generar un sinfín de experiencias.
2
Río es como el pandeiro do samba. Percusiva. Bom bómboro. La vida suena todo el tiempo en las bocinas del tránsito, en el rompimiento de las olas, en las conversaciones en altavoz, en las fiestas fingidas de Ipanema y en la fiesta de intemperie de moradores de rua.
Insistí a mi pareja. Hay que estar cerca de playa de Ipanema. La zona más segura según la IA. Llueve, el agua cae mansa sobre los cuerpos. Pieles frágiles o curtidas, el agua aquí cae mansa. Las calles en cambio van hacia la noche con fiereza. Llueve, la playa no es una opción. Por suerte habíamos agendado el Real Gabinete Português de Leitura.
Una fila que dobla la esquina anuncia la hora y media que esperaremos para una visita de 15 minutos y 500 años de literatura. Lloré ante la primera edición de Os Lusíadas de Camôes. Cerré los ojos cuando dos vendedores ambulantes se trenzaron en el asfalto por el control de la esquina. Llueve. Desfilan tipos vendiendo capas y para chuvas.
Adentro Camôes y Pessoa. Afuera un ejército de turistas y una larga peregrinación de brasileños disputando un lugar en Río. Paramos en un departamento de los años 70. Apenas a unos metros de Pedra do Arpoador, donde se besan los amantes de Copacabana e Ipanema. La lluvia cede al amanecer. La percusión de la ciudad se adentra con su pandeiro. Bom bómboro.
Es hora de ir por café y mar. Busco el libro. Mi cerebro solo distingue dos cosas por la mañana: el aroma vaporoso del café y el color de las tapas de los libros. Deslizo la vista por la repisa de la tele; mientras Gospodínov juega a las escondidas encuentro una curiosa colección de literatura odontológica. Evidentemente la dueña vive aquí y se muda a algún lado los días que alquila por Airbnb.
¿A dónde se irá? ¿A la casa de su novio? ¿A lo de su madre? ¿Una tía? ¿Una amiga? ¿A un barrio más barato? Ella vive aquí, debe ser odontóloga o enfermera. La Naturaleza de la mordida, los títulos remiten a patologías. Mi lógica da un salto al vacío: Rita Lee: Outra autobiografia.
Sin embargo, no es una excepción en la biblioteca médica. Sus ojos de mar en el centro de la tapa y la cabeza cubierta con un tocado: la forma más delicada para decir que el cáncer se había adueñado del pelo rojo de Rita Lee. El pelo ceniza de la Rita adulta. El pelo bandera de una época.
Su versión de los Beatles fueron mi refugio cuando llegué a Buenos Aires, en 2002. El tango del rock porteño, el jazz de la bossa. Puertos del sur. Desisto de buscar a Gospodínov y cedo a la tentación de robar una lectura ajena. Pero los jardines se bifurcan: Rita Lee cuenta su muerte en primera persona.
3
Estamos en otra larga fila, esta vez para el bondinho de Santa Teresa. La Ciudad es grande. Las caras son las mismas. La muchacha de cintura estrecha y vestido ajustado de la fila en el Gabinete cambió del verde al amarillo, mismo modelo, mismas amigas. El italiano tipo Sprite ni siquiera mudó de remera.
Somos reclutas del turismo. A la noche nos volveremos a ver en el Bip Bip Copacabana y en los días sucesivos en los mismos restaurantes y circuitos turísticos. Hay dos Rios: una abismal de los cariocas, y otra donde los turistas actuamos bajo un haz de luz atropellándonos como actores novatos en un pequeño escenario.
Toda gran ciudad tiene su barrio La Boca. Santa Teresa es ese aguafuerte, sin que la pátina poscolonial logre cubrir la negritud, como una vieja puerta donde el pasado perdura en sucesivas capas de pinturas.
Otra coincidencia: charlando con la guía del Museo Casa de Benjamin Constant, consta(tamos) que Cuba, en 1886, y Brasil, en 1888, fueron los últimos países en abolir la esclavitud. La proclamación de la República de Brasil en 1889 puede interpretarse también como una venganza de los propietarios contra el imperio. En definitiva, ellos habían aportado sus esclavos para la Guerra de la Triple Alianza.
Bajamos por la colorida Escalera de Selarón. Drones, poses, souvenirs. Al cumplir los 215 escalones que conectan a Santa Teresa con Lapa, la noche también ha bajado. Un niño intenta vendernos algo, la policía militar lo saca del tumulto de turistas, nos piden que tengamos cuidado y nos acompañan hasta tomar los ubers.
4
Tenemos miedo de los niños libres, de los hombres libres y ahora tenemos miedo de la república. Cometí el error de abrir los diarios en el celular esta mañana. El País cuenta que en Alemania los neonazis han ganado unas elecciones, mientras la crisis en Ceuta muestra las puertas descascaradas de la vieja Europa.
The New York Times comenta que Trump pone en venta la democracia ofreciendo 5 mil dólares a cada ciudadano adulto si retiene el control del Congreso.
O Globo sigue cada nuevo detalle del escándalo político-financiero del Banco Master a un mes de las elecciones presidenciales; y en Página 12, Emir Sader y Atilio Borón me dan cringe: Cuba pesa como un cadáver en la intelectualidad de una izquierda que perdió el estilo y la narrativa.
“A veces me siento incómodo al entregarle el periódico. Dios mío, qué imbecilidades le toca leer en esos últimos días. Me da vergüenza el mundo del que mi padre se está yendo”, anota Gospodínov, mientras una gaviota cocinera se posa frente a mi guarda-sol.
Levanto la vista, un buque azul atraviesa el horizonte cargando un mosaico de contenedores. Tres helicópteros se cruzan con las fragatas magníficas que de vez en cuando se sumergen como una lanza entre los surfistas.
Queijos, camarão, massagens, caipirinha; los pregones se multiplican, también los rastreadores de arena en busca de prendas de metal perdidas. Una pareja discute, ella le muestra el celular y le reclama que nunca le contesta los mensajes. Uma garota num doce balanço se saca selfies de su culo.
Tall and tan...
Este es el mundo que va caminando sin la cabellera roja de Rita. Por las calles negras de Brasil, por los puertos de Ceuta, por los campos sembrados de Alemania, por la gélida Rusia. Va caminando a los tumbos por las franjas devastadas, por las tierras raras de América, por las oscuras soberanías y los pozos de la palabra libertad.
Camina por la luna, por los chips, sobre el caimán dormido de Cuba. Un mundo envejecido que necesita urgente un jardinero que comprenda la relación entre la tierra y la muerte. Donde el único estruendo que se escuche sea el del pandeiro. Y el único jardín posible, donde se cultive una rosa blanca que podríamos llamar Democracia efectiva.











