"Fue como un show de TV", contó Donald Trump sobre la captura de Nicolás Maduro, como si fuera un simple espectador o más bien un gamer en un videojuego y no el presidente con la armada más poderosa del mundo.

La captura de Nicolás Maduro es presentada por Donald Trump como un show, un espectáculo mediático más, minimizándose así el alcance del impacto geopolítico y la complejidad del intervencionismo estadounidense.

"Fue como un show de TV", contó Donald Trump sobre la captura de Nicolás Maduro, como si fuera un simple espectador o más bien un gamer en un videojuego y no el presidente con la armada más poderosa del mundo.
Con una sola frase, que banaliza la demostración de poder y delineamiento geopolítico que significa la invasión a Venezuela, el presidente de los Estados Unidos crea un escenario deshistorizante que se constituye en mensaje para las generaciones digitales: "It's dangerous to go alone! Take this".
Tal como el meme que estampó el videojuego The Legend of Zelda, los jóvenes venezolanos expulsados por el régimen totalitario de Maduro celebran la ofrenda, bailan, brindan, vuelven a creer que hay un territorio en la esperanza. También celebran muchos cubanos. La isla está en condiciones peores que Venezuela, realmente denigrantes, pero no tiene petróleo que financie una intervención.
Quienes duden de la legitimidad de esa alegría expresada en las calles del mundo, también forman parte del problema actual de la democracia. La tinta que se gaste en historizar el intervencionismo de Estados unidos en América Latina y en el mundo será agua corrida.
No hay intención oculta que develar: "Lo que necesitamos es acceso total. Acceso total al petróleo y a otras cosas en el país que nos permitan reconstruirlo", dijo Trump con la desfachatez que caracteriza a la ultraderecha actual. Los argumentos tendrán que ser otros si pretendemos que la joven democracia no tenga una muerte prematura en el orden mundial.
El sentimiento antiimperialista expira junto a la subjetividad analógica, aquella que impuso el dominio de dos únicos sistemas, el comunista o el capitalista y, dependiendo el bando, el mal está siempre del otro lado, incluyendo todo el espectro que va de un extremo a otro.
El objetivo del comunismo no se manifestó en el bien común, sino en la aniquilación del otro diferente: totalitarismo. El objetivo del capitalismo tampoco se manifestó en una libertad lograda de las personas a través del desarrollo, sino en la desproporción de fuerzas.
Así las cosas, parece difícil que desde los argumentos históricos surja una masa crítica en contra de la intervención de Estados Unidos en Venezuela, y a saber, las implicancias del caso de Cuba.
La paradoja, más allá de los corrimientos subjetivos de lo que se ha dado en llamar, y lo es en la práctica, una Sociedad Mundial, es que ambos sistemas han detentado la potestad de impartir democracia y derechos aplicando sentidos particulares en cada caso según convenga.
Las nuevas generaciones, para el caso la mayoría de venezolanos exiliados, la mayoría de los jóvenes cubanos nacidos en el posfidelismo regados por el mundo; necesitan encontrar otros significados, porque carecen de territorio político.
Quienes antes se convertían en expatriados o exiliados políticos, hoy constituyen la basura social barridos de Europa y Estados unidos, materializándose así la demonización fidelista de "escoria social", solo que ahora no son "gusanos" de la sociedad socialista, sino de la Sociedad Mundial.
Son víctimas de redadas racistas y xenofóbicas del supremacismo "trumpista", o del escrache facilista de la izquierda y el progresismo, como en el caso de los ataques por redes sociales a los venezolanos que celebraron la caída de Maduro.
Lo que está en juego es la apropiación de la democracia y la aplicación discrecional de los derechos humanos tanto por los estados que proclaman soberanía, como por los imperialismos que se adjudican la potestad de derrocar y administrar esos Estados.
En tanto, no hay soberanía tal para los pueblos. Con Maduro en New York, el chavismo sigue en el poder, sin que el pueblo recupere su autonomía a través de un presidente que votó en 2024 y ni el chavismo, ni ahora Trump han permitido su asunción.
El jurista brasileño Marcelo Neves ha marcado la urgencia de reconsiderar los paradigmas de la democracia hasta hoy, para pensar en una transdemocracia que haga posible la convivencia en la sociedad mundial. Dice Neves:
"En este contexto, el concepto de 'soberanía de los pueblos' debe cambiar del foco en la autonomía a un énfasis en la responsabilidad hacia la sociedad mundial, inseparable de su sostenibilidad: para que la soberanía sea sostenible, es necesario reconsiderarla radicalmente en estos términos (...).
(...) Esto significa que toda democracia debe rendir cuentas a otros sistemas políticos, principalmente a los organizados en estados, pero también a las correspondientes comunidades nativas. Sin esa responsabilidad, es muy probable que se fortalezca la tendencia al colapso de las democracias actuales a mediano o largo plazo".
En ese espacio transdemocrático, en ese espacio transideológico, es quizás donde las nuevas generaciones puedan generar una masa crítica y lleguen a identificarse con un territorio de derechos posibles por fuera de la fábrica ficcional de la virtualidad.
Mientras la ultraderecha no tenga nada más que ofrecer que violencia, mientras que los totalitarismos de izquierda no tengan otra cosa que ofrecer que violencia; los desplazados por la guerra y por las dictaduras, los desechados y expulsados de los centros de poder no tendrán otra alegría que bailar cuando un tirano cae.