Nunca me gustó el fútbol, ni de chico ni de grande. Sin embargo, nací en el histórico año de 1986 y, según me contaron siempre, mi nombre me lo pusieron en honor a Diego Armando Maradona.
La trampa de las identidades populares y colectivas
La pasión por el fútbol despierta un fervor colectivo que trasciende el deporte, alimentando una identidad nacional que se debate entre el orgullo y la crítica social.

Estimo que no hace falta explicar quién fue, pero la ironía de mi partida de nacimiento me acompañó toda la vida: llevar el sello de uno de los mayores símbolos futbolístico del país sin haber desarrollado jamás el más mínimo interés por una pelota de fútbol.
Sin embargo, cada vez que se disputa un Mundial de Fútbol, la Argentina experimenta un fenómeno de paralización casi biológica. Quienes pertenecemos al grupo de personas a las que no les despierta ninguna emoción el torneo somos una minoría estadística ínfima.
Somos "los raros", no como un rasgo indeseable ni como un mérito, sino por el escaso porcentaje que probablemente representamos en el tejido social. Sin embargo, el fenómeno que merece un análisis más profundo no es la apatía de unos pocos, sino la metamorfosis de la mayoría:
¿Por qué millones de personas que no miran un solo partido de fútbol durante cuatro años despiertan de pronto un fervor fanático y apelan a construcciones gramaticales como "jugamos bien" o "le ganamos a tal país" durante el mes que dura la competencia internacional?
Para comprender esta conducta, la psicología social y las ciencias de la conducta humana han desarrollado algunos marcos teóricos que resultan altamente explicativos, aunque también pueden resultar, para algunos, algo incómodos.
En primer lugar, opera el sentido de pertenencia. Cuando una sociedad adopta un fenómeno cultural como causa colectiva, el impulso individual de ser parte de algo más grande que uno mismo se intensifica notablemente.
Se trata de un mecanismo muy antiguo de supervivencia, perfeccionado en la psique humana miles de años antes de que el fútbol fuera codificado como deporte. En los principios de nuestra especie, quedar fuera de la tribu significaba la muerte al estar más expuestos al ataque de depredadores, no conseguir refugio a tiempo o morirse de hambre.
En el siglo XXI, quedar fuera de la conversación mundialista genera una sutil marginación social que muchas personas, casi inconscientemente evitan volviéndose expertas en el tema.
En segundo lugar, puede nombrarse el Efecto Dunning-Kruger, un sesgo cognitivo ampliamente documentado en psicología social. En este efecto, cuando menos conocimiento tenemos sobre un tema, mayor tendencia presentamos a sobreestimar nuestras competencias al respecto.
Este efecto, se consolida tras consumir breves fragmentos de programas deportivos o escuchar debates informales, donde absorbemos un conjunto reducido de conceptos técnicos o jerga popular, los repetimos en nuestro entorno y logramos integrarnos con soltura en discusiones complejas sobre táctica, arbitraje o gestión deportiva, convencido de que nuestro juicio es de experto.
En tercer lugar, y sin agotar las explicaciones formales posibles, en sociedades sometidas a severas crisis macroeconómicas, presiones de inflación e incertidumbres políticas crónicas, el entretenimiento masivo a gran escala funciona como una válvula de escape emocional.
La proyección del bienestar personal en el éxito de un equipo deportivo permite canalizar ansiedades estructurales mediante triunfos ajenos.
En este sentido, se comparten alegrías y derrotas con una intensidad desproporcionada, como si la victoria futbolística modificara la realidad material del ciudadano común. Aunque sí lo hace con su realidad emocional (para bien o para mal), mas no sea circunstancialmente.
Frente a este escenario cabe preguntarse: ¿qué define realmente la condición de ser argentino? ¿Saberse de memoria la alineación titular de un equipo? ¿Mirar devotamente los partidos? ¿Transformarse en un hincha implacable durante la competencia?
Si históricamente el deporte hegemónico en nuestro país hubiera sido el tenis o el rugby, como ha ocurrido de manera temporal con la repercusión de figuras icónicas como Guillermo Vilas, Juan Martín del Potro o el equipo de Los Pumas, gran parte de la población habría adoptado la misma jerga y el mismo fervor momentáneo.
Es decir, el tema central no es el fútbol como deporte, es la casualidad y la causalidad de que sea el deporte con mayor índice de aceptación en Argentina; índice que asciende aproximadamente al 90% de la población.
Sin embargo, la realidad objetiva es que los elementos que configuran nuestra identidad nacional son independientes de la adhesión deportiva.
Esto es, pertenecer a la comunidad nacional argentina viene dado por variables que son mucho más palpables y estructurales como son: habitar el mismo territorio, poseer la ciudadanía legal, compartir una lengua viva con las particularidades del español rioplatense, respirar una matriz cultural común y estar indefectiblemente sometidos al mismo marco de instituciones políticas y vicisitudes económicas.
Seguir con entusiasmo un torneo deportivo no incrementa el grado de nacionalidad, de la misma manera que permanecer indiferente ante él tampoco lo disminuye. Esta aclaración es crucial porque la presión por encajar en el mandato colectivo suele generar en jóvenes y adultos cuadros de frustración o exclusión injustificados.
Ahora bien, tras el cierre del torneo internacional de fútbol, la copa mundial, y el retorno de la conversación pública a sus cauces habituales, emergió en redes sociales y medios de comunicación un debate tan inesperado como virulento: la acusación internacional de que "los argentinos somos racistas".
A partir de cánticos de tribuna o episodios aislados protagonizados por deportistas e hinchas, se desató una ola global de condena y generalización. La reacción popular local no tardó en manifestarse en defensa.
Cadenas de noticias, figuras públicas y conversaciones de café apelaron al orgullo herido esgrimiendo argumentos como: "nos acusan porque nos tienen envidia" o "somos el país de los premios Nobel y el talento exportable". Nuevamente presenciamos el accionar de la misma falacia de identidad colectiva, expresada ahora en sentido inverso.
La pregunta que surge inevitablemente es: ¿Resulta válido calificar a una sociedad de más de 40 millones de personas como "racista" basándose en el comportamiento de un grupo de hinchas en un estadio? La respuesta rigurosa y corta es no.
Ni la conducta reprochable de un hincha en el extranjero te convierte en racista, ni los genios académicos de Bernardo Houssay o René Favaloro te otorgan un prestigio personal automático. Los éxitos y miserias individuales no son transferibles de forma colectiva.
Podés sentir orgullo, admiración por una figura pública que represente valores o cualidades que en tu construcción personal te parezcan de importancia. Incluso, en algunos casos, podés tomar esas personalidad públicas como guías morales (y dios los salve de equivocarse porque con la misma rapidez que suben, también bajan).
Lo que no deberías de hacer es atribuirte a vos mismo aspectos de la personalidad, logros, aciertos o desaciertos de una persona o un equipo deportivo, que no son tuyos por el simple hecho de compartir la misma nacionalidad.
Con todo esto quiero invitarte a repensar, ahora que ya terminó el mundial de fútbol y está menguando el racismo colectivo que nos atribuyeron recientemente, a partir de un fenómeno impulsado por algoritmos de redes sociales y discurso de odio.
La próxima vez que se produzca un fenómenos similar lo pienses de forma crítica y no reduzcas la complejidad humana a un color de camiseta o a un mensaje de odio en redes sociales.
Para el próximo certamen deportivo, si te encontrás festejando un gol junto a tu familia o tus amigos, aunque días antes desconocieras las reglas del juego, disfrutalo sin culpa: es parte de un rito de convivencia social válido.
Pero, si te encontrás con alguien a quien el deporte no le genera absolutamente nada, o si lees a analistas extranjeros pretendiendo definir la moral de todo un país por un cántico de tribuna, pensalo bien antes de emitir una opinión. La identidad de un pueblo no se agota en una pelota ni se define en un juzgado de redes sociales.
El autor es doctor en Ciencias Biológicas e investigador del Conicet.










