Mi trayectoria en el sistema científico comenzó con un tropiezo que resultó ser, en perspectiva, mi mayor bendición. A los 22 años, tras recibirme de licenciado en Biodiversidad, el Conicet me denegó una beca doctoral. Eso "no" me impulsó a postularme a la Fundación Carolina en España, donde fui seleccionado entre mil aspirantes de Latinoamérica para estudiar en la Universidad de Cantabria.
La tragedia de lo invisible: haciendo ciencia en Argentina
La Carrera del Investigador en Argentina ofrece un enfoque único en la investigación, pero enfrenta tensiones que amenazan su continuidad en el contexto actual.

Allí conocí el Instituto de Hidráulica Ambiental (IH Cantabria), un organismo con un modelo híbrido: aunque contaba con apoyo estatal, gran parte de su motor eran las consultorías privadas.
Esa experiencia me permitió entender que la ciencia puede habitar diferentes estructuras, desde el sistema puro de investigación como el Conicet en Argentina, el CSIC en España, el CNRS en Francia o el Max Planck en Alemania, hasta modelos donde la investigación es una extensión de la docencia universitaria, como ocurre en Uruguay, Brasil o Estados Unidos. La excepción argentina: ¿investigar o enseñar?
Argentina, junto a un puñado de países europeos, posee una estructura casi única: la Carrera del Investigador. En la mayor parte del mundo, ser científico implica, por contrato, ser docente universitario de tiempo completo. Esto significa dividir la energía entre preparar clases, corregir exámenes y gestionar recursos, dejando la investigación como una tarea compartida.
En nuestro país, pertenecer al Conicet, organismo fundado en 1958 bajo el gobierno de Arturo Frondizi, permite concursar por un cargo público para dedicarse de forma exclusiva a la investigación. Es un privilegio estructural, pero hoy se encuentra bajo una tensión que amenaza su existencia.
El mito del éxodo y la realidad del desarraigo
Hablamos frecuentemente de la "fuga de cerebros" como un fenómeno nuevo, pero es una herida cíclica con más de cincuenta años de repetición. Comenzó masivamente en 1966 con la dictadura de Juan Carlos Onganía y se profundizó en 1976 con la última dictadura militar, que también dejó desaparecidos y exiliados que trabajaban en el Conicet.
Más tarde, en la década de los 90, durante el gobierno de Carlos Menem, hubo un tercer éxodo de investigadores y jóvenes promesas que no encontraban dentro del sistema neoliberal la posibilidad de trabajar en Argentina como científicos.
Mucho más tarde, en el año 2003 se creó bajo el gobierno de Néstor Kirchner el Programa Raíces (acrónimo que proviene del nombre Red de Argentinos Investigadores y Científicos en el Exterior). Con este programa lograron repatriar a muchos, sin embargo hoy el fantasma de la emigración reaparece, aunque emigrar para trabajar como científico no es la solución romántica que muchos imaginan.
En el exterior, los concursos son tan o más feroces que aquí; los investigadores europeos, por ejemplo, suelen saltar de beca en beca posdoctoral durante años antes de conseguir ser de planta permanente. A esto se suma la barrera idiomática, diferencias culturales, el desarraigo de no tener a tu gente cerca.
Del laboratorio a la resistencia
En la actualidad como investigadores de Conicet, nuestros sueldos están licuados alrededor de un 40%. En mi caso particular, para llegar donde estoy hoy, pasé por cinco concursos públicos (si incluyo el de la maestría) compitiendo contra miles de otros jóvenes científicos para ganar mi beca doctoral, posdoctoral, ingresar a carrera de investigador y promocionar a investigador adjunto.
Mucho esfuerzo, muchos años, y baja remuneración en comparación con otros trabajos cuyas demanda física e intelectual es menor o quizás muy diferente. A la situación de una baja remuneración hay que sumarle el desfinanciamiento para hacer investigación.
En el Conicet cobramos un sueldo, pero no recibimos un presupuesto anual para investigar. Para comprar insumos, pagar análisis, comprar equipos, muchos de ellos a precio dólar, debemos concursar por subsidios como los PICT (que ya no existen), concurso de financiamiento provinciales como los de Asactei, PIP o financiamientos de fundaciones como Bunge & Born o Williams.
Esto significa armar una propuesta donde se nos evalúa por nuestro curriculum vitae, la coherencia de la propuesta, la factibilidad, el presupuesto que pedimos, etc. La situación actual hace básicamente que haya más demanda que oferta.
Esta asfixia presupuestaria empuja a los investigadores hacia líneas de trabajo "más baratas", o que tratemos de migrar a líneas de trabajo que estén más enfocadas en resolución de problemas productivos, desarrollo de patentes o que tengan un impacto social directo.
Áreas vitales como la gestión ambiental de recursos acuáticos o temas relacionados a la conservación de ecosistemas pierden relevancia quedando muchas veces en el limbo de la desfinanciación. Sin subsidios, el laboratorio se convierte en una oficina vacía.
La tragedia de lo invisible
Los desafíos que presentamos no son solo presupuestarios, también son sociales. En mi caso, durante años, trabajé en una comisión interna de comunicación del instituto donde trabajo, y organizamos ferias de ciencias, visitas guiadas para escuelas al instituto, conferencias y artículos de corte periodístico que muchas veces fueron publicados en diferentes medios de comunicación.
También fui editor en una revista de divulgación que se llama Bioika, generando contenidos que estuvieran relacionados a la biología y que apuntaran a que la gente conozca lo que podemos hacer o descubrir los científicos. Lo hice sin cobrar extra, porque lo más importante era intentar explicarle a la gente por qué nuestro trabajo como científicos es relevante. El resultado obtenido fue agridulce.
La experiencia que me quedó es que por un lado no estamos formados para comunicar ciencia, y no sabemos cómo mostrar al ciudadano o ciudadana que puede estar leyendo este artículo de opinión, que lo que hacemos como científicos es importante.
En un país como Argentina, donde las urgencias son el hambre, la posibilidad de tener una vivienda digna o la seguridad, la ciencia pasa a un segundo plano, y es considerada por muchos como un "gasto innecesario".
Esta es la tragedia de lo invisible: si la sociedad no nos ve como un elemento relevante de la estructura del Estado, el desarrollo científico de nuestro país seguirá siendo una pieza prescindible en el tablero político. Hoy, la ciencia argentina sobrevive entre la pasión de quienes resistimos y el silencio de los gobernantes. La pregunta sigue abierta: ¿qué país queremos tener?
El autor es doctor en Ciencias Biológicas e investigador del Conicet.










