“Hay que mirar para arriba, porque el cielo es la mitad del paisaje”. La frase —que Maximiliano Leo Schulz escuchó del astrofísico de CONICET Alejandro Gangy— funciona como una puerta de entrada a su forma de entender el territorio. A comienzos de mayo, cuando los días se acortan y al atardecer aparece esa “mancha violeta” —la sombra de la Tierra proyectada sobre la atmósfera—, el paisaje no sólo se mira: se interpreta. El cielo, las constelaciones como la Cruz del Sur y los cambios de estación marcan también el ritmo del monte y anuncian qué plantas brotan, cuáles se retiran y qué alimentos aparecen disponibles. Esa lectura integral es la base del trabajo de Schulz, quien durante años caminó islas, pedaleó caminos rurales y navegó el río en kayak con una pregunta en mente: cómo volver a conectar a las personas con un territorio que, aún en plena urbanidad, sigue siendo fértil y diverso. Docente durante dos décadas y hoy guía del Parque Nacional Islas de Santa Fe, convirtió ese recorrido en libros, talleres y experiencias colectivas donde las plantas silvestres dejan de ser “yuyos” para transformarse en aliadas de la salud.
Yuyos que curan: el saber del Paraná que vuelve a la mesa y al cuerpo
El rosarino Maximiliano Leo Schulz recorre humedales y caminos rurales para recuperar un conocimiento ancestral que mejora la digestión, fortalece el organismo y ofrece una alternativa cotidiana frente a la alimentación industrial.

Su último trabajo, el libro "Plantas nutritivas del río Paraná", reúne más de 200 especies comestibles y medicinales del litoral, donde propone en una provincia atravesada por humedales y biodiversidad, recuperar el uso cotidiano de estas plantas puede mejorar la digestión, aportar nutrientes reales y ofrecer herramientas simples para el bienestar diario en un contexto marcado por la alimentación industrial y el estrés.

—En tu libro hablás de más de 200 plantas que crecen en Rosario: ¿qué te llevó a mirar la ciudad como un “tesoro natural” y no como un entorno urbano desconectado de la naturaleza?
—Las plantas ya las conocía, sobre todo las del río, pero después lo vinculé con el ambientalismo (Ndr: Schulz estuvo en la formación de la ONG El Paraná no se toca). Sentía que le faltaba una pata conectada con la tierra, que quedaba demasiado en redes sociales. Vivimos en un lugar con muchísima abundancia y, sin embargo, nos enseñaron a pensar que la naturaleza está en otro lado. Como docente vi cómo se forma una matriz productivista que desconecta a las personas del territorio. Las plantas fueron una excusa hermosa para volver a acercarnos: mucha gente tiene recuerdos de sus abuelos o vecinos usando yuyos, y ahí aparece una puerta para reconectar.

—Tu trabajo combina investigación y territorio: ¿cómo fue ese relevamiento?
—Recorrí alrededor de 100 mil hectáreas durante años, en kayak y bicicleta, entre zonas como Coronda, Oliveros y el propio Paraná. Buscaba especies que realmente formen parte del paisaje cotidiano, no plantas ocasionales. Después ese trabajo se enriqueció con la comunidad de yuyeros de Puerto Gaboto, que tiene un conocimiento profundo sobre plantas medicinales. Así llegué a más de 200 especies presentes en la región.

—Muchos de estos “yuyos” están asociados a la digestión o la ansiedad: ¿qué saberes tradicionales recuperás y cómo dialogan con la vida moderna?
—Desde chico conocía los usos tradicionales por mis abuelas, pero después empecé a investigar más y a hablar con yuyeros de la zona de Puerto Gaboto, donde vivo hace años. Hay un conocimiento de transmisión oral muy grande. Lo interesante es que estas plantas están en todos lados: al costado de una autopista o en una reserva como la de Villa Gobernador Gálvez. Vivimos rodeados de especies que ayudan a la digestión, que calman, que nutren. En un contexto donde todo es rápido y procesado, volver a estas prácticas simples genera un equilibrio muy necesario.

—Planteás que hay una pérdida de nutrientes en la alimentación actual: ¿cómo estas plantas pueden complementar la dieta?
—La agricultura intensiva produce alimentos más rápidos pero menos conectados con el suelo, con menos interacción con bacterias y hongos. Eso se traduce en menor calidad nutricional. Por eso después aparecen alimentos enriquecidos artificialmente. Las plantas silvestres, en cambio, crecen en equilibrio con el entorno y aportan nutrientes reales. Cuando las incorporamos, el cuerpo lo siente: hay menos sobrecarga digestiva y una recuperación más natural.

—¿Cómo se vincula este conocimiento con la medicina tradicional?
—Cada vez mejor. He trabajado con médicos, incluso en hospitales, retomando experiencias como las de la crisis de 2001, cuando se recurría a plantas por falta de fármacos. Hoy hay más integración. Las plantas no solo tienen propiedades: también traen una historia, un vínculo con la tierra y la comunidad. Eso es importante para el acompañamiento de la salud, más allá del síntoma.

—Hay una idea de soberanía alimentaria en tu propuesta: ¿qué cambios culturales hacen falta?
—Primero, reconocer la abundancia. En invierno, por ejemplo, aparecen muchas plantas de la familia de los repollos con lactobacilos que favorecen la flora intestinal. También es momento de buscar plantas amargas y picantes que son digestivas y tonificantes. Luego darle lugar y respeto a la divulgación del conocimiento, compartir lo que se sabe y no quedarse en claustros científicos que hicieron que hoy haya gente que rechaza la ciencia y abraza teorías como el terraplanismo.

Tres plantas del Paraná para este invierno
Schulz menciona, en la entrada de la temporada de frío, tres plantas que pueden encontrarse en Santa Fe: la carqueja, el altavita y la salvia de río. “Son plantas nuestras, con sabores intensos, que dan energía y mejoran la digestión”, explica.
El uso es simple: una infusión con un puñado de hojas en un litro de agua, que puede tomarse a lo largo del día. Un gesto cotidiano que, según el autor, resume el corazón de su propuesta: volver a mirar el entorno inmediato no como maleza, sino como una fuente concreta de bienestar.
El trabajo del investigador renueva en diferentes relevamientos sobre la flora del litoral donde se destacan muchas especies silvestres del corredor del Paraná con propiedades digestivas, antiinflamatorias y reguladoras del sistema nervioso. Plantas como la carqueja, reconocida por su efecto hepatoprotector y digestivo; la salvia de río, utilizada como tónica y equilibrante; o incluso el diente de león, con acción depurativa y aporte de vitaminas A y C, forman parte de un repertorio accesible que crece de manera espontánea en banquinas, humedales y zonas periurbanas. A diferencia de los cultivos intensivos, estas plantas se desarrollan en interacción directa con el suelo y los ciclos naturales, lo que potencia su densidad nutricional y refuerza su valor como complemento cotidiano para mejorar la digestión, fortalecer el organismo y reducir el impacto del estrés en la vida diaria.









