
El recuerdo de una marcha duramente reprimida en agosto de 1972 revive en la memoria del narrador durante una caminata nocturna. Allí rememora la brutalidad policial y las persecuciones de aquellos años.

Camino por Salvador Caputto en dirección a San Lorenzo. La ciudad desierta. Como si yo fuera el exclusivo habitante. Miro la hora. Cerca de las dos de la mañana. Pasa un patrullero, pero no me lleva el apunte. Soy un hombre mayor bien vestido y correcto. La policía por lo general no se mete conmigo. Cuando estoy a punto de cruzar la esquina de San Lorenzo y Suipacha regresa el tiempo perdido.
Fecha: agosto de 1972. Una manifestación enorme. La marcha sale de calle Tucumán entre 25 de Mayo y Rivadavia. ¿Motivo? El "entierro" de Jorge Ulla, asesinado en Trelew en agosto de 1972 por orden de la Marina. Al episodio la historia lo registra como "La Masacre de Trelew". Las víctimas habían intentado fugarse. Fueron detenidos y trasladados a la base Almirante Zar.
A la madrugada los obligaron a salir a las puertas de las celdas. Y los mataron sin asco. Hubo mucha indignación. Creo que hasta Alejandro Lanusse estaba indignado. Corten. Toma siguiente. La manifestación con los restos de Ulla avanza por Tucumán hasta San Lorenzo. De allí en dirección al norte.
En la esquina de San Lorenzo y Suipacha, la misma esquina en la que en este momento exacto estoy cruzando, nos detiene la policía. Son muchos, están armados con unos garrotes enormes, y si bien no le vemos la cara porque están con los cascos, no hace falta ser un psicólogo para saber que sus intenciones con nosotros no son precisamente amorosas.
Los muchachos de la Guardia Rural "Los Pumas" nunca quisieron a los estudiantes. Capaz que sus buenas razones tenían, pero en aquellos años yo no era tan objetivo.
Se nos vienen al humo. Y empieza la repartija de machetazos. Yo corro hacia calle Saavedra. En honor a la verdad, no me consta que entonces haya sido muy valiente, pero me consta que corría rápido, sobre todo si el que venía detrás lo hacía blandiendo una cachiporra del tamaño de un garrote.
Ahora estoy corriendo por calle Suipacha y no precisamente para hacer gimnasia, sino porque detrás de mí, a no más de diez metros, arremete con un machete en la mano un cana que supongo habrá creído que garrotearme a mí lo ponía a la altura patriótica del sargento Cabral. Una aclaración corresponde.
Una aclaración en la que se superponen tiempos diferentes. En un tiempo que por comodidad vamos a llamarlo "presente" yo camino por calle Salvador Caputto, una caminata realizada en los primeros días de julio de 2020, una caminata solitaria y nocturna.
Al momento que cruzo la esquina de calle San Lorenzo "llega" desde algún lugar de la memoria la escena ocurrida una tarde de 1972, cuando realizábamos una marcha para despedir los restos de un joven santafesino asesinado en Trelew el 22 de agosto de 1972. Precisamente en esa esquina atacó la policía.

Y eso explica que, al momento de iniciar la escritura de estos apuntes, esté corriendo como un gamo en dirección a calle Saavedra. Si bien estos acontecimientos ocurrieron hace más de cincuenta años, los lectores compartirán conmigo que no resulta fácil olvidarlos, pues no siempre a uno el destino lo coloca en la situación de salir disparado para eludir la pedagogía del garrote.
A mi favor, cuenta el hecho de que entonces pesaba menos de setenta kilos y a pesar de los dos paquetes diarios de cigarrillos Particulares, era ligero.
Y si a ese don físico de la edad, se le sumaba la adrenalina que produce el miedo, puede entenderse que cuando corro por calle Suipacha y doblo por Saavedra en dirección al norte, el policía ya empieza a admitir que no le va a resultar sencillo alcanzarme, pero no obstante, fiel a su deber, continúa en su empeño, convencido de que es el sargento Cabral o el Negro Falucho haciendo patria
Mientras corro en dirección a Bulevar Pellegrini, no sé por qué motivos o por qué extraños reflejos del inconsciente, me acuerdo de mi tía Victoria, presidenta entonces de la revista católica más leída de la Argentina.
Y mientras apuro el paso, pienso si mi tía sabrá que a esa hora del crepúsculo su querido sobrino, estudiante santafesino de la carrera de Derecho, es corrido por dos agentes de la ley decididos a ajustar cuentas con él y no de manera delicada.
Tampoco me consta cómo reaccionaría tía Victoria al enterarse del episodio que lo tiene a su sobrino como protagonista villano central, sobre todo teniendo en cuenta su amistad con generales, obispos y monjas. He aquí un dilema de hierro -pienso mientras cruzo a toda velocidad calle Santiago del Estero- entre los deberes del espíritu y las debilidades del corazón. ¿Cómo resolverá tía Victoria semejante dilema?
Es una respuesta que considero -mientras avanzo hacia Obispo Gelabert- que no es el momento adecuado para responder. Cuando llego a Bulevar Pellegrini, recuerdo que me trepo a un colectivo de la Línea 5 que me traslada hasta las inmediaciones del cementerio, el lugar al que, previendo la dispersión policial, nos hemos citado para despedir los restos del joven asesinado en Trelew.
Ahora regreso a la noche de julio de 2020, casi cincuenta años después, la noche en la que camino por calle Salvador Caputto en dirección a San Martín a las dos de la mañana, en una ciudad algo fantasmal en donde las pocas personas que caminan a esa hora llevan barbijo cumpliendo con las disposiciones legales por la pandemia.
Detalle, este último, que, atendiendo la sintonía de mis recuerdos, me trasladan una vez más a 1972, porque en aquella jornada agitada muchos de los manifestantes llevábamos barbijos, algunos para no ser reconocidos por la policía. Otros, para eludir los efectos asfixiantes de las bombas de gas lacrimógeno.
No deja de ser interesante para un futuro ensayo esa asociación libre entre los barbijos subversivos de 1972 y los barbijos ordenancistas de 2020. Ahora la caminata solitaria por calle Suipacha habilita que los recuerdos se confundan con las reflexiones.
Sin proponérmelo, el ex izquierdista devenido en pacífico conservador que ahora camina por calle Suipacha, porque ya cruzó avenida Urquiza, recuerda escenas de aquella jornada que se inició cerca del mediodía en el Comedor Universitario que entonces funcionaba en bulevar Pellegrini entre 1º de Mayo y 4 de Enero.
En el mentidero político de ese formidable recinto de noticias y de chismes, de amores sagrados y amoríos perros, que es el Comedor, se habla con indignación de los sucesos de Trelew. Después, una hora después, mi memoria me traslada al bar de Ferreyra, ubicado en la esquina de bulevar y 9 de Julio, el lugar donde ahora funciona una muy civilizada oficina del Correo Argentino.
Y tengo presente el ventanal desde donde se ve el edificio de la Universidad y la mesa de madera y sillas de lata que compartimos con Cacho, Luis, Raúl y Liliana, porrón de cerveza de por medio y una picada de chorizos que han sobrado de la parrillada de la noche anterior y que Ferreyra reserva, no sé si a sus mejores clientes pero seguro a los más perseverantes.
La mesa del bar Ferreyra se extiende casi hasta las cuatro de la tarde. Y tengo presente que se suman a los porrones, algún pingüino con vino, y otros amigos y amigas, porque en aquellos años y en esta ciudad uno se reunía con los amigos todos los días, conocía gente todos los días y en un día le pasaban cosas que a algunas personas no le ocurren a lo largo de una vida.
Sin ir más lejos, esa nochecita en el cementerio, donde nos citamos para despedir los restos de Ulla después del desparramo de San Lorenzo y Suipacha, volvió a garrotearnos la policía, y me recuerdo corriendo por los terraplenes de una vía de trenes por la zona de Barranquitas, acompañado de una mina de vaqueros y remera celeste, muy delicada, muy linda, muy encantadora, pero que putea a los milicos con el lenguaje de un barra brava.
La misma mina con la que esa noche vamos a continuar la jornada en una peña armada realmente no sé por quién (entonces todas las noches había "serenata"), y en la que van a abundar los vinos, las canciones de "protesta" y los amoríos tan improvisados como breves, tan ardientes como olvidables.
Ser joven, me digo a modo de reflexión, es precisamente eso: conocer gente todos los días, estar dispuesto a salir corriendo todos los días, escapar de redadas de la cana todos los días, reunirse con los amigos todos los días y enamorarse de una mina todos los días.