"Tenemos que prepararnos para el peor escenario". La frase del intendente Juan Pablo Poletti, al anunciar las acciones preventivas del municipio frente a un posible episodio del fenómeno El Niño, merece una lectura que va más allá del pronóstico climático.
Antes de que llegue el agua
Gobernar la incertidumbre también significa preparar a la sociedad para los riesgos que aún no ocurrieron.

En realidad, expresa una manera de entender el gobierno cuando el futuro todavía no ofrece certezas. En una ciudad como Santa Fe, esa definición tiene un significado especial.
Aquí, El Niño no es solamente un fenómeno meteorológico. Es parte de una memoria colectiva atravesada por inundaciones, evacuaciones y pérdidas que dejaron una marca profunda en la vida de miles de familias.
Cada vez que los organismos especializados advierten sobre la posibilidad de lluvias extraordinarias, la discusión deja de ser exclusivamente técnica para convertirse en una cuestión política: ¿qué debe hacer un gobierno cuando todavía no sabe con exactitud qué ocurrirá?
Durante mucho tiempo la respuesta fue esperar. Esperar nuevos datos, pronósticos más precisos o señales más concluyentes. Sin embargo, esa lógica resulta cada vez menos compatible con un escenario climático caracterizado por una creciente incertidumbre.
Hoy la calidad de un gobierno no se mide solamente por la eficacia con la que responde a una emergencia, sino también por su capacidad para anticiparla, reducir la vulnerabilidad y preparar a la sociedad antes de que el riesgo se materialice.
Prepararse para el peor escenario no implica anunciar una catástrofe ni instalar miedo. Significa asumir que, cuando las consecuencias potenciales pueden comprometer vidas humanas, infraestructura crítica y el funcionamiento de una ciudad, la prevención deja de ser una opción para convertirse en una responsabilidad pública.
La ciencia ofrece hoy herramientas extraordinarias para comprender la evolución del clima. Los modelos meteorológicos permiten identificar tendencias y construir escenarios cada vez más confiables.
Pero ninguna institución científica seria promete certezas absolutas sobre el comportamiento de un fenómeno complejo como El Niño. La incertidumbre no es una falla del conocimiento; es parte de la realidad con la que deben convivir quienes toman decisiones.
Allí reside uno de los principales desafíos del liderazgo público. Gobernar no consiste en esperar que desaparezcan todas las dudas. Consiste en decidir responsablemente mientras esas dudas todavía existen.
Los especialistas en gestión de emergencias suelen coincidir en un punto esencial: las grandes crisis casi nunca ofrecen el beneficio de contar con toda la información disponible antes de actuar. Por el contrario, obligan a decidir cuando los escenarios cambian rápidamente y el tiempo comienza a convertirse en el recurso más escaso.
Esperar la certeza absoluta puede transmitir una sensación de prudencia, pero muchas veces termina siendo la forma más peligrosa de la inacción. Por eso, las políticas modernas de gestión del riesgo han desplazado el centro del debate. La pregunta ya no es únicamente cuál es la probabilidad de que ocurra un determinado evento.
La pregunta verdaderamente importante es otra: ¿qué consecuencias tendría no estar preparados si finalmente ocurre? Ese cambio de perspectiva modifica también la manera de entender la comunicación pública. Existe la tentación de pensar que advertir demasiado temprano puede generar alarma innecesaria.
La experiencia demuestra exactamente lo contrario. En gestión del riesgo es preferible asumir el costo político de haber preparado a la sociedad para un escenario que luego resultó menos severo que enfrentar las consecuencias de haber subestimado una amenaza real.
La prevención nunca genera titulares tan impactantes como la catástrofe. Pero es precisamente allí, en las decisiones que se toman antes de que ocurra lo peor, donde se juega la verdadera calidad de un gobierno. Porque la función de la comunicación no consiste en tranquilizar a la población ni en amplificar el temor.
Su tarea es mucho más exigente: reducir la incertidumbre social. Explicar qué se sabe, qué todavía permanece abierto, cuáles son los escenarios posibles y por qué las instituciones deciden actuar incluso cuando el desenlace todavía no puede conocerse con precisión.
Si bien un gobierno no puede controlar el clima, lo que sí puede hacer es evitar que la incertidumbre meteorológica se transforme en incertidumbre institucional. Esa diferencia parece sutil, pero es la que determina si una sociedad enfrenta un riesgo con información, organización y confianza o con improvisación, rumores y desconcierto.
La infraestructura que no se ve
El Niño volverá a poner a prueba la capacidad de respuesta de las instituciones santafesinas. Habrá que mantener reservorios limpios, estaciones de bombeo en funcionamiento, desagües sin obstrucciones, terraplenes y defensas en condiciones y monitorear los ríos.
A la par de actualizar protocolos de evacuación, coordinar organismos y contar con equipamiento para la respuesta. Todo eso será indispensable. Pero sería un error pensar que la resiliencia de una ciudad depende exclusivamente de su infraestructura física.
Existe otro tipo de prevención, menos tangible pero no por ello menos importante: la capacidad del Estado para comunicar el riesgo. Así como una ciudad necesita infraestructura para contener el agua, también necesita una comunicación capaz de contener la incertidumbre.
Porque las emergencias no solo producen daños materiales; también generan desorientación, rumores, desinformación y pérdida de confianza. Cuando eso ocurre, la vulnerabilidad social crece incluso antes de que aparezcan las primeras lluvias.
Toda crisis tiene dos dimensiones inseparables. La primera es operativa: proteger vidas, coordinar recursos, garantizar servicios esenciales y reparar daños. La segunda es comunicacional: explicar decisiones, orientar conductas, ofrecer información confiable y construir confianza en un contexto incierto. No son tareas independientes.
Una gestión técnicamente eficaz puede ser percibida como un fracaso si la ciudadanía no comprende qué está ocurriendo, por qué se adoptan determinadas medidas o qué se espera de cada persona.
Del mismo modo, ninguna estrategia de comunicación puede compensar una respuesta operativa deficiente. La fortaleza institucional aparece cuando ambas dimensiones avanzan de manera coordinada. Ese es uno de los principales aprendizajes que dejaron las grandes emergencias de las últimas décadas.
La comunicación ya no puede limitarse a informar lo sucedido. Debe contribuir a que las personas tomen mejores decisiones antes de que el riesgo se transforme en daño. Por eso, comunicar un posible episodio de El Niño no consiste en anunciar una inundación.
Consiste en explicar escenarios, reconocer los márgenes de incertidumbre, fundamentar las medidas preventivas y ofrecer información útil para que cada ciudadano pueda prepararse. La diferencia parece menor, pero cambia por completo el sentido de la acción pública.
Una política de Estado, antes de la emergencia
La política suele ser evaluada por cómo responde a las crisis. Quizá haya llegado el momento de medirla también por su capacidad para evitarlas o, al menos, para reducir sus consecuencias. Esa tarea exige un liderazgo dispuesto a asumir un costo que no siempre resulta visible. Preparar una ciudad frente a un riesgo que finalmente puede no materializarse suele generar cuestionamientos inevitables.
Siempre habrá quien sostenga que las medidas fueron exageradas si el impacto resulta menor al esperado. Sin embargo, esa crítica tiene una ventaja que ningún gobernante posee cuando debe decidir: conocer el final de la historia. Las decisiones públicas no se toman con el diario del lunes. Se toman cuando todavía existen dudas.
Y allí aparece una diferencia fundamental entre la mirada política tradicional y la gestión moderna del riesgo. Mientras la primera suele reaccionar frente a hechos consumados, la segunda obliga a actuar sobre probabilidades, aceptando que algunas decisiones sólo podrán valorarse correctamente con el paso del tiempo.
En Santa Fe esa diferencia no es una discusión académica. Es una experiencia construida sobre la memoria. La ciudad aprendió, con un costo demasiado alto, que el tiempo perdido antes de una emergencia nunca puede recuperarse después.
Cada protocolo actualizado, cada simulacro, cada obra preventiva y cada mensaje claro dirigido a la población forman parte de una misma política pública: disminuir la vulnerabilidad antes de que el peligro imponga sus propias condiciones.
En ese sentido, la decisión del municipio de comenzar a prepararse frente a un posible episodio de El Niño no debería interpretarse únicamente como una respuesta a un pronóstico meteorológico.
Constituye, sobre todo, una oportunidad para fortalecer una cultura de prevención que trascienda este evento y prepare a la ciudad para un contexto en el que los fenómenos extremos serán, probablemente, cada vez más frecuentes.
Se trata de comprender que la prevención ya no puede ser un capítulo secundario de la gestión pública. Debe convertirse en una política permanente, capaz de integrar planificación, infraestructura, conocimiento científico, comunicación y participación ciudadana.
Las sociedades que mejor enfrentan las crisis no son aquellas que nunca las padecen. Son aquellas que desarrollan capacidades para anticiparlas, coordinarlas y comunicarlas.
Prepararse antes de que llegue el agua no debería ser una respuesta excepcional frente a un posible episodio extremo de El Niño. Ni la advertencia convertirse en una frase vacía, porque nada de eso se hizo.
Debería convertirse en una forma permanente de ejercer el gobierno. Porque, al final, la mejor emergencia es la que nunca llega a convertirse en tragedia gracias a las decisiones que se tomaron cuando todavía había tiempo para prevenir.
El autor es investigador doctoral en comunicación de riesgo en la Universidad Rovira i Virgili (España).












