I

La compasión por los asesinos de Jeremías Monzón choca con la justicia, mientras se debate la libertad de quienes podrían seguir cometiendo atrocidades.

I
No hubo compasión para Jeremías Monzón. 16 años. Sus asesinos se ensañaron con su carne sin disimular el regocijo que le provocaban sus tormentos. La muerte para Jeremías fue una liberación. Una manera de salir del infierno al que lo sometieron. Sus asesinos se comportaron como suelen comportarse los asesinos que disfrutan con infligir dolor. Actuaron con una seriedad y prolijidad que estremece.
Querían matar, pero fundamentalmente querían que la víctima sufra porque ese cuerpo martirizado les provocaba un júbilo visible y salvaje. Se mata por amor, se mata por dinero, se mata por venganza. La historia de la humanidad como testigo. Pero los asesinos "eternos" matan por placer. No lo pueden evitar; es más fuerte que ellos.
Mataron y seguirán matando porque no disponen de otro objetivo en su vida. No lo conocen y tampoco les interesa conocerlo. Su vida puede que sea un infierno, pero en ese infierno los demonios que arrojan brasas a los hornos para que el fuego sea infinito son ellos.
II
Hay quienes invocan compasión por los asesinos de Jeremías. Puede que la compasión sea una causa justa, salvo cuando colisiona con la justicia. Un adolescente de 16 años fue exterminado como una alimaña. Sus verdugos hicieron lo que saben hacer los verdugos de todos los tiempos: matar. Y en ese oficio no hay distinción de sexo, religión y mucho menos de edad.
Los que asesinan con la profesionalidad de un verdugo, un sicario o un sádico o un psicópata saben muy bien lo que hacen. No sé qué hará Dios con ellos, pero los que vivimos en este mundo y recorremos un itinerario histórico no podemos tomarnos la licencia de perdonar con banales y cínicas coartadas humanistas.
A no confundirse: los asesinos de Jeremías en libertad dispondrán de la libertad de seguir matando. Repito: se trata de salvar ante tanto dolor e infamia los valores de la justicia. Hablar de compasión en estas circunstancias es asesinar a Jeremías una vez más. Además ya se escribió una vez: es fácil y cómodo posar de compasivo con el dolor del otro y la tragedia ajena.
III
La Iglesia Católica criticó a quienes parecieran más inclinados en castigar niños que en condenar mayores. Puedo compartir las intenciones de este principio mal formulado, pero en la tragedia que nos ocupa es, en el más suave de los casos, una frase dispersa en el viento. Dicho esto, agrego que incluir en la condición de "niños" a los asesinos de Jeremías es un abuso del lenguaje.
Los tres criminales que mataron a Monzón no son niños si es que la palabra "niñez" se asimila a inocencia, pureza de corazón y dulzura del carácter. El crimen, la pasión de matar, no está relacionado con la edad. Puede que hasta por una cuestión numérica haya más asesinos adultos que adolescentes, pero esas proporciones cronológicas no transforman al adolescente criminal en inocente.
Los asesinos de Jeremías no lo son por la edad sino por los actos que cometieron. Tiempos desgraciados y bizarros los actuales en los que hay que dar explicaciones y casi pedir disculpas para que la justicia sancione a los criminales.
IV
No estoy hablando del robo de una gallina o una bicicleta. Estamos hablando de un crimen feroz y sanguinario. Quienes lo cometieron lo hicieron con premeditación y alevosía. No me vengan a decir que no sabían lo que estaban haciendo, que se trata de tiernas criaturitas de Dios víctimas de un orden social injusto.
Si al denominado "contexto social" lo transformamos en un factor decisivo, Robledo Puch, el Chajá Ferreyra, el Pibe Cabeza, Jack el Destripador y por qué no, Adolfo Hitler, deberían ser "comprendidos", "perdonados" y disfrutar de la libertad como dulces pajaritos. En la correcta Inglaterra victoriana, el crimen alevoso cometido en 1992 por dos niños de diez años contra un bebé de dos fue condenado.
Los asesinos fueron a la cárcel. Los jueces no consideraron la edad, consideraron la alevosia del asesinato. Los que son capaces de matar con tanto empeño, con tanto "talento", deben responder ante la justicia. Ni apremios ilegales, ni pena de muerte, ni linchamiento: justicia. Con tribunales, con derecho de defensa, con condenas debidamente evaluadas.
No es tan complicado. La edad no es una coartada. No creo descubrir la pólvora, si admito que la edad de la adolescencia debe ser considerada en su singularidad. El límite es la sangre; la línea que no se cruza es la muerte. El "no matarás" como principio fundante de la civilización. En los crímenes de sangre, justicia.
No opino como juez, legislador o jurista, opino como ciudadano y bajo el principio de que la justicia es demasiado importante para dejarla en las manos exclusivas de los jueces, los legisladores y los juristas.
V
Parar la pelota y poner las cosas en su lugar. Argentina es el país con menos delitos de sangre desde México a la Antártida. La inseguridad es un problema, pero comparado con otros países nuestra situación no es la más grave. Dicho esto, agrego que a un padre que le matan a un hijo, o a un hijo que le matan a un padre, estas mediciones no le dicen nada.
Repito: estimo como ciudadano que el límite son los delitos de sangre, es decir, el delito irreparable: la muerte. En todo delito de sangre puede haber atenuantes: defensa propia, accidente. El debate real es qué hacemos con los asesinos como los que mataron a Jeremías Monzón. Es el mundo en el que vivimos.
No son muchos, pero son. Y esa exhibición de sangre y muerte hiere a la sociedad. La lastima y la indigna. En tiempos de barbarie se recurría al linchamiento, a la justicia por mano propìa. Hoy la respuesta son los tribunales. Pero los tribunales haciendo lo que corresponde.
VI
Capítulo aparte son las canalladas políticas. El aprovechamiento de un dirigente o de una dirigente para descalificar a otro invocando una tragedia privada. Fue lo que padeció el gobernador Máximo Pullaro, quien en su lejana adolescencia fue protagonista de una de esas tragedias que no se olvidan nunca, que te marcan para toda la vida.
Un adolescente murió en Hughes en 1989. Pullaro, su amigo, entonces tenía 13 años. Fue un accidente, una desgracia, una tragedia, pero no un crimen premeditado, infame y alevoso. Hubo un muerto y alguien mató, pero en las circunstancias que se produjeron los hechos es justo decir que en tragedias semejantes todos fueron víctimas.
Así lo consideró la justicia en su momento, y en los mismos términos lo vive el pueblo de Hughes donde Pullaro regresa periódicamente. Lo demás, pertenece al capitulo negro de las canalladas políticas y miserables.
Intentar agitar un trapo viejo y sucio manchado de sangre por bastardos intereses políticos es infame. Pareciera que la señora Amalia Granata y el señor Rodolfo Tailhade algo conocen de estos menesteres.