Vaticinan tiempos difíciles, como siempre. Los astrólogos y los economistas, que pueden ver más allá, desentrañan el destino de los hombres a través de las estrellas o las leyes de mercado. Yo no pienso en el futuro.

En un mundo de incertidumbres, la autora descubre la serenidad en la soledad, aceptando su envejecimiento y soñando con campos de girasoles bañados de luz.

Vaticinan tiempos difíciles, como siempre. Los astrólogos y los economistas, que pueden ver más allá, desentrañan el destino de los hombres a través de las estrellas o las leyes de mercado. Yo no pienso en el futuro.
Solo degusto la paz de ésta soledad que no implica estar sin otros si no estar conmigo, mirarme con mis cicatrices y quererme, abrazar este cuerpo que envejece y sin embargo no puede dejar de sentir.
Estoy en génesis del cambio, en el origen de la creación de un nuevo ciclo. En ocasiones fui dura porque intentaba arrancarme el dolor, fui esquiva para huir de la indiferencia, lento bisturí cortando el alma. Estuve a punto de perderme en el silencio, y ahora ando con el corazón blando soñando campos de girasoles enamorados de la luz.
Hay enigmas por delante. Los umbrales de la risa quizás no alcancen a desempañar esas tristezas que no pueden maquillarse, que pululan como moscas despabilando la memoria. Tal vez en algún instante milagroso puedas mirarme a los ojos con amor…
Mientras tanto voy rescatando la bondad en la frescura del agua en las tardes de enero, en las llamas espantando el frío de las manos en las melancolías invernales, en la esperanza de ver los tulipanes florecer en mi jardín. La dulce sabiduría curandera de la ternura me salva la vida cada día.