Desde tiempos inmemoriales habita en nuestras tierras una especie de árbol llamado popularmente Ombú, también Phytolacca dioica, para los entendidos en nomenclaturas y términos griegos compuestos. A primera vista, parece un árbol como cualquier otro. En su morfología posee un tronco, ramas, hojas y una envergadura acorde al género.
Sin embargo, nos engaña, los eruditos dicen que es una "hierba gigante". Mejor dicho, no nos engaña, sino el efecto de nuestros criterios taxonómicos, es decir, la forma arbitraria bajo la cual ordenamos los entes del mundo circundante. Según el diccionario, la taxonomía es la ciencia que trata de los principios, métodos y fines de la clasificación.
Si el hacha del leñador penetra la corteza del ombú, su herramienta de vida no encontrará la resistencia que espera. Se revela así una característica atípica, su tronco impresiona en las descripciones como blando, "carnoso" o incluso "esponjoso".
Puede que sea un uso abusivo de las metáforas, dado que los tejidos que componen un tronco no son carne ni esponja (hablando de rarezas clasificatorias, la esponja de mar se considera un animal invertebrado acuático). Se especifica, además, que su estructura interna no califica como madera, en tanto carece de la dureza que otorgan los anillos de crecimiento internos, esperables en los verdaderos árboles.
Por ende, no podrá alimentar ninguna hoguera de forma satisfactoria. No obstante, a la hora de hacer sus nidos, seguramente las aves no reparan en estas cuestiones de obsesivos. Incluso el ombú parece bastante indiferente a las discusiones sobre la naturaleza de su esencia, identidad y género. Simplemente, como cada uno, hace su vida sin más.
Entonces, un ser que parece un árbol, desde cierto punto de vista no lo es. Los fenómenos contraintuitivos poseen esta particularidad, al perturbar las conclusiones intuitivas a las que arriba el sentido común.
Así, su caso especial se incluye en el catálogo de peculiaridades y absurdos clasificatorios de la ciencia botánica, embrollo que recuerda las ironías cómicas que Jorge Luis Borges plasmó en su escrito "El idioma analítico de John Wilkins" (1964):
"Los animales se dividen en (a) pertenecientes al Emperador, (b) embalsamados, (c) amaestrados, (d) lechones, (e) sirenas, (f) fabulosos, (g) perros sueltos, (h) incluidos en esta clasificación, (i) que se agitan como locos, (j) innumerables, (k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, (l) etcétera, (m) que acaban de romper el jarrón, (n) que de lejos parecen moscas".
Muchos pensadores han soñado con crear una lengua especial que permita edificar una clasificación coherente de los entes que habitan el mundo. A pesar del entusiasmo inicial que acompaña estas empresas, tarde o temprano las clasificaciones revelan sus inconsistencias, es decir, algunas piezas del rompecabezas terminan por no encajar del todo.
Frente a semejante frustración, podemos hacernos los distraídos, también renegar de ello en forma inconsciente -a veces los fanatismos teóricos comienzan así-, o aceptar el imposible lógico de toda clasificación y arreglárselas con eso.
No es distinto en el campo de la salud mental y su codificación de los llamados "trastornos mentales". Después de dos siglos de psiquiatría y otro tanto de psicología, sabemos que las clasificaciones psicopatológicas cambian. Por ejemplo, dos de los manuales de diagnóstico más utilizados por los profesionales han editado su quinta y décima versión, respectivamente.
Ahora bien, ¿por qué cambia la nosografía, es decir, la clasificación de los trastornos mentales vigente? Esa es la cuestión. Como siempre, las opiniones divergen. Hay quienes piensan que, sencillamente, se trata del progreso de las disciplinas afines, delimitando cada vez más su objeto de estudio.
No obstante, es un poco más complejo. A diferencia de los animales y las plantas, entes cuya existencia material nos resulta concreta y familiar, los trastornos mentales pertenecen a otro registro, responden a otro orden de relación con el saber.
Antes que una teorización directa de la realidad objetiva, son más bien construcciones de lenguaje donde confluyen aspectos clínicos, políticos, económicos, culturales, morales, afectivos y discursivos, entre tantos otros. Por ende, si cambian, es porque mutan las coordenadas culturales y las necesidades simbólicas de la época.
Desde que los naturalistas dieron nombre a la jirafa, aún lo conserva. La inflamación aguda del abdomen todavía se diagnostica como apendicitis, pero la esquizofrenia responde a un campo mucho más movedizo. En la sensibilidad medieval, el término popular de locura bastaba para nombrar esta dimensión íntima del ser hablante.
Tras la Revolución francesa, la locura se transformó en un problema de Estado, allí surge el tecnicismo médico-jurídico de la alienación mental con Philippe Pinel. Luego irrumpe la necesidad de diferenciar tipos clínicos y así nacen las enfermedades mentales, entre ellas, la esquizofrenia.
Emil Kraepelin la llamó "demencia precoz". Al mismo tiempo, Sigmund Freud propuso el término "parafrenia" sin mucha suerte. Más tarde fue Eugen Bleuler quien estableció la denominación que llega hasta nuestros días.
Finalmente, en tiempos de capitalismo exacerbado y hegemonía de las burocracias sanitarias en problemas de salud, contamos con la simplificación pragmática de los trastornos mentales, los cuales se diagnostican tachando una serie de ítems en una hoja de papel.
La esquizofrenia aún perdura aquí como trastorno, aunque se han eliminado los subtipos (paranoide, desorganizado, catatónico, etc.) debido a su "baja estabilidad diagnóstica y limitada utilidad clínica". Todos estos desplazamientos en la forma de nombrar las cosas, estos cambios supeditados a coyunturas históricas muy precisas, ¿acaso no dicen algo respecto del modo en que cada época concibe la locura?
Quizá, para matizar las discusiones entre los botánicos que se ocupan del ombú y los clínicos que buscan imponer su clasificación definitiva de las chifladuras, puede recordarse que la estructura del lenguaje es siempre un artificio humano.
El autor es psicoanalista, docente y escritor.