- Si no tenés nada que hacer, el sábado nos casamos. Dijo Luis, después de un breve silencio.

Relatos Breves.

- Si no tenés nada que hacer, el sábado nos casamos. Dijo Luis, después de un breve silencio.
- Me parece bien. Respondí sonriendo.
Luis había tenido un accidente con la moto, le habían puesto varios clavos en la pierna derecha, tenía fracturado el brazo y un gran moretón en el pómulo. Sin embargo, sonreía como siempre. Yo lo visitaba todos los días. Lo conocí en primer año de la universidad. No había pasado mucho tiempo desde la primera conversación, cuando de pronto me pidió que me casara con él.
— Por supuesto, cuando vos dispongas. Respondí
— Me caés bien… ¿sabés? Dijo.
Luis no era lindo, tenía los ojos tristes como los de un cocker americano, la nariz en forma de cuña, los hombros levemente encorvados. Caminaba con un ritmo muy gracioso, moviendo el brazo derecho de arriba abajo como si estuviese en un desfile militar. Después supe que a todas sus amigas les proponía matrimonio. Algunas se enojaban, otras se ponían rojas como un tomate. Las demás lo tomábamos como lo que era, una broma.
No le presté mucha atención al principio, hasta que un día a las seis de la tarde sonó mi celular. Era Luis, me invitaba a tomar un café. Por supuesto, dije que no aceptaba. Pero tengo que reconocer que si alguien merece figurar en el récord Guinness por su constancia, ése es Luis. Durante ocho meses, todos los días a las seis de la tarde, Luis me llamaba para invitarme a tomar un café, pero yo siempre rechazaba.
Hasta que un día él me preguntó por qué. En realidad creo que yo no tenía muy claro el motivo, más bien era intuición, yo sabía, sentía que él estaba muy enamorado. No supe qué contestarle. Durante muchos meses no llamó más. Cuando salíamos en grupo con las amigas a tomar unas cervezas, él solía ser uno de los pocos varones que iba.
No era realmente un loco como yo había temido al principio. Era cariñoso y alegre. Y su forma de decir que le caías bien, era pedirte que te casaras con él. Sin embargo nunca comentaba cómo reaccionaban las chicas a su propuesta. Las que sabíamos, era porque lo comentábamos entre nosotras.
En el tiempo que lo conocí, yo estaba de novia con un compañero de la secundaria. Creí que algún día íbamos a casarnos, pero él cortó conmigo y se fue con otra. Entonces sobrevino para mí el desastre total, el fin del mundo. Me encerré a llorarlo en mi dormitorio y terminé en un estado lamentable, aparte de un resfrío descomunal. Luis fue el único que me llamó.
— Lucía... ¿qué estás haciendo?
— Aquí, acostada. Respondí.
— Levantate, bañate, vestite, linda. En media hora estoy en tu casa.
Su tono fue tan imperativo que no tuve más remedio que hacer lo que él me decía. Cuando llegó a casa, me pidió que subiera a su moto, porque íbamos a ir a bailar.
— Agarrate fuerte porque vamos a bebernos el viento. Dijo.
Yo rodeé su cintura con mis brazos, apoyé la mejilla en su hombro derecho y fue en ese momento, al sentir su calor, tan humano, tan cerca del mío, que empecé quererlo. Y no preguntó por mi problema de amores, solo se dedicó a ser como era siempre conmigo, alegre, espontáneo, feliz.
Por eso, cuando supe del accidente, fui la primera en ir a visitarlo al hospital. Me paralicé al verlo así, tuve que respirar profundo para no llorar. Por su hermana me enteré de que el accidente había sido a la madrugada a la salida de un bar.
— Quería beberme el viento, Lucía. Pero faltabas vos. Dijo con una sonrisa torpe que yo atribuí a los efectos de las calmantes.
Cuando le dieron el alta continué visitándolo en su casa. Cada vez que me veía llegar, me preguntaba sonriente:
— ¿Es verdad que te querés casar conmigo?
— Por supuesto, Luis. Respondía yo.
Sin embargo a pesar de hacer bromas y reírnos, los dos sabíamos que yo por esa época me había convertido en una persona triste. Cuando se recuperó, abandonó la facultad y se fue al interior, a una pequeña ciudad a trabajar en un banco. No volví a verlo en años.
Volvimos a encontrarnos el mes pasado. Yo cruzaba la calle Coronel Díaz. Terminaba de despedir a mi esposo dos cuadras antes. Mostraba mi pancita de cuatro meses que se asomaba por debajo de un abrigo que ya no cerraba. Nos dimos un abrazo y cruzamos a tomar un café. Fue como si no hubiese pasado el tiempo. Charlamos dos horas, recordando su accidente y mis penas de amores. Nos reímos de la noche que nos bebimos juntos el viento. Antes de despedirnos, le dije:
— Si hubieses sido más insistente, me habría casado con vos.
— Hubiese sido lindo lo nuestro. ¿Te imaginás? Bebiéndonos el viento…
Quedamos de acuerdo en no perder la comunicación, como quedan todos los amigos que se reencuentran. Mientras me alejaba, sentí la necesidad de verlo de nuevo, y me di vuelta. Luis me estaba mirando. Eran los últimos minutos del día, empezaba a oscurecer. Se puso los dedos en sus labios y levantó la mano para saludarme y, no sé si fue cosa mía, pero creí ver algo en su mirada, algo así como una tristeza infinita, algo parecido al amor.
Le devolví el saludo. Yo tenía los ojos acuosos y un nudo en la garganta. Cuando Luis se dio vuelta, vi que caminaba muy lento, como si ya no hubiera viento por beber.
Dejanos tu comentario
Los comentarios realizados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de las sanciones legales que correspondan. Evitar comentarios ofensivos o que no respondan al tema abordado en la información.