Queridos amigos de todas las semanas. ¿Cómo están? ¿Cómo se encuentran? Este domingo celebramos la Fiesta de Corpus Christi, la solemnidad cuyo propósito es honrar públicamente la Eucaristía. Con emoción en las misas y procesiones cantamos: "Eucaristía milagro del amor, eucaristía presencia del Señor".
"El que coma de este pan vivirá para siempre"
En el contexto de Corpus Christi, surge la pregunta sobre el tesoro espiritual que heredamos y transmitimos a las nuevas generaciones.

Y esto es maravilloso. Pero, si no nos queremos quedar con lo puramente litúrgico, deberíamos preguntarnos también: ¿Vivimos lo que celebramos? ¿Practicamos lo que predicamos? Hay que analizar.
El filósofo y escritor francés Benjamín Constant (1767-1830), en una oportunidad dijo: "Cada generación hereda de sus antepasados un tesoro de riquezas morales, tesoro invisible y precioso que entrega a sus descendientes. La pérdida de este tesoro es para un pueblo un mal incalculable". Qué momento para aplicar su pensamiento a las realidades de nuestra Patria.
En el contexto de esta fiesta eucarística pregunto: ¿Qué tesoro hemos recibido de los demás? ¿Qué tesoro comunicamos? ¿Nuestros niños, adolescentes y jóvenes reciben de sus padres, o de nosotros, el tesoro de la fe? ¿Las familias acompañan a sus hijos en el proceso de crecimiento y maduración de la fe?
Esta bella Fiesta de Corpus Christi -mis queridos amigos- subraya la importancia decisiva de la Eucaristía en nuestra vida. El Evangelio de hoy es contundente al decir:
"En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él".
Esta afirmación: "Yo soy el Pan de Vida", es una de las frases eucarísticas más profundas, donde Jesús se identifica como el alimento espiritual y definitivo que da vida eterna. Así como el pan físico nutre el cuerpo para evitar el hambre o alargar la vida en este mundo, Jesús nutre el alma, saciando toda sed espiritual y dando vida a quien cree en Él.
Por consiguiente, recibirlo o no recibirlo, no es neutral. Cuánto se pierden los que pueden y lamentablemente no se acercan a la mesa eucarística. Qué pena. Después de su muerte y resurrección, Jesús no nos dejó solos, se quedó con nosotros para siempre. Está presente en el altar, en el Santísimo Sacramento. Pero no se quedó para ser solo un objeto de culto, de adoración.
Jesús vive y actúa en el corazón de cada uno de nosotros. Por eso los que lo recibimos, somos el sagrario humano de Jesús. Dios está presente en nosotros. Pero no solo nos engrandece a nivel personal. La eucaristía hace referencia también al compartir, a la solidaridad, al amor y a la fraternidad. Tiene sus implicancias sociales concretas.
Hemos globalizado ya la economía y el mercado, pero me permito preguntar: ¿se ha globalizado también el amor, la solidaridad, la fraternidad y el servicio a los demás? Tengo mis dudas. Muchos me preguntan: ¿Padre, para qué comulgar? ¿Para qué adorar a Jesús eucarístico?
¿No es perder el tiempo tan valioso que tenemos? ¿Nos trae algún beneficio la eucaristía, nos hace más ricos, nos hace más importantes? No lo sé. Pero, si la comunión en este "mundo del tener" alargara más años de vida o curara las enfermedades corporales, seguramente muchos se acercarían al altar para comulgar.
Pero,... ¿nuestra vida interior, la salud del alma no vale más que el cuerpo? Mis queridos amigos. Puede ser que la Eucaristía no nos resuelva todos los problemas cotidianos, porque a las cuentas bancarias hay que pagarlas, pero la Eucaristía cambia toda nuestra mirada y nuestra motivación.
Al participar en la Eucaristía, recibimos una fuerza especial, algo inexplicable. Cuando salimos de la misa, volvemos a los mismos problemas, pero con una nueva visión y convicción. Por eso, me permito subrayar una vez más: la Eucaristía nos invita a un compromiso cristiano y social.
Cuando decimos: "Ite missa est", afirmamos que termina la celebración en el templo, pero comienza el compromiso de compartir con la gente en la calle, en cada lugar donde viven y trabajan nuestros hermanos. En cada Eucaristía una voz suave y silenciosa nos dice:
"Vayan al mundo para ser una presencia positiva y transformadora; vayan a iluminar tantas realidades oscuras y tenebrosas con la luz del Evangelio, vayan a ser el pan para los demás. En cada persona, especialmente en los hermanos hambrientos, pobres y necesitados me encontrarán".
Que tengamos una linda semana. Y que Dios nos bendiga.














