Hace unos días, por el solo placer de ver las aguas mansas pero a la vez ávidas de la laguna Setúbal, y tomar un poco de fresco vespertino, y cumplir con el precepto médico de al menos caminar un buen rato y con energía, volvía por la vereda norte del Puente Colgante cuando un llanto de bebé pequeño requirió mi atención.
Caía la tarde, pocos caminábamos por el puente, unos de ida y otros de vuelta, algunas bicicletas, algunos autos. El llanto neonatal provenía de unos metros más adelante, sobre la misma vereda del puente, desde los brazos de quien parecía ser el padre, que caminaba con apuro. Aceleré el paso para alcanzarlo.
Es fácil reconocer que un llanto determinado proviene de un bebé, y también es fácil reconocer que procede de un bebé pequeño. Cuando estuve justo detrás, pregunté, aún estando de espaldas: ¿Qué le pasa, qué le pasa a este bebé que llora tanto?
El padre se detuvo y se dió la vuelta, y de pronto nos encontramos los tres en medio del puente, sobre las aguas amenazantes, con algunos camalotes. Una brisa mínima parecía querer acunar al bebé. Pequeño, el bebé lloraba con energía y con los ojos cerrados, y su padre me miraba sorprendido, y había un punto de desesperación en su mirada.
Demasiado abrigado para un atardecer de verano, expuesta la cara y las manos a los mosquitos, el bebé parecía llorar de hambre. “Me parece que tiene calor y que tiene hambre”, le digo al papá. No tendría más de un mes el bebé, de piel apenas morena, el pelo abundante y oscuro, las manos arrugadas, las uñas un poco largas, la ropa más bien grande, el ceño fruncido.
Todo pasó muy rápido. No siempre es fácil saber por qué llora un bebé, y más aún si es pequeño, aunque la madre, tal vez en razón del infalible instinto maternal, suele saberlo. También llorarían, y entendemos por qué, los casi veinte mil chicos que hasta ahora desaparecieron de Ucrania.
Dos prestigiosas instituciones, Médicos por los Derechos Humanos y la Universidad de Yale, denunciaban el mes pasado que hasta ahora los rusos se habían llevado a casi veinte mil chicos de los territorios ucranianos que invadieron. Denuncian también que médicos y psicólogos tienen un papel decisivo en la desaparición de estos chicos.
Algunos de estos chicos fueron a parar a hogares rusos, mientras que de otros se sospecha, o más bien ya se sabe, que son víctimas de un trato cruel dominado por la violencia física, el abuso sexual y el encierro en sótanos oscuros.
La estrategia de hacer desaparecer a los hijos del enemigo es una táctica conocida y ya usada en otros conflictos, como en Gaza, a fin de limitar el futuro del pueblo vencido.
En Argentina desaparecieron muchos bebés, aunque con otro objetivo, tal vez con el único objetivo de hacer aún más profundo el sufrimiento de la madre. Mucho queda aún por saber, y por denunciar. Quienes saben, todavía callan, y hoy hablan quienes vienen a decirnos que todo aquello no fue para tanto.
Las denuncias por la muy alta, desproporcionada mortalidad de mujeres, niños y adolescentes en Gaza, que no ha cesado sino que continúa, pueden terminar en saco roto gracias al poder del dinero, incluso acá. Israel expulsó a Médicos sin Fronteras. A los palestinos de Gaza los privan así de una fuente de atención médica, y de unos ojos neutrales que miran y dan testimonio.
Mañana dirán que no fue para tanto, que no fue así. Parece que allá no pasó nada. La desaparición de bebés y chicos ucranianos, denunciada al más alto nivel en diversas ocasiones, quizá se encamine hacia el mismo saco roto. Y luego nos dirán que todo aquello no fue así, ni fue para tanto, y parecerá que no pasó nada, ni acá ni allá.
Todo pasa muy rápido para que parezca que no pasó, y rápido nos invanden después las noticias sin trascendencia que ocultan la verdad, llagas que no curan, que nos avergüenzan, y que sangran todavía. Todo pasó muy rápido, y aquel bebé seguía llorando en los brazos de su padre, y había un punto de desesperación en su mirada, como impotente.
Entonces llegó la madre, que se había adelantado unos metros pero que, al sentir el llanto de su bebé, su llamado, se volvió de inmediato para tenerlo de vuelta en sus brazos, tal vez arrepentida.
Los chicos desaparecidos en Ucrania habrán llorado, y quizá lloren todavía encerrados en un sótano oscuro, tal vez para doblegarles la voluntad. No es el caso de los chicos palestinos en Gaza, que murieron y siguen muriendo sin saber por qué los matan.
El bebé del puente, en cambio, ya en brazos de su madre, se calmaba poco a poco. Entonces comprendí que no lloraba de hambre ni porque tenía calor. Sino porque tenía miedo.
Cifra muy alta de cesáreas
Volvía caminando por el bulevar, ruidoso y sucio, de veredas en general maltrechas y cantero central compartido con ciclistas raudos que miran poco, y por acá y por allá encontraba bebés que parecían estar volviendo a casa con sus padres después de un paseo vespertino. Casi todos iban en cochecito.
En una esquina, aprovechando que autos y camionetas se detienen por el semáforo, un muchacho sostenía un bebé con un brazo mientras con la mano del otro intentaba despertar, con cierto malabarismo de dos pelotitas de colores, la compasión de quienes esperaban la luz verde para acelerar. Y me pregunté si ese bebé, que razones tenía para llorar de miedo, había nacido como la mayoría por cesárea.
Más de la mitad de los bebés que nacieron en la ciudad de Santa Fe durante 2024 lo hicieron por cesárea. El 63,5% para ser exactos. Esta cifra es muy alta y resulta sospechosa porque más que triplica el porcentaje de cesáreas que debe haber en una población, como la santafesina, si se pretende tener buenos índices de salud.
Sin embargo, la autoridad presentó el informe como si de un gran logro se tratara, tal vez ni lo había leído. En efecto, a mediados de diciembre, 2025, en un acto presidido por el intendente, que es médico, se presentó la edición 2024 del informe “Santa Fe, Cómo Vamos”.
Es un informe valioso, sin duda útil para saber dónde y cómo estamos, y cuenta con el aval de tres universidades: Nacional del Litoral, Católica de Santa Fe y Tecnológica. Propongo leerlo porque aporta buenos argumentos para un debate constructivo, y está gratis en internet.
El tercer capítulo de este informe, dedicado a la salud, tiene 21 páginas, de un total de 251. Es muy interesante, aunque superficial en algunos aspectos. En la página 56 está lo que decía, que el 63,5 % de todos los nacimientos (ciudad de Santa Fe, 2024) correspondió a partos por cesárea, mientras que el 36,5 fue por vía vaginal.
Del total, el 59 % de los bebés nacieron en un efector público, mientras que el 40 lo hizo en un centro privado. Pero el informe no dice qué porcentaje de cesáreas se registró en el sector privado y qué porcentaje en el sector público, pese a que este dato no es secreto y que en este contexto adquiere máxima trascendencia.
El informe presenta también las cifras que indican una disminución de la natalidad. Esta cuestión también es urticante y debería generar un debate serio entre la población joven y los políticos de turno. Tal como es habitual, nacieron un poco más de varones que de nenas. Y una buena noticia: bajó el número de bebés cuya madre tiene menos de 20 años.