"La luz que te rodeaba sigue girando sobre la hierba –el jardín de Carlitos-" es el singular y plural último libro de Patricia Severin. Singular, porque es también, su libro más personal: nace del dolor de la muerte del ser amado. Y plural, porque se abre a múltiples exploraciones, búsquedas profundas e intransferibles. Plural, también, porque ensambla textos –bellos y dolorosos textos, propios de la gran escritora que Severin es, honesta intelectualmente incluso en la hora personal más terrible- con imágenes.
Ambos, los textos y las fotos, constituyen finalmente un homenaje y un gran libro.
El provocador y talentoso Roland Barthes sostenía que sólo hay dos temas en literatura: "Yo amo" y "Yo temo a la muerte". En rigor de verdad, más allá de la ferocidad seductora de la síntesis, está hablando de Eros y Tánatos, las pulsiones de amor y muerte descriptas por Freud. No seremos originales aquí: pueden ser los mismos opuestos que Nietzsche resume como lo apolíneo y lo dionisíaco, y pueden ser y son los ejes pendulares de toda la cultura occidental tal como la concebimos.
Ocioso sería discurrir sobre los períodos oscuros o luminosos de la historia. Ya sabemos que no necesariamente el medioevo es opacidad pura sin matices; y ya sabemos sobradamente también todo lo que pueden hacer los iluminados en nombre de la razón…
Podemos decir, más modestamente, aquí y ahora, que "La luz…" nace de Tánatos, nace de una muerte. Pero es un libro de Eros: la pulsión de la vida vence finalmente a la de la muerte. Sin embargo, no se trata de una idea mágica o declamativa. No se trata tampoco (uno de los riesgos en escritores menos hábiles) de soluciones cursis o esperables ayes de un ego lastimado. Aquí, y esta sí es una marca de la autora en toda su importante obra, hay una mirada insobornable, incluso para explorar regiones desconocidas. Severin ha pasado sin distracciones ni atajos por todos los estados, para finalmente decantar por un libro luminoso en la hora más oscura.
La luz, como protagonista
En un ya famoso discurso de aceptación del premio Nobel de Literatura que le concedieron en 1979, Odysseas Elytis habla –cenitalmente, si se me permite el exabrupto- sobre la luz. Lo dice un griego, atravesado desde el fondo de los siglos por la doble luminosidad del Mediterráneo y de la cultura de su pueblo, madre de lo que somos y sabemos. "Ruego a ustedes me perdonen que les hable desde el comienzo, sin preámbulo alguno, acerca de la luminosidad y la transparencia", dijo el poeta, entonces.
Desde el título mismo, el primer sustantivo que aparece es, precisamente, la luz (en la portada, una espléndida foto de plantas de la muy solar lavanda: este libro tiene, a la par, palabras y flores) y la autora, como Elytis, explora luces y sombras, pero elige invariablemente la luz.
El libro, que está planteado desde las cuatro estaciones, tiene también a la luz desde la primera de ellas, el Verano: "Esta luz, ¿es un hilo tensado hacia vos?", dice.
Y en la segunda parte, Otoño, ¿cómo creen que comienza? Con la luz, claro: "Esa luz pálida que se va plegando hacia el adentro, /…".
Invierno, no es territorio de luz, sino de "luto permanente". Es la estación dura, fría, la de la queja, la del grito. La palabra luz aparece una única vez y es "la luz que se apaga".
Llega Primavera, época de –dice el primer verso-: "Llorar en silencio para que germine la vida".
Los dos últimos poemas del libro tienen a la luz como protagonista.
Aquí/donde suspiraste dos veces
y elevaste tu alma hacia la luz
es donde anidas para siempre.
Te llevo en el medio de la frente
: un faro que ilumina mi atardecer.
Y en el último poema, el que cierra el libro, leemos:
para que sepa que esa luz, la luz que te rodeaba,
sigue velando por mí, por nuestra casa.
Comienza a producirse el pleno cambio del dolor y del llanto, comienza la pulsión de la vida, que germina en el jardín de Carlitos. No es resignación; ni siquiera aceptación. Es un proceso mucho más sutil, que acepta que ese "hombre de bien" que era "la incomparable belleza del mundo" ya no estará más de un modo físico, sino de otra manera.
Hay que aclarar aquí que las fotografías de este libro no "acompañan" a los textos; mucho menos son subsidiarias de ellos. No: cada una de las imágenes tiene pleno sentido, y ofrecen un recorrido igual de sugerente y connotador que las palabras.
Hay que traer aquí nuevamente al bueno de Roland Barthes y a su "paradoja fotográfica". La fotografía puede ser técnicamente denotación pura, pero en tanto código social pleno de sentidos, valores y supuestos comunes, se transforma automáticamente en un mensaje connotado.
Todo está en la tapa del libro
Vuelta al principio, a la tapa del libro: todo está allí: desde la lavanda solar orlada de luz hasta las palabras que componen el atípico título: "La luz que te rodeaba sigue girando sobre la hierba –el jardín de Carlitos-"
Hay cuatro sustantivos: luz, hierba, jardín y Carlitos. Ya sabemos que la luz comanda todo el libro de principio a fin. Hierba y jardín comunican naturaleza, híper presente en fotos y textos. Carlitos, cierra el círculo de luz: es la luz, el faro que guía. Y están allí también rodear, girar, seguir. Rodear puede ser acechanza, pero también protección, cuidado. Girar está usualmente asociado al baile y a la alegría. Y qué decir de seguir… Seguir adelante, seguir la luz, ser la luz finalmente.
Dice Elytis en el cierre de su discurso sobre la luz: "Tener el sol entre las manos, sin quemarse, y pasarlo como una antorcha a los que proseguirán la marcha, es un acto arduo pero sagrado. Lo necesitamos. Vendrá un día en que a medida que se llene de luz la conciencia del hombre, se debilitarán los dogmas que lo esclavizaron desde siempre; y este se irá identificando con el sol cuanto más se aproxime a los ideales de dignidad y libertad humanas".
En su doloroso y lúcido recorrido, Patricia Severin eligió, obstinadamente, la luz. Hay que agradecer esa decisión ética y estética, porque se tradujo finalmente en una fina obra de arte, hecha de palabras e imágenes. La luz elegida ya hizo su trabajo de transmutación.