Un doble terremoto nos ha tomado por sorpresa en varias regiones de nuestro país, dejando a ciudades como La Guaira convertidas en un campo santo, con grandes extensiones devastadas, con decenas de miles de fallecidos, heridos y afectados. En medio de una profunda orfandad e inoperancia de los entes responsables, la propia gente salió a buscar a sus seres queridos y vecinos entre los escombros.
Reconstruye los vínculos incluso antes que las piedras
Documento de Comunión y Liberación, movimiento católico internacional que promueve la educación cristiana madura y la presencia activa de la fe en la sociedad. Fue fundado en Italia en 1954 por el sacerdote Luigi Giussani.

Frente a este escenario, ha sido desbordante la gran generosidad de nuestro pueblo, que se ha volcado como nunca a llevar agua, medicinas y comida a los más afectados. Este fenómeno, que podríamos catalogar como reacción natural o de ayuda instintiva, típica en momentos como este, estamos convencidos de que va más allá.
La preocupación por cuidar la vida de cada persona y la misma solidaridad vivida como un gesto de entrega desinteresada y llena de sacrificios no son solo un acto filantrópico o de resiliencia del venezolano, sino el fruto de una fe cristiana que, a menudo de forma silenciosa, ha impregnado el sustrato cultural de nuestro pueblo, generando en tantos un sentido de pertenencia lleno de caridad.
Esta tragedia ha ocurrido dentro de otra tragedia de larga data. Por ello, qué pertinente es observar con atención la realidad y escuchar "el grito de una ciudad herida", como nos indica el papa León XIV en su Carta Encíclica Magnifica Humanitas (MH), donde uno de los ejes fundamentales es "la preservación de la persona humana en la era de la inteligencia artificial".
Se trata de una invitación a vivir una mayor compasión frente a cada persona vulnerable, no solo en lo económico, sino también en lo psicológico, o en quienes viven en soledad frente a los desplazamientos forzados en la búsqueda de supervivencia.
¿Qué ha acontecido y despertado en nosotros? ¿Qué necesita un pueblo herido para levantarse de nuevo? Es fundamental reconocer, como criterio de juicio, que nuestra tarea "es una obra que tiene a Dios en el centro y reconstruye los vínculos incluso antes que las piedras" (MH).
Solo desde esta conciencia es posible recuperar las certezas que se han desmoronado en el corazón de nuestro pueblo. Por ello es necesario dejarse conmover por el dolor del otro, orar por las víctimas y los afectados, favorecer el encuentro y la escucha, y reconocer que el otro que sufre es parte de mí.
Con el corazón desarmado y en esta hora tan dramática, le pedimos al Señor: ¿Cómo seguirte y servirte mejor en este momento histórico? Porque el verdadero desafío para nosotros los cristianos no será solo levantar de nuevo hogares e infraestructuras: será reconstruir la humanidad de cada persona.
Y esto solo es posible perteneciendo a su pueblo, donde somos educados para ser testigos de la comunión y la caridad dentro del corazón de nuestra sociedad.
En el décimo aniversario del terremoto de Friuli, Italia, en 1986, Don Giussani (Luigi Giussani, presbítero, teólogo y docente italiano), afirmaba lo siguiente:
"La solidaridad, por generosa y verdadera que sea, no basta por sí sola para sostenerse en el tiempo ni para convertirse en obra; necesita ir acompañada de la caridad, que nace de una pertenencia, para no agotarse en la emoción del primer momento, porque la caridad convierte la solidaridad en una obra en la medida en que crea un sujeto".
Sabemos muy bien que llevará tiempo levantar lo que la tragedia derribó dentro de la crisis, pero no es imposible. Los esfuerzos de toda la sociedad en estas primeras semanas demuestran de lo que somos capaces cuando trabajamos juntos.
Por eso, el desafío es cómo dar continuidad a estas iniciativas cuando las personas que están ayudando necesiten retomar su cotidianidad, y cómo generar obras sostenibles para dar respuestas en los ámbitos de la educación, la salud y el acceso a un trabajo digno.
Una verdadera reconstrucción parte de la participación armónica de todos los actores de la vida de un país (es decir el Estado y las diversas expresiones de la sociedad), donde cada uno es necesario y tiene que desempeñar el rol que le corresponde sin sustituir al otro.
Así lo ilumina el principio de subsidiariedad de la Doctrina Social de la Iglesia Católica, donde "las decisiones se toman al nivel más cercano posible a las personas involucradas".
Como dice el sumo pontífice: "Allí donde las familias, asociaciones, comunidades locales, realidades del voluntariado y del denominado 'tercer sector' son reconocidas y sostenidas, la vida social se vuelve más cercana a las personas, los servicios se brindan con mayor atención a las necesidades reales y las respuestas son más creativas y respetuosas de la dignidad de cada uno" (MH).
En un país que arrastra desde hace muchos años divisiones sociales, económicas y políticas, responder ante la tragedia ha demostrado que es posible actuar como un solo pueblo.
Por eso mismo, recorramos juntos un camino lleno de esperanza, como lo expresa con gran belleza T. S. Eliot en su poema "La Roca": "Donde los ladrillos han caído, construiremos con una piedra nueva (...). Hay trabajo en conjunto, una Iglesia para todos y un trabajo para cada uno. Cada hombre a su trabajo".
¿Cómo pasar de la solidaridad a la obra?














