Transcurría el año 1440. La llanura que se extiende a los pies de las murallas de Anghiari, se agitaba con los movimientos de huestes decididas a enfrentarse. De un lado, los soldados de Florencia y el Papado; del otro, los hombres de Filippo Maria Visconti, duque de Milán.
Vibrante eco artístico de una batalla lejana

Desde lo alto del bastión, los pobladores del pequeño pueblo italiano observaban los escarceos tácticos de las formaciones militares en el lapso que precede a la colisión violenta en un torbellino de polvo, alaridos, sangre y muerte; del instante agonal del choque de las caballerías, encabezadas por sus respectivas banderas. Ese fue también el instante elegido por Leonardo da Vinci para componer el núcleo central de su boceto plástico de la batalla, obra evocadora de la gloria de Florencia por encargo de la autoridad de la ciudad.
La proyectada pintura al fresco ocuparía un rectángulo de 17 metros de largo y siete metros de alto en una de las paredes del enorme Salón de los Quinientos (por el número de integrantes del Gran Consejo a fines del siglo XV) en el Palacio de la Señoría. Y similar espacio se le otorgaba, en la pared de enfrente, a Miguel Ángel Buonarroti, la otra figura máxima del arte renacentista, para que pintara la victoria de los florentinos sobre los pisanos en la batalla de Cascina. Así planteadas las cosas, un formidable duelo creativo fermentaba en torno a las representaciones de dos batallas históricas. Pero aquí me ceñiré a la de Anghiari, que sólo quedó plasmada en una serie de bocetos.
Es cierto que durante largo tiempo se habló de que el fresco había sido completado por Leonardo, pero a través de una técnica antigua -la encáustica- que incluía como vehículo a la cera de abeja. También se decía que la aceleración del secado mediante el empleo de velones, había terminado por destruirlo. Hoy se sabe que el fresco jamás se realizó, como lo confirma una reciente exploración de la pared originaria mediante dispositivos de alta tecnología. Fin de la fantasía.
Las que en cambio han pervivido, son algunas copias de los cartones originarios, en particular la realizada por el flamenco Pedro Pablo Rubens sobre la impresionante escena de la lucha por el estandarte. Este admirable dibujo agudiza el sentimiento de pérdida de lo que pudo haber sido esta obra completa. Máxime cuando la pared de Miguel Ángel también quedó en blanco, conociéndose, al igual que en el caso de Leonardo, sólo copias de su boceto. Doble pérdida, entonces, de un duelo creativo e innovador que no llegó a consumarse y que, en el caso de Leonardo, no superó la etapa de los esbozos preparatorios en cartones que se ejecutaron entre 1503 y 1505.

Pero el simple atisbo del boceto del fragmento central de la batalla, alcanza para decir que nunca antes se había hecho algo parecido. Basta recordar como antecedente significativo a "La Batalla de San Romano", de Paolo Uccello (triunfo de los florentinos sobre los sieneses), pintada alrededor de 1450 por quien más había avanzado hasta entonces en los estudios matemáticos de la perspectiva y los efectos ópticos de la tridimensión.
La comparación habla por sí misma. Los caballos de Uccello parecen de madera, percherones rígidos pese al movimiento que el artista intenta imprimirles mediante la elaboración de variadas posiciones, en tanto que los caballeros parecen enyesados, más allá de los recursos plásticos empeñados en dinamizar la escena (los distintos planos, la abundancia de soldados y caballos, los lebreles y conejos que corren en la lejanía, las numerosas lanzas, espadas, ballestas y picas).
Había transcurrido medio siglo entre las ejecuciones de una y otra obra, pero la distancia parece mucho mayor por influjo del genio de Leonardo, quien entrega al observador una escena que exuda la adrenalina de los combatientes, la abrumadora violencia del choque de cuerpos y bestias, las torsiones de unos y otras, el revoleo de espadas, la expresividad de los rostros, la caída de un jinete por la fuerza del impacto (en una posición que revela sus conocimientos de física). En suma, la brutal inmersión en el drama de la guerra, de la mano de un pintor capaz de asombrar y conmover al observador.
La referencia más antigua del nombre de Anghiari se encuentra en un fragmento de un pergamino de 1048, conservado en la cercana ciudad de Castello. En 1386 este pueblecito, considerado entre los más bellos de la campiña toscana, quedó asignado a Florencia, situación que fue convalidada por las armas en 1440. Pero lo que lo convirtió, hasta nuestros días, en una referencia universal, fue la copia de Rubens del fragmento central del proyectado fresco de Leonardo para el Salón de la Señoría florentina.
Al cabo, aunque no se concretaron, los bocetos de Leonardo y Miguel Ángel se convirtieron en lugares de visita y peregrinación para los artistas jóvenes que buscaban inspiración en la irradiante creatividad de estos dos incomparables maestros del Renacimiento.








