¿Se puede elegir creer o no creer en las noticias falsas? Y aún si no se cree, ¿por qué decidimos propagarlas? ¿Adherimos solo a aquellas que afianzan nuestras propias creencias? Estos son apenas algunos interrogantes que dejó la VI Cumbre Global sobre Desinformación 2026 que se realizó el 27 y 28 de mayo con participación de especialistas de todo el mundo.
Claves psicológicas en la desinformación: por qué elegimos creer o propagar noticias falsas
El experto Javier Rodríguez Árbol (Universidad de Jaén, España), investigó sobre los sesgos cognitivos que influyen en la manera en que las personas interpretan fake news. El caso que motivó su investigación y una estrategia de “inoculación”.

Entre ellos, Javier Rodríguez Árbol (Universidad de Jaén, España), experto en la intersección entre neurociencia, psicología cognitiva y desinformación.

Su trabajo se centra en identificar cómo los sesgos cognitivos influyen en la manera en que las personas interpretan noticias falsas, por qué ciertos contenidos engañosos resultan más persuasivos que otros y qué mecanismos intervienen en la formación y consolidación de creencias en entornos digitales.
“La desinformación no se sostiene únicamente en la tecnología o en la velocidad de circulación digital. También se apoya en un componente menos visible pero decisivo: la forma en que el cerebro humano procesa la información, interpreta la evidencia y consolida creencias”, fue una de las definiciones de Rodríguez Árbol.
“Pensar que la gente cree en información falsa porque no tiene acceso a formación veraz no es adecuado. Estamos en un momento en que cualquier persona tiene acceso prácticamente ilimitado o inmediato a todo el conocimiento de la humanidad. Y sin embargo se dan situaciones de gente adulta, muerta por consumir lavandina (o lejía) porque cree que eso la va a proteger ante una infección”, dijo durante su conferencia.
Este último concepto será clave en su investigación, sobre la que dialogó, vía correo electrónico, con El Litoral.
-¿Por qué incluir el análisis de la desinformación desde la perspectiva de la Psicología?
-Porque el impacto social de la desinformación se articula a través de la influencia que este tipo de contenido ejerce sobre los pensamientos, conductas y actitudes de la población.
La desinformación es un fenómeno complejo que requiere ser analizado desde un enfoque interdisciplinar para poder comprenderlo de la forma más exhaustiva posible. La Psicología permite añadir una pieza más al puzzle.
-¿Se puede elegir creer o no creer en la información que se recibe, aún si se intuye que es falsa?
-La mayor parte de la información que recibimos la procesamos de forma rápida e intuitiva. Eso dificulta un análisis racional de los mensajes y en ocasiones nos hace vulnerables a información incorrecta o manipulada, especialmente si apoya nuestras creencias previas.
Más que elegir si creer o no, se puede elegir ser más responsable y estar más atentos a la información que consumimos (de dónde procede, en qué evidencias se apoya…) y qué compartimos. También estar más dispuesto a plantearse el punto de vista propio sobre algunos asuntos, si existe suficiente evidencia en la otra dirección.
-Uno de los temas que se repitió en la Cumbre fue la preeminencia de los temas de salud en las mediciones de noticias falsas. ¿Por qué crees que ocurre?
-Se han documentado noticias falsas en prácticamente todos los ámbitos de actualidad e interés social, desde política a cambio climático, economía e incluso deportes. Sin embargo, los temas de salud son especialmente llamativos por el impacto directo que tienen sobre la ciudadanía, fomentando conductas de riesgo que pueden llegar a ser mortales y que generan graves problemas a nivel colectivo.

En este ámbito, además, la información correcta es fácilmente accesible y, por tanto, mensajes incorrectos podrían ser rápidamente verificados y corregidos. Creo que por eso despierta tanto el interés de los investigadores, por entender qué procesos y factores están detrás de la difusión de este tipo de desinformación.
-¿Podés desarrollar la idea de que creer y compartir no es lo mismo?
-Compartir un mensaje en redes sociales o por aplicaciones de mensajería no implica creer en la veracidad de esa información. Se puede compartir algo a sabiendas de que no es correcto ni totalmente cierto. Simplemente por llamar la atención (obtener muchos likes), por apoyar un relato con el que uno está comprometido (una idea política, económica o social) o por ganar dinero.
Los procesos psicológicos detrás de este comportamiento difieren en algunos aspectos de los que están relacionados con admitir una información como veraz. Por eso es importante diferenciar entre creer y compartir a la hora del estudio científico.
-Más allá de las estrategias de quienes ponen a circular fake news, ¿puede existir cierta “pereza” para analizar las noticias que nos llegan por las redes?
-Hoy en día, una parte importante de la población mundial utiliza las redes sociales (X, Facebook, Tiktok) como fuentes principales de información, sustituyendo en gran medida a los medios periodísticos tradicionales.
El formato de estas aplicaciones fomenta mensajes rápidos y una forma pasiva de procesar la información. Es mucho menos demandante a nivel cognitivo ver un video de 14 segundos o hacer scroll en la pantalla del smartphone, que sentarse a leer una columna de un diario o visionar un reportaje serio de investigación periodística.

Este modo cómodo y poco exigente de acceder a la información dificulta que se pongan en marcha nuestros mecanismos cognitivos de análisis crítico, facilita que absorbamos la información de forma más automática e intuitiva y aumenta la vulnerabilidad a la desinformación.
-¿En qué consiste la “inoculación” contra la desinformación?
-Es una estrategia preventiva. La inoculación está dirigida a activar los mecanismos de análisis crítico de los que todos disponemos. Siguiendo el símil de la inoculación de una vacuna contra un patógeno, consiste en un programa de entrenamiento sencillo con dos componentes esenciales: advertencia y exposición controlada a ejemplos de desinformación.
En primer lugar, se advierte a la persona de que el entorno donde recibe información puede contener información falsa y manipulada para, a continuación, mostrar ejemplos señalando los aspectos comunes más empleados en las cadenas de desinformación. El objetivo es que las personas desarrollen su capacidad de evaluar críticamente los mensajes que les llegan por redes sociales.
-¿Qué casos concretos te llamaron la atención para organizar tu trabajo de investigación?
-La intoxicación de varias personas por ingerir derivados del cloro como remedio, debido a desinformación que circulaba por redes, fue quizás el caso que más me impactó.
Esto generó un interés genuino por intentar comprender en mayor profundidad lo que estaba ocurriendo, ¿por qué en ocasiones nos quedamos con mensajes falsos y dañinos a pesar de tener acceso a la información correcta? ¿Se puede hacer algo para evitar casos como estos?
A la hora de articular el trabajo, las herramientas de medición y análisis que utilizamos en nuestro grupo de investigación podían aportar un enfoque interesante y adicional para comprender mejor el fenómeno, así como para desarrollar y optimizar las estrategias contra-desinformación.









