La expansión de los biocombustibles está transformando la dinámica del mercado mundial de granos y consolidando un nuevo vínculo entre la energía y los precios agrícolas. La utilización creciente de soja y maíz para producir biodiésel y bioetanol genera una demanda adicional que adquiere cada vez más peso en países clave para el comercio internacional, como Estados Unidos y Brasil.
La demanda de biocombustibles redefine el negocio global de la soja y el maíz
El uso de maíz para producir bioetanol y de aceite de soja para elaborar biodiésel crece a escala global. Según la Bolsa de Comercio de Rosario, Estados Unidos y Brasil concentran gran parte de esa demanda, que suma un nuevo factor de influencia del petróleo sobre los precios agrícolas y contribuye a explicar las diferencias entre mercados.

Así lo señala un informe de la Bolsa de Comercio de Rosario (BCR), elaborado por Matías Contardi y Emilce Terré, que analiza cómo el uso energético de la biomasa vegetal está modificando los flujos comerciales y contribuyendo a explicar las diferencias entre las cotizaciones de distintos orígenes.
El fenómeno quedó especialmente expuesto durante 2026, en un contexto de fuertes subas del petróleo y tensiones geopolíticas que afectaron el abastecimiento energético y las cadenas globales de suministro. Según el relevamiento, el barril de Brent se mantuvo por encima de los US$ 100, mientras que los futuros de soja, maíz y trigo en Chicago alcanzaron máximos de tres años y medio.
En junio, el aceite de soja en Chicago llegó a US$ 1.747 por tonelada, con una suba del 60% desde enero. Aunque luego retrocedió desde ese máximo, acumulaba un incremento del 40% en el año, de acuerdo con el informe.

Sin embargo, el precio de exportación del aceite de soja argentino no acompañó esa escalada con la misma intensidad. Desde fines de febrero, la cotización local operó, en promedio, con un descuento del 24% respecto de Chicago, una brecha que llegó a alcanzar el 33%.
Para la BCR, esta divergencia no responde solamente a movimientos coyunturales, sino también a un cambio estructural: el crecimiento de los biocombustibles como nuevo motor de demanda para las materias primas agrícolas.
El uso de granos para producir energía gana terreno
La utilización de cultivos para elaborar combustibles no es nueva, pero su expansión se aceleró desde comienzos de este siglo, impulsada por políticas públicas orientadas a diversificar las matrices energéticas, reducir emisiones y promover industrias locales.
Los mandatos de mezcla obligatoria de biocombustibles con combustibles fósiles se extendieron a numerosos países y se convirtieron en una de las principales herramientas para desarrollar esta actividad.
Según datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) citados por la BCR, en el año 2000 se utilizaron 22 millones de toneladas de maíz para producir bioetanol en el mundo. Diez años después, el volumen había alcanzado los 144 millones de toneladas y para 2026 se estima en 205 millones.
En el caso del biodiésel, la demanda de soja también creció de manera considerable. Mientras que en 2011 se destinaban menos de 40 millones de toneladas de soja, para 2026 Oil World proyecta que la elaboración de este combustible requerirá el equivalente a 89 millones de toneladas del grano, alrededor del 24% del consumo mundial de soja.
Esta estimación considera el volumen de poroto necesario para obtener el aceite que se utiliza en la producción de biodiésel. El procesamiento también genera harina de soja, un producto de importancia para la alimentación animal.

La expansión regulatoria acompaña esta tendencia. De acuerdo con las referencias incluidas en el informe, para 2024 había 56 países con requisitos de mezcla de bioetanol con nafta y 45 con exigencias de incorporación de biodiésel al gasoil.
Estados Unidos y Brasil concentran la demanda energética
Aunque la producción y el consumo de biocombustibles se extendieron internacionalmente, la actividad continúa concentrada en un grupo reducido de países. Estados Unidos y Brasil explican, en conjunto, el 79% de la producción mundial de bioetanol y el 73% de su consumo.
En el caso del biodiésel, ambos países representan el 40% de la producción global y el 44% del consumo. Además, concentran el 77% de la producción mundial de biodiésel elaborado a partir de aceite de soja.
En Estados Unidos, el uso de maíz para producir bioetanol supera los 100 millones de toneladas anuales desde 2010. En las últimas tres campañas, el volumen utilizado se aproximó a los 150 millones de toneladas por año, más de dos quintas partes del consumo interno del cereal.
Brasil, por su parte, incorporó con fuerza el maíz a la producción de etanol en los últimos años. Para 2026, la OCDE estima un uso de 21 millones de toneladas, 2,8 veces más que cinco años atrás. Ese volumen representa aproximadamente el 22% del consumo interno brasileño, una demanda que prácticamente no existía una década antes.

La transformación también se observa en el aceite de soja. Según las expectativas del Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA) para la campaña 2025/26, ambos países utilizarían cerca de siete millones de toneladas de aceite de soja con fines industriales. Ese volumen equivale a cuatro veces el de hace quince años en Brasil y a seis veces en Estados Unidos.
Actualmente, más de la mitad del aceite de soja utilizado en Estados Unidos se destina a usos industriales, mientras que en Brasil esa proporción alcanza el 64%.
El petróleo influye sobre los granos por dos vías
El crecimiento de los biocombustibles modifica la relación tradicional entre el mercado energético y el agrícola. Históricamente, el precio del petróleo incidía sobre los granos principalmente a través de los costos de producción, especialmente por su impacto sobre los combustibles, los fertilizantes y el transporte.
Ahora se suma un segundo mecanismo: cuando aumenta el precio del petróleo, los biocombustibles pueden ganar competitividad como sustitutos de los combustibles fósiles. Esto incrementa la demanda de materias primas agrícolas y puede impulsar sus cotizaciones.
El efecto es particularmente importante en Estados Unidos y Brasil, donde la industria energética absorbe una proporción significativa de la producción de maíz y aceite de soja.

El caso brasileño permite observar esta dinámica. La creciente utilización de maíz para producir etanol fortalece la demanda interna y puede reducir los excedentes disponibles para exportación. En 2026, Brasil llevaba exportadas 14,5 millones de toneladas de maíz, un 13% menos que el promedio de los últimos seis años, pese a que la oferta total de la campaña era un 25% superior.
En Estados Unidos, el aumento de los mandatos de mezcla de biocombustibles también impulsó la demanda de aceite de soja. Según el informe, la Agencia de Protección Ambiental (EPA) elevó en 2026 esos requerimientos un 77% respecto de 2025, lo que implicó procesar el equivalente a 3,7 millones de toneladas adicionales de soja.
La mayor absorción interna contribuyó a impulsar el precio del aceite en Chicago. En Argentina, en cambio, la demanda de aceite de soja está más orientada al consumo alimentario y a la exportación, por lo que la cotización local no recibió el mismo impulso de la demanda energética estadounidense.
Un mercado con precios cada vez más diferenciados
La BCR plantea que el mercado internacional de granos está atravesando una creciente diferenciación entre orígenes. Estados Unidos y Brasil cuentan con una demanda energética interna de gran escala que influye sobre sus precios y sobre la disponibilidad exportable, una característica que no se replica con la misma intensidad en otros países productores.
Esto no significa que las cotizaciones puedan separarse indefinidamente. Los precios internacionales mantienen mecanismos de arbitraje y, por lo tanto, las diferencias entre mercados tienen límites. Sin embargo, los cambios en la demanda interna pueden generar brechas significativas durante determinados períodos.

Para Argentina, el fenómeno representa un factor adicional a considerar en la evolución de los precios de exportación de la soja y el maíz. Las cotizaciones ya no dependen exclusivamente de las cosechas, los stocks y el comercio tradicional, sino también de las políticas energéticas, los mandatos de mezcla y la rentabilidad relativa de los combustibles fósiles y los biocombustibles.
El informe concluye que la transformación energética está consolidando un nuevo paradigma para los mercados agrícolas: los granos son, cada vez más, tanto alimentos y materias primas industriales como fuentes de energía. En ese escenario, los movimientos del petróleo pueden repercutir sobre los precios agrícolas por el lado de los costos y, simultáneamente, por el crecimiento de la demanda para producir combustibles.








