"Después de las primeras 72 horas sabíamos que encontrar sobrevivientes era muy difícil. Aun así trabajamos con mucho compromiso, porque mientras exista una mínima posibilidad, un rescatista nunca deja de buscar". La frase resume el espíritu con el que Darío Rojas (43), bombero voluntario desde hace 16 años en Villa Ocampo e integrante desde hace 4 de la Brigada USAR (Urban Search and Rescue) de la Federación Santafesina de Bomberos Voluntarios, enfrentó una de las experiencias más desafiantes de su vida.
Rescatista santafesino en Venezuela: “Lo que vimos fue lo más parecido a una zona de guerra”
Tras regresar de Venezuela, revivió para El Litoral la misión internacional que lo enfrentó a la devastación, el dolor de las familias y la esperanza que nunca abandona a quienes buscan vidas bajo los escombros.

Fue uno de los 40 rescatistas santafesinos que viajaron a Venezuela para sumarse al operativo internacional desplegado tras los terremotos que devastaron el norte de ese país, donde trabajó entre edificios reducidos a escombros, familias aferradas a la esperanza y una tragedia cuya magnitud -asegura- “solo se comprende cuando uno la tiene delante de los ojos; es lo más parecido a una zona de guerra”.
La Brigada USAR está especializada en búsqueda y rescate urbano en estructuras colapsadas y trabaja bajo normas internacionales. Está integrada por bomberos especialmente entrenados para intervenir en escenarios de alta complejidad, utilizando equipamiento técnico y perros de búsqueda para localizar víctimas atrapadas entre los escombros. En Venezuela, el equipo santafesino trabajó junto a brigadas argentinas y de otros países en la ciudad de La Guaira, realizando tareas de búsqueda, inspección de edificios derrumbados y recuperación de víctimas.
Ya de regreso en Santa Fe, Rojas dialogó con El Litoral sobre una experiencia que, asegura, lo marcó para siempre tanto en lo profesional como en lo humano. El último balance oficial confirmó que la cifra de fallecidos ascendió a 4.561 personas, mientras 30 mil siguen desaparecidas.
-¿Cómo fue la llegada a Venezuela? ¿Con qué escenario se encontraron, teniendo en cuenta que la información que llegaba es que la organización era caótica?
-En un primer momento hubo bastante desorganización en la recepción de todas las brigadas internacionales. No nos pasó solamente a nosotros, sino a todos los equipos que iban llegando. Eso hizo que demorara el traslado hacia las bases de operaciones y, desde allí, a los lugares de trabajo. Una vez que pudimos completar todos los trámites y nos trasladaron, llegamos casi una semana después, a una cancha de fútbol donde estaban instalados el Ejército Argentino, las brigadas de Santa Fe, Córdoba y Brasil. Ahí armamos nuestra base de operaciones, organizamos todo el equipamiento y prácticamente enseguida salimos al lugar de trabajo.

-¿En qué sector les tocó intervenir?
-Nos asignaron una zona de La Guaira, en el sector de Caraballeda. Los lugares específicos de trabajo los determinaban las autoridades locales. Teníamos distintos "worksites", que eran los puntos donde se desarrollaban las tareas de búsqueda, separados por pocas cuadras entre sí.
-¿Con qué realidad se encontraron al comenzar las tareas de rescate?
-Nosotros ya sabíamos, por la cantidad de días transcurridos desde el terremoto, que las posibilidades de encontrar personas con vida eran cada vez más difíciles. En rescate urbano siempre hablamos de las primeras 72 horas como el tiempo de mayores posibilidades. Después de ese período, las probabilidades caen drásticamente. En nuestro primer trabajo realizamos la recuperación del cuerpo de una víctima para que su familia pudiera cerrar esa etapa tan dolorosa.
Después nos reasignaron a otro sector porque había vecinos que aseguraban escuchar ruidos y pensaban que podía haber una persona con vida. La brigada fue reasignada a ese lugar nuevo, nos movilizamos nosotros, los perros K-9 y el equipamiento técnico que habíamos llevado desde Argentina para verificar esa situación. Finalmente detectamos que había vida y era un gatito que había quedado atrapado entre los escombros. Lamentablemente no era una persona, aunque uno siempre mantiene la esperanza a pesar del colapso que había sufrido toda la estructura.
-¿Qué impresión le produjo ver el lugar de la tragedia?
-Fue tremendo. Nosotros estábamos informados, habíamos seguido todas las noticias antes de viajar, pero nada se compara con estar ahí. Encontrarse con manzanas enteras totalmente destruidas, edificios derrumbados, molidos... es algo muy difícil de describir. La magnitud del desastre que dejó el terremoto fue enorme. Lo que vimos fue lo más parecido a una zona de guerra.
-¿Cómo vivían esa espera los familiares que seguían allí? ¿Había desesperación?
-Durante casi todo el tiempo trabajamos con los familiares presentes. Ya habían pasado muchos días y ellos también eran conscientes de que las posibilidades de encontrar con vida a sus seres queridos eran muy pocas. Había una especie de cierta calma, por así decirlo. Esperaban un resultado positivo y, si eso no era posible, al menos recuperar a su familiar para poder despedirlo y darle sepultura. El pueblo venezolano mostró una fortaleza enorme. Soportar tantos días de incertidumbre requiere una capacidad increíble para seguir adelante.

Impacto emocional
-¿Cómo impacta emocionalmente un trabajo de estas características en los rescatistas?
-No diría que alguno de nosotros llegó al punto de quiebre de no poder seguir trabajando. Pero sí cuando regresábamos de cada jornada, hablábamos mucho entre nosotros. Esas conversaciones servían para descargar todo lo que íbamos viviendo y la tensión acumulada. Uno siente la responsabilidad de trabajar y darlo todo porque sabe que del otro lado hay familias esperando una respuesta, al menos, para permitirles que puedan cerrar esa etapa.
-¿Cree, en su opinión personal, que un país puede estar preparado para una tragedia de semejante magnitud?
-Sinceramente creo que no. No es una cuestión de Venezuela solamente. Estamos hablando de cientos de edificios colapsados, de alrededor de 800 construcciones afectadas y de más de 300 edificios de 10, 11 o 15 pisos que dejaron de estar en pie. Cualquier país del mundo se hubiera visto desbordado ante una situación semejante. Quizás en los países más desarrollados la diferencia esté en la rapidez con la que logran dar respuesta, pero un desastre de esta magnitud supera la capacidad de cualquiera.

-A veces llegaban noticias de personas rescatadas después de 7 u 8 días. ¿Es prácticamente milagroso en el marco de lo que se vivió?
-Sí, puede ocurrir. Nosotros sabemos que después de las 72 horas las posibilidades disminuyen muchísimo, pero también conocemos casos de personas que sobreviven porque quedan dentro de un espacio reducido, sin estar aplastadas por la estructura.
El ser humano tiene una capacidad enorme para luchar por vivir. Si las condiciones lo permiten, puede resistir varios días más. Naturalmente no es lo mismo quedar atrapado con un espacio vital que permanecer comprimido por toneladas de escombros. Ahí el cuerpo comienza a sufrir una serie de procesos fisiológicos que reducen muchísimo las posibilidades de supervivencia.
Qué lo llevó a ser bombero y rescatista
-¿Cómo llegó usted a formar parte de la Brigada USAR?
-Soy bombero voluntario desde hace 16 años en Villa Ocampo. Además trabajo como instrumentador quirúrgico en el Hospital Samco de mi ciudad. Siempre estuve vinculado al servicio público y al contacto con la gente. La actividad bomberil siempre me llamó la atención. Tengo un cuñado que también es bombero y de alguna manera él terminó de convencerme para sumarme.

Una vez dentro de la institución uno descubre que ser bombero no es solamente tomar una manguera e ir a apagar incendios. Hay muchísimas especialidades. Cuando conocí el trabajo de la Brigada USAR, la forma en que se capacitan y el nivel de exigencia bajo normas internacionales con el que trabajan, me fue atrapando y me fui volcando a la búsqueda y rescate. También participé en el operativo por el derrumbe del Hotel Dubrovnik, en Villa Gesell, y ahora tuve esta experiencia internacional que fue única por su magnitud.
-Después de todo lo vivido ¿Qué aprendizaje le deja esta misión tanto en lo profesional como en lo personal?
-Desde lo profesional fue una experiencia tremenda. Poder trabajar en un escenario de semejante complejidad, responder con el entrenamiento que uno recibió y comprobar que todo ese esfuerzo y conocimiento de preparación sirve realmente, es gratificante.
Desde lo humano, uno no quisiera que sucedan estas cosas. Duele muchísimo pensar que debajo de cada edificio derrumbado hay padres, hijos, hermanos, abuelos, familias enteras. Muchas veces creemos que la vida es infinita, que siempre vamos a poder manejar los tiempos para hacer las cosas, y de golpe una situación así nos demuestra que todo puede cambiar en un instante.
Creo que hay que valorar mucho más los momentos y aprovechar las cosas simples: compartir una tarde con la familia, ir a una plaza con los chicos, hacer un mandado cotidiano y volver a casa. Son momentos a los que muchas veces no les damos la importancia que realmente tienen. Creo que la felicidad pasa mucho más por esas pequeñas cosas que buscarla en cuestiones más complejas como la búsqueda de sentido.









