El tiempo que los chicos pasan frente a las pantallas, la pérdida de espacios de encuentro y las nuevas formas de relacionarse a través de las redes sociales plantean desafíos para las familias, las escuelas y el sistema de salud.
Soledad infantil y pantallas: aislamiento y la falta de espacios de acompañamiento
Jorge Prado analizó cómo cambiaron las formas de juego y los padecimientos de chicos y adolescentes. También cuestionó el uso excesivo de diagnósticos para abordar problemas sociales y señaló las dificultades presupuestarias que enfrenta la Ley de Salud Mental.

En ese contexto, el psicólogo y docente de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires (UBA), Jorge Prado, advirtió sobre el crecimiento de la soledad infantil y sostuvo que parte del malestar de las infancias y adolescencias debe comprenderse desde sus condiciones sociales, y no únicamente a través de diagnósticos individuales.
El especialista presentó algunas de las ideas que desarrolla en su libro Una tablet al final del arcoíris, un trabajo que reúne experiencias clínicas, territoriales y educativas vinculadas con el cuidado de chicos y adolescentes.
Allí aborda el desplazamiento del juego hacia los entornos digitales, el consumo de contenidos, la violencia convertida en espectáculo y el uso de la inteligencia artificial como refugio.
Prado también vinculó estas transformaciones con el debate sobre la reforma de la Ley de Salud Mental. A su entender, modificar el modo en que se define el sufrimiento puede tener consecuencias en la atención y dejar de lado factores económicos, familiares e institucionales que inciden en la vida cotidiana.

La tablet como respuesta a las obligaciones de los adultos
Uno de los conceptos centrales que plantea Prado es que la entrega de dispositivos electrónicos se convirtió, en muchos hogares, en una suerte de acuerdo implícito entre adultos y chicos.
Según explicó, los cuidadores suelen estar atravesados por múltiples responsabilidades y recurren a las pantallas para conseguir tiempo para trabajar, resolver tareas domésticas o atender otras urgencias.
El psicólogo describió esa dinámica como un contrato: los adultos ofrecen acceso a la tecnología y, a cambio, los niños permanecen entretenidos durante períodos prolongados.
La decisión también puede estar relacionada con el temor a la inseguridad y con la percepción de que quedarse en casa frente a una pantalla es una alternativa más segura que jugar en la calle.
Sin embargo, advirtió que esa solución puede derivar en situaciones de aislamiento. El problema, desde su perspectiva, no se limita a la cantidad de horas de uso de un dispositivo, sino a lo que ocurre cuando las experiencias digitales reemplazan buena parte de las oportunidades de jugar, compartir actividades y construir vínculos presenciales.
En su libro, Prado analiza además cómo las redes sociales modificaron las formas de entretenimiento y exposición. La violencia, por ejemplo, puede circular como contenido y adquirir una apariencia de ficción, aunque sus efectos sobre quienes participan o la reciben sean reales.
El especialista también mencionó el uso de la inteligencia artificial como refugio y el abuso de diagnósticos entre los padecimientos contemporáneos.
Para explicar el título de su obra, recurrió a la metáfora del arcoíris: la tecnología aparece como una promesa de éxito y pertenencia, pero esa expectativa puede hacer que se pierda de vista la importancia del proceso y del acompañamiento adulto.

El debate por la Ley de Salud Mental y el riesgo de reducir el sufrimiento a un diagnóstico
Otro de los ejes de la entrevista fue la discusión sobre posibles modificaciones de la Ley Nacional de Salud Mental. Prado puso el foco en la diferencia entre los conceptos de “padecimiento subjetivo” y “trastorno mental”, dos expresiones que, según planteó, no tienen el mismo alcance.
El psicólogo explicó que la legislación vigente contempla el padecimiento subjetivo, una categoría que permite considerar situaciones de sufrimiento relacionadas con factores sociales y económicos. Entre los ejemplos mencionó el desempleo dentro de una familia y las experiencias de violencia.

En cambio, advirtió que si la normativa se concentra exclusivamente en los trastornos mentales, la atención podría quedar limitada a quienes tengan un diagnóstico psicopatológico individual. Desde su mirada, ese cambio dejaría en segundo plano las condiciones del entorno que también intervienen en la salud mental.
Prado cuestionó lo que definió como una tendencia a “patologizar” problemas sociales y sostuvo que ese enfoque puede favorecer la mercantilización de la salud y los intereses de las corporaciones farmacéuticas, al privilegiar respuestas medicamentosas frente a situaciones que también requieren intervenciones comunitarias e institucionales.
El especialista expresó además reparos sobre los cambios propuestos para las internaciones involuntarias. Recordó que la ley actual establece como criterio la existencia de un “riesgo cierto e inminente” y advirtió que reemplazarlo por una referencia a un riesgo “grave” podría habilitar decisiones arbitrarias o preventivas.
También señaló dificultades operativas vinculadas con la falta de profesionales. En particular, cuestionó la posibilidad de realizar evaluaciones virtuales a personas que atraviesan un brote psicótico, en un contexto de escasez de psiquiatras.

A esa preocupación sumó un dato presupuestario: según indicó, la ley establece que debe destinarse el 10% del presupuesto de salud a la atención de la salud mental, pero la ejecución efectiva alcanza el 1,4%.
Por último, Prado relacionó estas discusiones con las respuestas institucionales frente a episodios de violencia y manipulación digital en las escuelas. Consideró que muchas veces predomina el señalamiento punitivo, en lugar de fortalecer los espacios de escucha y los dispositivos comunitarios.
Como ejemplo, contrastó los planteos para reducir la edad de imputabilidad a los 14 años con la posibilidad de que adolescentes de 13 accedan a herramientas financieras como las criptomonedas.
Para el psicólogo, el desafío consiste en evitar que los problemas de chicos y adolescentes se aborden solamente desde el castigo o la medicalización. Su planteo apunta a recuperar el acompañamiento adulto, los vínculos y las respuestas colectivas como parte del cuidado de las infancias.








