El pasado lunes 30 de marzo, la escuela N° 40, Mariano Moreno de la ciudad de San Cristóbal fue escenario de un hecho trágico. Un alumno de 15 años ingresó armado al establecimiento y asesinó a un estudiante de 13 años e hirió a otros tres. El hecho provocó una profunda conmoción en todo el país.
Salud mental y violencia escolar: claves para entender el impacto del trágico episodio en San Cristóbal
Tras el hecho ocurrido en la Escuela N° 40 el pasado lunes, el psicólogo especializado en adolescencia, Luciano Zocola (MN 1515), analizó la multicausalidad de la violencia frente a lo sucedido. Factores de riesgo, el rol de los entornos digitales y la importancia de que la institución educativa sea un espacio de detección temprana y contención emocional.

Luciano Zocola (MN 1515), psicólogo especializado en adolescencia, dialogó con El Litoral y brindó detalles sobre cómo entender el caso.

-¿Qué lleva a un adolescente a actuar de esta manera?
-En primer lugar, es importante señalar que aún no se cuenta con información suficiente como para arribar a conclusiones definitivas, por lo que es necesario evitar lecturas apresuradas o reduccionistas. Este tipo de hechos no responde a una única causa ni puede explicarse señalando solo al adolescente. Se trata de una combinación de cuestiones personales y del entorno. Entre los factores de riesgo individuales pueden aparecer dificultades en la regulación emocional, impulsividad, baja tolerancia a la frustración o malestar psíquico no expresado. En cuanto al contexto, pueden influir situaciones de conflicto sostenido, relacionales hostiles, experiencias de exclusión o acoso, falta de redes de contención y escasa presencia de adultos disponibles para intervenir. Comprender esta interacción permite pensar en prevención más que en culpabilización.
-¿Estamos ante actos impulsivos que cualquier adolescente en crisis podría cometer?
-No podemos generalizar ni pensar que cualquier adolescente en crisis podría llegar a un hecho de estas características. Si bien la impulsividad puede estar presente en la adolescencia, los episodios de violencia extrema suelen involucrar una combinación de factores y, en muchos casos, algún grado de proceso previo, aunque no siempre visible. Reducirlo a un acto meramente impulsivo simplifica en exceso una problemática compleja y puede generar alarmas innecesarias. Es más apropiado entender estos hechos como excepcionales y multicausales.
En este sentido, la Sociedad Argentina de Pediatría emitió un comunicado en el que advirtió sobre la gravedad de este hecho y reclamó acciones urgentes en materia de prevención, salud mental y control del acceso a armas. En su pronunciamiento, la entidad médica hizo hincapié en la necesidad de acompañar a la familia de la víctima y a toda la comunidad educativa afectada por el hecho.

-Quienes conocían al agresor lo describieron como "un chico tranquilo, nunca vimos nada raro en él”. ¿Cómo puede ser que se desencadene en un episodio como este?
-Las caracterizaciones como “tranquilo” suelen basarse en percepciones generales y no siempre alcanzan a dar cuenta de la complejidad de una persona o de una situación puntual. En este tipo de hechos, además, la información disponible suele ser parcial en las primeras instancias. Por eso, resulta importante evitar explicaciones apoyadas únicamente en etiquetas y considerar que pueden intervenir múltiples factores que no siempre son visibles. Al mismo tiempo, estos episodios suelen estar precedidos por procesos o malestares que no siempre se expresan de forma evidente, lo que refuerza la necesidad de una mirada cuidadosa y no simplificadora.
El impacto de los entornos digitales
-¿Notan los profesionales un cambio en la forma en que los adolescentes canalizan sus frustraciones o conflictos hacia la violencia física extrema?
-No hay evidencia clara que permita afirmar que exista un aumento sostenido de la violencia física extrema en adolescentes. Sí se observan transformaciones en los modos de vinculación y en la expresión del malestar. En particular, lo digital ocupa un lugar central en la vida cotidiana, lo que puede intensificar conflictos, amplificarlos o dificultar su resolución en tiempos y espacios más elaborativos. A su vez, de forma directa o indirecta, los entornos digitales exponen a los adolescentes a contenidos donde la violencia aparece representada o incluso legitimada —como ocurre con la circulación de videos de ataques en escuelas—, lo que puede incidir en los modos en que se imaginan y procesan los conflictos. Esto no implica una relación causal ni explica por sí solo hechos extremos, pero sí configura un contexto diferente en el que los adolescentes tramitan sus frustraciones.
-¿Cómo influyen las redes sociales y el consumo de contenidos violentos en la pérdida de empatía hacia el otro?
-No hay una relación directa ni única entre el consumo de contenidos violentos y la pérdida de empatía. Sin embargo, la exposición frecuente a este tipo de materiales puede generar procesos de desensibilización, donde el sufrimiento ajeno pierde impacto emocional. A esto se suma la lógica de las redes sociales, que muchas veces favorece la inmediatez, la reacción rápida y cierta distancia respecto del otro, lo que puede dificultar la identificación con el otro como sujeto. Asimismo, algunos referentes y figuras públicas, tanto a nivel nacional como internacional, pueden contribuir a la naturalización de modos de comunicación agresivos o descalificantes, presentándolos como formas legítimas de vinculación. Estos factores no determinan conductas, pero sí pueden influir en cómo se perciben y procesan las experiencias de los demás.

Escuela, familia y contención
-¿Cuál es el rol que debe tener la escuela frente a este tipo de casos?
-Ante realidades cada vez más complejas, la escuela ya no se limita exclusivamente a lo pedagógico, sino que también asume un rol central en la promoción, prevención y abordaje de problemáticas vinculadas a la vida de los jóvenes. En este sentido, resulta fundamental que cuente con protocolos institucionales claros para los distintos actores escolares, así como con proyectos de convivencia en los que los estudiantes no solo reciban herramientas, sino que participen activamente en su construcción e implementación. A la vez, como espacio cotidiano de socialización, la escuela puede favorecer la detección temprana, la contención y el trabajo articulado con otros actores institucionales.
-Para los chicos que presenciaron el hecho, ¿qué huellas deja un evento así en su desarrollo emocional y cómo se evita que el miedo se vuelva crónico?
-Un evento de estas características puede generar respuestas de alto impacto emocional, como miedo, angustia, confusión o reacciones de estrés que, en algunos casos, pueden persistir en el tiempo si no son adecuadamente abordadas. Sin embargo, no todos los niños y adolescentes lo elaboran de la misma manera. Para prevenir que el miedo se cronifique, es clave una intervención temprana que incluya espacios de escucha, validación emocional e información clara y acorde a la edad. En este sentido, es importante ofrecer tanto instancias grupales como espacios individuales para quienes lo requieran, respetando los tiempos y modos de elaboración de cada niño o adolescente. La presencia de adultos disponibles y un acompañamiento institucional y familiar sostenido favorecen la tramitación de lo vivido y reducen el riesgo de secuelas a largo plazo.

-¿Estamos viendo casos aislados o es el reflejo de una sociedad que ha normalizado la violencia como método de resolución de problemas?
-Si bien existen antecedentes en nuestro país, estos hechos puntuales resultan atípicos. Sin embargo, ocurren en un contexto social donde la violencia y las agresiones, en distintos niveles, tienen una presencia significativa. No son factores determinantes, pero sí influyen y condicionan la forma en que nos vinculamos, gestionamos nuestras diferencias y tensiones, e intentamos resolver conflictos. En este marco, algunas formas de agresión tienden a naturalizarse y a volverse más aceptadas o esperadas en ciertos ámbitos, por lo que resulta importante abordar el fenómeno desde una mirada integral que contemple tanto lo individual como lo social, promoviendo formas de convivencia más saludables.








