"Josefina y Augusto habitaban un santuario de permisividad donde cada estallido de ira de Esteban o cada desplante de Eugenia era recibido como una manifestación sagrada de su esencia. Para ellos, la crianza respetuosa no era un puente hacia la madurez, sino un espejo deformante donde la falta de límites se disfrazaba de libertad y la mala educación se rebautizaba como asertividad temprana.
En el living, los restos de un jarrón roto no representaban una travesura que requería corrección, sino una expresión de la energía cinética de Esteban que sus padres contemplaban con una sonrisa de aprobación intelectual. En lugar de señalar el daño o la responsabilidad, intercambiaban miradas de complicidad, convencidos de que intervenir para imponer orden sería una forma de opresión adulta. Bajo esa premisa, el hogar se había convertido en un territorio sin leyes donde los niños dictaban el ritmo, el menú y el volumen de la vida familiar, mientras los padres se reducían a meros facilitadores de sus caprichos. A Eugenia se le permitía arrebatar juguetes a otros niños en la plaza bajo la mirada benevolente de Augusto, quien veía en ese acto una reafirmación de su liderazgo natural.
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¿Y si sonreimos?
La sobreprotección era el aire que respiraban; cualquier roce con la frustración externa era filtrado por Josefina, quien se apresuraba a culpar al entorno antes de permitir que sus hijos experimentaran el peso de sus propias acciones.
Sin darse cuenta, en su afán por no traumatizarlos con la autoridad, los estaban dejando huérfanos de herramientas sociales. Los celebraban constantemente, aplaudiendo la insolencia como si fuera ingenio y la desobediencia como si fuera independencia de criterio. En ese altar de la validación absoluta, Esteban y Eugenia crecían convencidos de que el mundo era una extensión de su voluntad, ignorantes de la empatía y de la existencia del otro. Sus padres, embriagados por una teoría mal interpretada, seguían puliendo las cadenas de una tiranía infantil que, lejos de construir personas de bien, estaba forjando individuos incapaces de convivir con una realidad que, tarde o temprano, dejaría de sonreírles"
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Queremos que sea felizLa crianza respetuosa es un estilo basado en la premisa de que los niños son personas con los mismos derechos que los adultos. No se trata de dejar que hagan lo que quieran, como quieran cuando quieran y donde quieran sino de entender que el respeto es bidireccional. En este estilo de crianza se reconoce que el niño y el adulto tienen el mismo valor como seres humanos. El adulto conduce y guía, pero no se impone ni domina por la fuerza. Se trata de intentar mirar el mundo a través de los ojos del niño y de entender que, por ejemplo, un berrinche suele ser una descarga emocional de un cerebro aún inmaduro y no una manipulación. Los límites son necesarios para el desarrollo, la seguridad y la contención, pero se aplican sin gritos ni humillaciones.
Pero, como sucede con los padres del ejemplo, la crianza respetuosa suele confundirse con la permisividad, la falta de límites y la libertad mal entendida y aplicada, llegando a extremos profundamente negativos, cuando la decisión de los criterios de acción se deja en manos de los hijos y se les validan actitudes y conductas negativas, perfilándolos como maleducados.
La crianza respetuosa es adecuada cuando se entiende como un equilibrio. El respeto no anula la autoridad del adulto sino que le posibilita reconocer al hijo en su individualidad, ejercer una escucha activa y educarlo emocionalmente de acuerdo a su propia esencia.