"Magui adoraba tomarse selfies. El baño de su casa que le correspondía en exclusiva era como un pequeño estudio fotográfico improvisado: luces, ángulos y poses estudiadas. Cada foto era una obra de arte que compartía con sus amigos en las redes. Pero había un pequeño secreto que ocultaba: su celular no era un iPhone, como mostraba la pegatina que había colocado con cuidado en la carcasa. En su grupo de amigas, tener un iPhone era sinónimo de estatus. Y Magui, aunque amaba su celular, sentía la presión de pertenecer. Así que un día, decidida a encajar, pegó el sticker y con cada selfie que subía los likes y comentarios positivos aumentaban, razones que la hacían sentir aceptada y valorada. Sin embargo, la felicidad no duró mucho. Un día, una de sus amigas, más observadora que las demás, notó algo extraño en las fotos. Al principio, pensó que era una impresión suya, pero al analizarlas con detenimiento, descubrió la verdad: el reflejo del celular en el espejo delataba el engaño. No tardó en compartir su descubrimiento con el grupo, y lo que comenzó como una pequeña sospecha se convirtió en una bola de nieve. Pronto, todos sabían que Magui había estado fingiendo. Los comentarios negativos no se hicieron esperar, acusándola de falsa, de superficial y de querer ser alguien que no era. Magui se sintió humillada. La vergüenza la invadió y se encerró en su habitación, evitando a todos. Se arrepentía profundamente de su decisión, porque por haber querido encajar tanto había perdido su propia identidad. Con el tiempo, comprendió que la verdadera amistad se basa en la autenticidad y que no necesitaba un iPhone ni fingir ser otra persona para ser aceptada. Decidió ser ella misma, con sus virtudes y defectos. Eliminó la pegatina de su celular y dejó de buscar la aprobación de los demás a través de las redes sociales. Al principio fue difícil, pero poco a poco fue recuperando la confianza en sí misma. Y lo más importante: fue pudiendo hacer nuevos amigos, que la valoraban por lo que era y no por lo que tenía".
Tiene que ser iPhone


La atracción de niños y adolescentes por el iPhone no sólo pasa por querer un celular sino que se trata de un fenómeno complejo que mezcla identidad, propaganda y presión social. Para muchos adolescentes, el iPhone funciona como identidad grupal. En entornos donde la mayoría usa Apple, no tener uno puede generar una sensación de minusvalía y exclusión social.
Apple ha logrado posicionar su producto no solamente como una herramienta, sino también como un símbolo de estatus y modernidad, y tener el modelo más reciente se percibe como una señal de éxito o pertenencia a una clase social determinada.
Por otra parte, existe la idea de que las aplicaciones de redes sociales están mejor optimizadas para iOS que para Android. TikTok e Instagram suelen comprimir menos los videos grabados directamente desde un iPhone, y para un adolescente cuya vida social pasa por la creación de contenido, esto es una herramienta de trabajo crítica.

Como los adolescentes suelen buscar el placer y la gratificación inmediata y la interfaz de iOS es intuitiva consideran que funciona mucho mejor, proporcionándoles beneficios casi instantáneos. Si sus amigos tienen AirDrop, pueden pasarse fotos de cualquier actividad que estén haciendo, en segundos, sin perder calidad. Si tienen un iPad para la escuela o unos AirPods, la integración es automática, lo que hace que salir del ecosistema sea una decisión difícil de tomar.
La presencia de los padres es fundamental, para educar a sus hijos en la concientización de que, por más manzanita que tenga, son lo que son por lo que son y no por lo que tengan, y que ningún dispositivo podrá jamás otorgar la dignidad ni el carácter que sólo se construyen desde el interior.
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