La vacunación en la adultez suele analizarse casi exclusivamente desde la lógica de la prevención de enfermedades infecciosas.

Más allá de prevenir infecciones, una investigación de la Universidad de Oxford sugiere que la inmunización contra el herpes zóster se asocia con menor inflamación, desaceleración de los relojes moleculares del envejecimiento y un perfil biológico más saludable en personas mayores de 70 años.

La vacunación en la adultez suele analizarse casi exclusivamente desde la lógica de la prevención de enfermedades infecciosas.
Sin embargo, un estudio reciente de la Universidad de Oxford, publicado en The Journals of Gerontology, propone una mirada innovadora: la vacuna contra el herpes zóster (shingles) no solo protege contra una infección dolorosa y potencialmente incapacitante, sino que también podría estar asociada con una desaceleración del envejecimiento biológico a nivel celular y sistémico.
El trabajo se inscribe en el campo emergente de la gerociencia, una disciplina que investiga si intervenciones comunes —no diseñadas originalmente para “tratar” el envejecimiento— pueden modular los procesos biológicos que lo impulsan.
En este caso, los investigadores analizaron si la vacunación contra el herpes zóster se asocia con perfiles más favorables en siete dominios del envejecimiento biológico y en un puntaje compuesto global que integra múltiples sistemas del organismo.

A diferencia de la edad cronológica, el envejecimiento biológico busca captar cómo se deterioran, a diferentes ritmos, los sistemas moleculares y fisiológicos del cuerpo.
Para ello, el estudio evaluó siete dominios específicos: inflamación sistémica, envejecimiento epigenético, envejecimiento transcriptómico, inmunidad innata, inmunidad adaptativa, neurodegeneración y hemodinámica cardiovascular.
El hallazgo central fue contundente: las personas vacunadas contra el herpes zóster presentaron una puntuación significativamente menor en el índice de envejecimiento biológico compuesto. En términos simples, esto indica un perfil de envejecimiento más lento y favorable, no limitado a un solo sistema, sino distribuido de manera multisistémica.
Según el estudio, esta puntuación compuesta refleja una “recalibración biológica” general, lo que refuerza la idea de que el envejecimiento, incluso en edades avanzadas, conserva un grado de plasticidad mayor al que tradicionalmente se asumía.

Entre los dominios analizados, los efectos más claros y consistentes se observaron en la inflamación sistémica y en los llamados relojes moleculares del envejecimiento.
Los adultos mayores vacunados mostraron niveles más bajos de inflamación crónica de bajo grado, un fenómeno conocido como inflammaging. Este tipo de inflamación persistente es considerado uno de los motores principales del envejecimiento y de múltiples enfermedades asociadas a la edad, como el deterioro cognitivo y los trastornos cardiovasculares.
El mecanismo propuesto por los investigadores es que la vacuna ayuda a suprimir la reactivación subclínica del virus varicela-zóster, que permanece latente en el organismo tras la infección inicial. Al reducir esa reactivación, disminuye también la estimulación constante del sistema inmunitario y la producción sostenida de mediadores inflamatorios.

En paralelo, el estudio detectó una desaceleración significativa del envejecimiento epigenético, medido a través de relojes de metilación del ADN como GrimAge y DunedinPACE, que estiman tanto la carga acumulada de envejecimiento como el ritmo al que este progresa.
También se observó una menor aceleración del envejecimiento transcriptómico, un indicador basado en patrones de expresión génica asociados al riesgo de mortalidad y al estrés biológico.
Estos resultados sugieren que la vacunación podría influir en procesos moleculares centrales del envejecimiento celular, con efectos que van más allá del sistema inmunitario.

Uno de los aspectos más interesantes del estudio es la dimensión temporal de los efectos observados. Los investigadores encontraron que no todos los dominios responden de la misma manera ni en los mismos plazos tras la vacunación.
Durante los primeros tres años posteriores a la inmunización, los beneficios fueron más pronunciados en el envejecimiento epigenético, el envejecimiento transcriptómico y en el puntaje biológico compuesto global. Esto sugiere una respuesta molecular relativamente rápida, compatible con procesos de reprogramación epigenética y ajustes en la expresión génica.
En cambio, las mejoras significativas en la inflamación sistémica y en la inmunidad innata solo se evidenciaron en personas vacunadas hacía cuatro años o más.
Esta observación respalda la hipótesis de una inmunomodulación gradual, en la que la reducción del tono inflamatorio crónico y la recalibración del sistema inmunitario requieren más tiempo para consolidarse.

No todos los dominios mostraron asociaciones favorables. De manera inesperada, la vacunación se vinculó con puntuaciones más altas en el dominio de inmunidad adaptativa, lo que en el marco del modelo utilizado se interpreta como una función menos favorable.
Los autores advierten que este hallazgo podría no reflejar un efecto adverso real, sino una limitación de los biomarcadores empleados, que podrían confundir la expansión normal de células T de memoria inducida por la vacuna con perfiles de inmunosenescencia.
Por otro lado, no se encontraron asociaciones significativas entre la vacuna y los biomarcadores de neurodegeneración ni con parámetros hemodinámicos cardiovasculares. Según el estudio, estos sistemas podrían ser menos sensibles a cambios inmunológicos a corto plazo o requerir seguimientos mucho más prolongados para detectar variaciones relevantes.

Los resultados posicionan a la vacunación contra el herpes zóster como algo más que una estrategia para prevenir una infección dolorosa. Desde la perspectiva de la gerociencia, el estudio sugiere que las vacunas para adultos podrían funcionar como intervenciones geroprotectoras de bajo costo, capaces de modular procesos biológicos compartidos por múltiples enfermedades relacionadas con la edad.
Si bien los autores subrayan que se trata de asociaciones y no de pruebas definitivas de causalidad, la consistencia de los hallazgos en dominios moleculares e inflamatorios aporta una base sólida para seguir explorando el rol de la vacunación en la promoción de un envejecimiento saludable.