Desde hoy, los lectores de El Litoral tienen a su disposición la sexta entrega de "Obras que cuentan", el espacio de la sección Arte que propone algo que parece sencillo, pero que en realidad encierra una complejidad enorme.
La "Venus criolla": el cuerpo que desafió el canon de belleza en la Argentina de los años 30
Sin ninfas, alegorías ni idealizaciones, Emilio Centurión pintó una mujer de pie, de caderas anchas y piernas fuertes. El cuadro ganó en su momento el Gran Premio de Honor y todavía abre preguntas sobre la representación del cuerpo.

¿En qué consiste? Básicamente, detenerse frente a una pintura, una escultura o un grabado para descubrir la historia que guarda. Indagar cómo nació, qué quiso decir en su momento y qué nuevas pregunta abre si la miramos hoy.
Las entregas anteriores recorrieron un puerto vacío de melancolía, un cabaret que ocultaba más de lo que mostraba, un asado desbordado en el final de la dictadura de 1976 y un ritual guaraní pintado por Xul Solar bajo el influjo de las vanguardias europeas.

La de esta semana retrocede un poco más en el tiempo y se introduce de lleno en una disputa que el arte argentino venía arrastrando desde fines del siglo XIX y es qué noción de cuerpo era la que podía protagonizar un desnudo.
La obra elegida es "La Venus criolla", el óleo con el que Emilio Centurión se llevó el Gran Premio de Honor del Salón Nacional de 1935 y que hoy integra la colección del Museo Nacional de Bellas Artes.
Una mujer de pie, tamaño natural, ubicada en el centro del cuadro, una cortina clara de fondo que remite al atelier del pintor. La dama tiene caderas anchas, piernas fuertes y una piel que el color cálido separa del blanco que la rodea.

Un porteño formado a los 16 años
Centurión nació el 14 de julio de 1894 en Buenos Aires y definió su vocación muy pronto. A los 16 años empezó a trabajar con el pintor italiano Gino Moretti y, en 1913, ingresó al Taller Libre de Artes Plásticas.
Allí compartió pupitres con Walter de Navazio, Mario Canale, Ramón Silva y Thibón de Libian (de quién ya hablamos en este espacio). La Primera Guerra Mundial le impidió, como a tantos de su camada, completar el viaje formativo a Europa que era un rito de pasaje para los pintores locales.
En cambio viajó dentro del país y del continente. A Brasil en 1916 y al norte argentino en 1918. Recién en 1928 pudo cruzar el Atlántico, y esa estadía europea, guiada por el interés en Cézanne, llevó su lenguaje a una síntesis geométrica que jamás abandonó, ni siquiera cuando acarició la abstracción.

"Misia Mariquita" y el Gran Premio de Honor
Antes de "La Venus criolla" otro título que anticipó su lugar en el Salón Nacional. Nos referimos a "Misia Mariquita", el retrato de una alumna suya que en 1920 obtuvo el Primer Premio.
Quince años más tarde, según señala Marta Penhos en un comentario para el Museo Nacional de Bellas Artes, Centurión volvió a presentarse, ya como un pintor de madurez, y se llevó el recién instituido Gran Premio con la obra que hoy nos ocupa.
Penhos describe la composición como una figura de mujer tratada casi como un volumen sobre el que inciden luces y sombras. Para ella, ese tratamiento constructivo del personaje, retratado en quietud, es un rasgo muy vívido en Centurión, que lo vincula con la renovación figurativa de los años 30.

En un tiempo en que la pintura oficial seguía discutiendo entre el naturalismo académico y las primeras búsquedas modernas, un desnudo así, sin idealización, se hacía cargo de ese cruce de ideas que venía desde comienzos de siglo.
50 años de controversias
Ana María Telesca describió este desnudo como realista, desenfadado y de raíz étnica americana, y sostuvo que con él Centurión cerró décadas de debate sobre cómo debía representarse el cuerpo femenino en el arte argentino.
Había sido, desde fines del siglo XIX un tema de escándalo. El antecedente obligado es "El despertar de la criada", que Eduardo Sívori pintó en 1887 para el Salón de París y que, al llegar a Buenos Aires, sólo pudo exhibirse de manera restringida, ya que se temía la reacción del público.

Telesca ve en el cuerpo macizo de la Venus criolla, ajeno a cualquier idealización, un eco de aquella protagonista de Sívori. La diferencia está en la intención, ya que Sívori narraba un momento doméstico de un personaje de extracción social definida. Pero el personaje de Centurión simplemente está y mira de frente a quien la observa.
Discutir el canon académico
Penhos va en esa misma dirección cuando analiza qué implicaba, en 1935, apartarse de "los modelos etéreos de la pintura académica" para instalar un prototipo de belleza local, de caderas anchas y piernas fuertes.
Era algo que excedía lo pictórico, era parte de una corriente continental de reivindicación de las bellezas nativas que, en esos mismos años, también ocupaba a Diego Rivera en México y a Di Cavalcanti en Brasil. Ya en 1924, Alfredo Guido había presentado "La Chola desnuda", una figura recostada rodeada de telas estampadas, tejidos norteños y frutos tropicales.

Centurión eligió el camino inverso. Prescindió de objetos y concentró la carga en el cuerpo de la modelo, una joven que, según Penhos, no era nadie en particular, pero se acercaba a una identidad criolla genérica.
Lo que la Venus criolla sigue diciendo
Centurión murió en Buenos Aires en 1970, después de una trayectoria que incluyó su designación como miembro titular de la Academia Nacional de Bellas Artes y correspondiente de la de Río de Janeiro, además de exposiciones esporádicas en las galerías Bonino y Witcomb.
Para medir el prestigio que obtuvo, cabe recordar que El Litoral le dedicó parte de su portada el día 27 de diciembre de 1970 y ponderó "su destacada actuación en las artes plásticas".
En 1985 el Museo de Arte Hispanoamericano Isaac Fernández Blanco le dedicó una muestra póstuma. Pero antes de todo eso, un jurado decidió coronar a una mujer que no posaba como diosa ni como alegoría, sino como lo que era. Casi un siglo después, esa frontalidad todavía incomoda y conmueve.








