Hoy queda a disposición de los lectores la tercera entrega de "Obras que cuentan", el espacio de la sección Arte de El Litoral que propone detenerse frente a una pintura, una escultura o un grabado y descubrir la historia que guarda. Indagar cómo nació esa obra, qué quiso decir en su momento y qué nuevas preguntas puede despertar si la miramos hoy.
"La terraza": asado, cuerpos desnudos y el clima de "destape" de la Argentina de 1983
En esta obra que hoy se conserva en el Museo Nacional de Bellas Artes, Pablo Suárez reunió una parrilla, personajes grotescos, cuerpos desbordados y humor para retratar una sociedad que comenzaba a sacudirse los años de dictadura.

La nota anterior, dedicada a "La presentación" de Thibon de Libian, giró en torno a una escena nocturna, ambigua y turbia de la Buenos Aires de principios del siglo pasado. La de esta semana se planta, en cambio, en los años 80, a pleno sol, entre el humo de una parrilla y el jolgorio popular.
La obra elegida ("La terraza") dialoga con una idea de su creador, Pablo Suárez. Él decía que "el arte se asienta sobre los principios de territorialidad, estructuras sociales y culturales. Pensar en un arte ajeno a la sociedad en que se gesta es como pensar en una flor sin la planta de la que nace".

"La terraza", acrílico sobre tela pintado en 1983 integra la colección del Museo Nacional de Bellas Artes, donde llegó por donación de la Fundación Antorchas en 1989. Antes de mirarla de cerca, conviene detenerse en Suárez, porque pocos artistas argentinos del siglo XX son tan difíciles de encasillar.
Del ring al taller
Nacido en Buenos Aires en 1937, Suárez empezó estudiando en la Facultad de Agronomía, carrera que abandonó pronto, y en paralelo boxeó de manera amateur. Esa mezcla anticipa algo de lo que después sería su pintura, que nunca "se sintió cómoda" dentro de un único molde.
De hecho, en una entrevista con María Moreno en Página 12 dijo: "conozco todos los músculos del cuerpo. Me sé el músculo pectoral mayor que forma el pliegue anterior de la cavidad axilar, igual que cada tipo que hace deporte. Yo serví de sparring de dos boxeadores igualmente brillantes".

Se definía como autodidacta, aunque pasó por el taller de Raquel Forner y Alfredo Bigatti. Fueron Germaine Derbecq, Alberto Greco y Antonio Berni quienes lo empujaron hacia el oficio a fines de los años cincuenta. En 1961 debutó individualmente en la galería Lirolay, presentado por Greco.
De Berni, de quien fue ayudante, heredó una manera de entender el arte como herramienta política y un interés por los personajes anónimos. De hecho, en su obra pueden verse algunos ecos de Juanito Laguna y Ramona Montiel, personajes emblemáticos de Berni inspirados en los márgenes.
También asoman en su obra ecos de Prilidiano Pueyrredón y Fortunato Lacámera (de quienes ya hablamos en esta sección) y del humor gráfico de Florencio Molina Campos, cuyas fisonomías exageradas, casi siempre llevadas al gaucho, Suárez supo apropiarse y llevar a su propio contexto.

De la vanguardia al activismo
Durante los 60, Suárez pasó por el Instituto Di Tella, ese laboratorio que reformuló buena parte del arte argentino de la época. Compartió ese momento con Oscar Bony, Roberto Jacoby, Ricardo Carreira y Margarita Paksa, entre otros, y participó del proyecto colectivo Tucumán Arde.
La radicalización de esos años lo llevó, incluso, a alejarse de la pintura para volcarse al activismo social. En 1968 repartió miles de copias de una carta abierta dirigida a Jorge Romero Brest, entonces director del Di Tella, en la que cuestionaba el elitismo de ese modo de producir y exhibir arte.
Fue, según lo describió la periodista Daniela Pazik en Clarín, un episodio que fue casi como un happening en sí mismo. Recién en los 70 retomó la pintura, primero con una etapa de corte más realista.

En los 80 viró hacia una figuración más expresiva, con climas ya presentes en sus obras de los 60, como la serie de desnudos conocida como "Muñecas bravas", exhibida en Lirolay en 1964.
Mataderos, la Nueva Imagen y el fin de la dictadura
Entre 1981 y 1985 Suárez vivió en el barrio porteño de Mataderos, y sus vecinos pasaron a poblar su repertorio de figuras. Fue la época en que se sumó a los agrupamientos de la Nueva Imagen, junto a Guillermo Kuitca, Alfredo Prior y Juan Pablo Renzi, y en la que también integró el Grupo Periferia.
Ese arte llano y directo, hecho para el hombre común y no para el circuito erudito, chocó más de una vez con la censura de los últimos años de la dictadura. En 1983 una muestra individual suya en la galería Alberto Elía debió ser desmontada.
Es en ese contexto, el de una sociedad que empezaba a destaparse después de años de represión, es donde hay que ubicar "La terraza", la obra elegida hoy por El Litoral.
Una comida en las alturas
La escena transcurre en lo alto de un edificio, con la perspectiva alterada, casi vertiginosa. Un grupo de personajes de rasgos caricaturescos comparte un almuerzo al aire libre, al lado de una pileta.
Hay una mujer que muestra su torso desnudo con una sensualidad grotesca, y un hombre que, mientras prepara la comida en la parrilla, sostiene un tenedor con chorizos. Esto último remite a cómo los argentinos pensamos en el asado como ritual, algo que excede lo meramente gastronómico.

Ese combo (el cuerpo liberado, el asado como emblema, la comicidad) hace de la obra una escena costumbrista y filosa. Viviana Usubiaga, en un texto elaborado para el Museo Nacional de Bellas Artes, ubicó la voluptuosidad de esa bañista como anticipo del "destape" posterior a la dictadura militar.
Ese fenómeno no se limitó, obviamente, a las artes plásticas. Basta mirar las películas filmadas en Argentina a mediados de los 80 para verificar ese impulso por mostrar y decir lo que hasta un tiempo antes era imposible.
Hay, además, algo más sutil en la propuesta de Suárez. Al elevar una reunión de gente común a una terraza porteña, parodia otras escenas de ocio de la historia del arte, que suelen protagonizar personajes acomodados en jardines o balnearios europeos.

Pintada en 1983, dos años después la obra integró la muestra "La Nueva Imagen argentina", curada por Jorge Glusberg para la XVIII Bienal de San Pablo.
Lo que sigue diciendo "La terraza"
Suárez murió en 2006, después de haber recibido distinciones como el Premio Gunther, el Konex y el Premio Constantini, y de haberse instalado sus últimos años en Colonia del Sacramento.
Pero antes de eso generó una obra que insistió, una y otra vez, en mirar de cerca lo que la Argentina prefería no analizar demasiado, como la calle, el barrio, el cuerpo y las costumbres populares.

Esa insistencia es, justamente, lo que la crítica posterior no dejó de subrayar. Marina Oybin, en Página/12, reparó en que los hombres que Suárez pintaba y esculpía daban idea de una tipología masculina propia, alejada del canon clásico de belleza y anclada en un erotismo popular y llano.
En Perfil, Marcelo Parajó ubicó el origen de esa paleta encendida presente "La terraza" en esos años 80 en los que Suárez empezó a "dialogar" con los colores de la bandera argentina y con la arquitectura oficial, aun cuando su pintura, en el fondo, desarmara esa solemnidad con sorna.
Arte social
La importancia de la obra seleccionada puede hallarse en una frase que Suárez dijo en 2004, en el contexto de una entrevista con Laura Batkis. "Yo hago arte social, hablo de la sociedad. De lo que veo y de lo que vivo, saco una conclusión con eso hago obras. Señalo sin juzgar", afirmó.
"El artista no puede ser una especie de juez supremo. Yo me siento más cerca del lugar de mis representados que del lugar del tribunal, y tan desprotegido como los personajes de mis obras", cerró.








