En febrero de 1976, cuando faltaban pocas semanas para el golpe de Estado que marcaría un quiebre definitivo en la historia argentina, El Litoral publicó una entrevista que hoy adquiere un valor documental y cultural ineludible.

En febrero de 1976, el artista santafesino analizó en una entrevista con el diario el sentido de su obra, su camino en la abstracción y la primacía de la forma sobre el color. A 50 años, ese testimonio adquiere valor histórico.

En febrero de 1976, cuando faltaban pocas semanas para el golpe de Estado que marcaría un quiebre definitivo en la historia argentina, El Litoral publicó una entrevista que hoy adquiere un valor documental y cultural ineludible.
Bajo el título "Un artista tras su destino", el diario ponía en primer plano la voz de Armando César Godoy, una de las figuras centrales de la plástica local del siglo XX.
El contexto era complejo: crisis política, violencia e incertidumbre social. En ese clima, hablar de arte era, también, un posicionamiento. Godoy proponía una ética del trabajo artístico fundada en la libertad, la autenticidad y la reflexión.

La Santa Fe de mediados de los años 70 sostenía una vida cultural intensa. Las escuelas de arte, los salones provinciales y las muestras articulaban un circuito donde convivían la figuración, la abstracción y las búsquedas experimentales.
Godoy había egresado en 1957 como Profesor de Dibujo y Pintura. Desde entonces, su recorrido combinó docencia, exposiciones en Buenos Aires, Rosario, Córdoba, Salta y Paraná, y reconocimientos como el Premio de Pintura en el Salón Nacional de Santa Fe.
En 1976, ya era un artista asentado. Distinguido en el Premio Joan Miró de Barcelona, compartía el trabajo de taller con la enseñanza, mientras ahondaba una línea estética vinculada a la abstracción y al estudio riguroso de la forma.

Consultado por El Litoral sobre el sentido de su obra, Godoy respondía con una declaración que resume su programa artístico. "Busco crear un mundo nuevo que satisfaga mis apetencias y, de alguna manera, interprete esa soledad en que se debaten los hombres".
Esa "soledad" era existencial, pero también, podría decirse, "histórica". Sin aludir de un modo directo al clima político, el artista colocaba al arte en el territorio de la interpretación humana, no en el de la evasión.
El perfil periodístico lo hacía ver como un creador "lúcido, inquieto, fundamentalmente vital", que había meditado "largamente sobre el sentido y la finalidad del arte".

En el plano estrictamente plástico, Godoy se definía como un "enamorado de las formas", especialmente de aquellas formas subjetivas que nutren su camino por la abstracción.
"Supedito casi siempre el color a la forma", afirmaba, convencido de que es la estructura la que otorga trascendencia expresiva. Esta concepción lo ubicaba en una tradición que superaba disputas históricas, como la del siglo XIX entre Jean-Auguste-Dominique Ingres y Eugène Delacroix.
Para Godoy, esa polémica carecía de vigencia en el presente. El concepto debía ser la fuerza sustentadora del plano cromático. Para él la línea, entendida como "escritura" plástica, funcionaba como nexo entre campos de color y generadora de tensiones internas.

En sus óleos y témperas aparecían formas que el propio artículo describe como "hidras de largos brazos" o estructuras celulares que parecían desprenderse de la nada. Un universo abstracto que proponía un espacio simbólico de elevación y contrapunto entre macro y microcosmos.
"Porque cada artista es un camino y el arte debe constituirse en un pleno ejercicio de la libertad”, sintetizaba en otro tramo de la entrevista. La autenticidad, para Godoy, no era una consigna vacía. Se construía a partir del estudio, la capacidad técnica y, sobre todo, la honestidad frente a la obra.
Rechazaba trabajar bajo proyectos inmediatos o fórmulas preestablecidas. Prefería "cuestionarse problemas plásticos puros", descubrir "nuevas luces en el espacio" y "atrapar otra dimensión" que le resultara familiar.
Su viaje a Bolivia y Perú reforzó, según recordaba, una conexión con fuentes telúricas que enriquecieron su mirada sin convertirlo en un “pintor americanista” en sentido literal. También evocaba la influencia de Oscar Herrero Miranda, figura fundamental en la formación técnica de numerosos artistas de la región.

Volver hoy a aquella entrevista de 1976 es recuperar la voz de un artista que, en tiempos de incertidumbre, defendía la libertad creativa como núcleo del arte. En una época donde el ruido suele imponerse al pensamiento, las palabras de Godoy mantienen una vigencia que interpela.