La muestra “Parte y Arte. Prácticas artísticas en Santa Fe durante los años 70 y 80”, con curaduría de Guillermo Aleu, se inauguró en el Museo Municipal de Artes Visuales Sor Josefa Díaz y Clucellas (San Martín 2068) el 12 de junio, y puede visitarse los martes de 15 a 19, miércoles a viernes de 9 a 12.30 y de 15 a 19 y sábados, domingos y feriados de 16 a 19. Estará abierta hasta el 16 de agosto.
"Parte y Arte": pinceladas refulgentes en la oscuridad terrible
En el marco de los 90 años del Sor Josefa, Santa Fe abre una ventana a la memoria crítica de las décadas de 1970 y 1980 a través de una exposición que devela lo que históricamente fue silenciado o invisibilizado. Con curaduría de Guillermo Aleu, reúne a quienes encararon la denuncia social y a los que se refugiaron en una búsqueda abstracta, junto a gestores de espacios de búsqueda.

“La historia del arte no siempre se escribe con lo que se produce. A veces se escribe con lo que se calla, con lo que se ausenta, con el hueco que deja una voz silenciada. Esta exposición parte de esa constatación: el arte santafesino de los años setenta y ochenta no puede comprenderse sin nombrar aquello que lo interrumpió, lo torció y, paradójicamente, también lo redefinió”, escribió Aleu en el catálogo de la muestra.

Sendas divergentes
En el marco de los 90 años del Sor Josefa, Santa Fe abre una ventana a la memoria crítica de las décadas de 1970 y 1980 a través de “Parte y Arte”, una exposición que desvela lo que históricamente fue silenciado o invisibilizado. En un contexto de represión y autocensura, la muestra propone dos vías para entender ese período: la denuncia como forma de intervención política y la exploración del lenguaje plástico como resistencia y supervivencia.
La muestra reúne obras de Andrés Dorigo, Álvaro Gatti, Raquel Minetti, Susana Ocampo, José Mercado, Nydia Andino, Rosa Renk, Guillermo Hoyos, Nilda Marsili, Marilde Gurdulich, Richard Pautasso, Federico Aymá, Julio Botta, Domingo Sahda, Fernando Espino, César Armando Godoy, Rubén Sedlacek, Miguel Flores, Alicia Sedlacek, Carlos La Cava, Jorge Burguener, Oscar Luna, Kazutaka Raúl Ishikawa, Eduardo Elgotas, Benito Postogna, Wenceslao Sedlacek, Favaretto Forner, Yiya Piccoli, Juan Vergel, Peti Lazzarini y Eva Perlman.
Caminos en la oscuridad
Comenta el curador: “El 24 de marzo de 1976 no fue solo el comienzo de una dictadura. Fue el inicio de un reordenamiento violento del espacio cultural argentino. La represión, no obstante, había comenzado antes: el clima de intimidación instalado por la violencia paraestatal durante los años previos al golpe ya condicionaba cualquier práctica artística de carácter crítico. Artistas fueron desaparecidos, encarcelados, forzados al exilio. Lo que quedó fue una escena reducida, vigilada, atravesada por el miedo y la autocensura”.
“En ese contexto, la escena santafesina produjo un doble movimiento que esta muestra propone hacer visible: el de quienes sostuvieron una práctica de denuncia y memoria, y el de quienes encontraron en la exploración del lenguaje plástico una forma de continuidad y resistencia. Ambos movimientos son legítimos. Ambos son necesarios”.

Alzar el pincel
La denuncia como forma reúne en el mismo segmento de la muestra a Domingo Sahda, Andrés Dorigo, Federico Aymá, Richard Pautasso y José Mercado. Sus obras no son meros documentos: convocan la violencia, la nombran y la inscriben en el registro visual.
Aleu cuenta que “Pautasso, con su serie ‘Basurales’ (1976), señala lo que el poder decide arrojar fuera del orden visible. Federico Aymá, en su serie ‘Anotaciones’ (1973), nombra con precisión a los actores del Proceso: militares, instituciones cómplices, engranajes de un sistema que se presentaba como orden y era, en su núcleo, exterminio. José Mercado desarrolla en ‘El humanario’ (1979) una operación crítica de inversión: el poder como espécimen que merece ser observado y juzgado”.
Y añade: “Andrés Dorigo, en ‘Recuerdo In Memoriam’ -serie ‘Huella y datos personales’, 1982- hace de la ausencia una arquitectura visual: lo que falta en la imagen es tan elocuente como lo que permanece. La huella dactilar como rastro de una identidad que la desaparición forzada pretendió borrar y que el arte se niega a dejar extinguir. Domingo Sahda cierra este núcleo con ‘Aparecieron’ (1983): el título opera como afirmación y denuncia simultánea sobre la verdad que el régimen quiso enterrar”.

Huir de la figuración
Por otra parte, “Frente al ahogo de lo explícito, otra parte de la escena santafesina se volcó hacia la disciplina misma, hacia la especificidad del lenguaje plástico. Elegir la abstracción en un período en que el régimen pregonaba un orden figurativo era también, aunque silenciosamente, una toma de posición”.
Entre los que eligieron “forma como territorio” eligió a Rubén y Alicia Sedlacek, “cuya línea informalista anticipó los caminos que la abstracción local recorrería con mayor profundidad, y la obra de Kazutaka Ishikawa, que introduce una tensión singular entre lo gestual y lo estructural. Julio César Botta y Álvaro Gatti representan la consolidación de ese proceso: dos formas contrapuestas y complementarias de la abstracción. Botta encarna la abstracción geométrica -racional, universal, rigurosa-, mientras que Gatti encarna la abstracción lírica -emocional, gestual, singular-. Juntos definen el paradigma abstracto de la plástica santafesina.

Laboratorios
Como “ninguna escena artística se sostiene sin los espacios que la forman, la debaten y la transmiten”, la exposición tiene un espacio reservado para dos figuras claves de la formación artística.
“El Taller de Carlos La Cava fue durante los años setenta un laboratorio singular. (...) El método de La Cava reunía la creación de un alfabeto visual flexible con capacidad combinatoria y una estructura compositiva tomada del constructivismo como red organizadora”, afirma Aleu.
“Aunque el alfabeto visual de La Cava mantenía referencias figurativas -alejándose por tanto de la abstracción pura-, su legado pedagógico fue determinante para artistas que luego profundizarían esa búsqueda hasta sus últimas consecuencias”.
El otro referente es Fernando Espino, como figura de “una modernidad visual que en Santa Fe tuvo que abrirse paso contra la inercia academicista. Espino percibió como pocos un nuevo tiempo y lo que el arte moderno, en su vertiente abstracta, proponía estéticamente”. Así se lo puede considerar como “un artista sin contemporáneos locales a su altura: una vanguardia que la ciudad tardó en reconocer plenamente”.
Presencia viva
El cuarto espacio de la exposición se sale de la propuesta general para celebrar el patrimonio del Museo Municipal, presentando obras de artistas santafesinos de las décadas de los 70 y 80, junto a otras provenientes de colecciones particulares y de los propios artistas participantes.
“Pinturas, dibujos, esculturas y cerámicas conviven en este espacio con una lógica que no es la del argumento sino la de la presencia. Estas obras no necesitan ser leídas bajo ninguna tesis: basta con que estén aquí, disponibles, visibles, para que la escena artística santafesina de esos años adquiera la densidad y la pluralidad que ningún relato curatorial puede agotar por sí solo”, concluye el también galerista y docente.









