"Cada sombra cuenta una historia que la luz no se atreve a revelar". Rembrandt.
La historia poco conocida que une a Rembrandt con Santa Fe
El creador que revolucionó la pintura y el grabado también tiene un capítulo en la historia cultural santafesina. En 1944 el Rosa Galisteo exhibió una colección de sus aguafuertes, en una muestra que quedó registrada por El Litoral.

"Aunque Rembrandt gozó en vida del reconocimiento mundial, gastaba más de lo que tenía y al final entró en bancarrota, llegando a vivir en la pobreza sus últimos años. Fue enterrado en una tumba alquilada. Más tarde, sus restos fueron exhumados y destruidos y no hay ninguna marca del lugar de su descanso", escribió en Clarín la periodista Nina Siegal.
Nacido en Leiden en 1606, noveno hijo de un molinero y una hija de panadero, Rembrandt tuvo la vida que solo el siglo XVII holandés podía ofrecer: la de un país que se convertía, de un día para el otro, en potencia comercial y cultural. Necesitaba retratos de esa nueva burguesía y él se los dio. A cambio, esa misma sociedad terminó por darle la espalda.

Del taller a la fama
La formación de Rembrandt fue breve. Tras abandonar la Universidad de Leiden al año de haberse matriculado, pasó tres años en el taller de Jacob van Swanenburgh y, en 1624, seis meses más en el de Pieter Lastman, en Amsterdam. De esa etapa de aprendizaje quedó "La lapidación de San Esteban", firmado en 1625, hoy en el Museo de Bellas Artes de Lyon.
De vuelta en Leiden, compartió taller con Jan Lievens y aceptó a su primer alumno, Gerard Dou. La fama llegó rápido: en 1628, el poeta y coleccionista Constantijn Huyghens visitó ese taller y quedó convertido en uno de sus admiradores más fervorosos, con acceso directo a la corte de La Haya.
En 1631 el pintor tomó una decisión que cambiaría su historia: se instaló en Amsterdam, en la casa del marchante Hendrick van Uylenburgh, mientras Lievens partía hacia Inglaterra.

Fue ese vínculo el que le abrió la puerta al primer gran encargo, el retrato del comerciante Nicolaes Ruts, y el que lo llevó, en 1632, a pintar "La lección de anatomía del doctor Nicolaes Tulp" para el gremio de cirujanos, una obra que renovó por completo el retrato de grupo holandés.
"La ronda de noche" y el derrumbe
En 1634 se casó con Saskia van Uylenburgh, prima de su protector, y cinco años después la pareja compró una casa en uno de los barrios más distinguidos de Amsterdam. De los cuatro hijos que tuvieron, solo sobrevivió Titus, nacido en 1641.
En 1642, el mismo año en que terminó "La ronda de noche", murió Saskia. La deuda de la casa, sumada a una relación sentimental con la niñera de Titus que terminó en juicio, marcó el inicio de una crisis de la que Rembrandt ya no se recuperaría del todo.

Murió el 4 de octubre de 1669, un año después que su hijo, y fue enterrado en una sepultura alquilada en la Westerkerk. Con el tiempo, sus restos fueron exhumados y hoy no existe marca alguna que señale el lugar exacto de su descanso.
Un genio empático
Lo notable es que ni la ruina económica ni el anonimato del final lograron opacar lo que dejó pintado.
El investigador Miguel Calvo Santos lo describe como una figura central de la edad de oro holandesa, cuya actitud humilde y su agudo conocimiento del ser humano lo volvieron uno de los artistas capaces de generar mayor empatía entre colegas y estudiosos, más allá de la excelencia técnica de sus retratos y autorretratos.

En la misma línea, el historiador J. M. Sadurní señala que la faceta humana del pintor fue tan destacada, tanto por especialistas como por sus contemporáneos, como su propia obra pictórica, que recorre desde piezas monumentales hasta grabados de formato mínimo.
Esa dualidad es la que explica por qué Rembrandt sigue siendo, casi cuatro siglos después, un nombre capaz de convocar multitudes en cualquier sala donde se lo exhiba.
La huella santafesina
Además de revolucionar la pintura, Rembrandt fue uno de los innovadores del grabado al aguafuerte, disciplina en la que desarrolló recursos técnicos que todavía hoy son motivo de estudio.

Por esa maestría, su nacimiento (15 de julio de 1606) se conmemora como el Día Internacional del Grabador. El grabado, antes recluido en los círculos nobiliarios, fue la técnica que permitió la democratización de textos e imágenes en la Europa moderna.
Y hay un capítulo santafesino de esa historia que pocos conocen. En julio de 1944, en plena Segunda Guerra Mundial, el Museo Rosa Galisteo inauguró la Exposición del Grabado Universal, con 250 estampas procedentes de la Galería Müller de Buenos Aires.
Entre grabados de Alberto Durero, maestros alemanes del siglo XVI y piezas inglesas del siglo XVIII, había también aguafuertes de Rembrandt.

El Litoral cubrió la apertura y registró las palabras del entonces director general de Bellas Artes, Horacio Caillet-Bois, quien definió la muestra como "un panorama bastante completo y representativo" del desarrollo del arte de la incisión a través del tiempo y de las distintas escuelas que lo cultivaron.
Caillet-Bois subrayó, además, una paradoja de las circunstancias. Las dificultades (no se explicita, pero suponemos que se refiere a la guerra) para devolver las obras a Europa terminaron favoreciendo a Santa Fe, que pudo retener y exhibir un conjunto que originalmente no le estaba destinado.
Ese cruce entre la guerra, el azar y el patrimonio es apropiado para pensar a Rembrandt: un artista cuya obra sobrevivió a su ruina y que 80 años atrás, sin que casi nadie lo recuerde hoy, tuvo su propia noche santafesina en el Rosa Galisteo.








