No tuve la suerte de conocerlo. O mejor dicho, no tuve la suerte de tratarlo, al padre de Messi. Jorge siempre mantuvo un perfil bajo, no era propenso a hacer declaraciones y cumplió cabalmente con su rol de padre, consejero y administrador de la fortuna que fue creando alrededor de la imagen de su hijo. Pero la función de este empleado jerarquizado de una empresa metalúrgica y padre de cuatro hijos, empezó mucho antes. Arrancó cuando su hijo tenía apenas 12 años y debía iniciar urgentemente un tratamiento médico fundamental para su crecimiento.
Jorge Messi, mucho más que el padre de Leo
Fue el hombre que luchó para que su hijo pudiera hacer un tratamiento médico clave cuando tenía 12 años. Fue el mismo que lloraba en soledad cuando, en Barcelona y lejos de su familia, las cosas no parecían tan fáciles. Seguramente también fue el que le dio fuerzas para que su hija la “rompa” en el último Mundial.

Jorge Messi tomó allí decisiones clave, fundamentales. Todo podría haber terminado, o posiblemente no se hubiera magnificado como, en definitiva, ocurrió, si no tomaba el toro por las astas y partía, junto a su pequeño hijo, a Barcelona. Solamente ellos, el padre y el hijo, saben todo lo que debieron pasar a partir de ese momento. En la Argentina, ni Newell’s, ni River, ni nadie asumía la responsabilidad y el costo de ese tratamiento. Pudo hacerlo en Barcelona, donde aquel primer contrato firmado en una servilleta de papel fue, apenas, un eslabón chiquito y una anécdota más de todo lo que debieron pasar.
Jorge lloraba en soledad, sin que Lionel lo viera. Y Lionel también lo hacía sin que su padre lo viera. Era muy chiquito. Lo habían extirpado de su Rosario natal, de sus amigos, de su abuela (la mamá de su mamá, pieza clave porque era la que lo llevaba a los partidos cuando Leo era un niño y lo alentaba), a la que cada gol se lo dedicaba apuntando con sus dedos índice al cielo. También de su amor, al que en algún viaje se le declaró para siempre.
Murió Jorge Messi, hombre de pocas palabras y menos elogios. Alguna vez, Leo reconoció que su padre siempre tenía alguna corrección para hacerle. Y si la “rompía”, de él solo escuchaba un “jugaste bien”. Su vida de supervisor de la empresa metalúrgica cambió abruptamente cuando empezó a administrar la fortuna de su hijo. Se hizo experto en contratos, en inversiones y comenzó a relacionarse con abogados, empresarios y firmas multinacionales que querían a su hijo como figura principal.
Tuvo algunas derrotas, como cuando fue condenado a prisión – junto a su hijo – por parte de la hacienda española, de cumplimiento no efectivo. Entre ambos debieron pagar 4 millones de euros, aproximadamente, una cifra irrisoria al lado de todo lo que fue amasando en una carrera sin igual. Pero además, fue la compañía, el sostén y la pieza clave de una estructura familiar y empresarial sumamente compleja. Leo se dedicó a hacer lo que hace mejor que nadie: jugar al fútbol. Y fue porque su padre se encargó de resto, acompañándolo en todos los momentos, no solo los lindos (que fueron muchos más), sino también los feos, como cuando se le negaba sistemáticamente la posibilidad de ser campeón con la selección argentina, un sueño que a Messi se le postergó hasta que cumplió 34 años.
Sin conocerlo, estoy seguro que Jorge Messi, desde su lecho de enfermo, fue el que más fuerzas le dio a Leo para que juegue de manera brillante este último Mundial. No lo vio levantar la copa, como en Qatar, pero se llevó, con su último suspiro de vida, la imagen de un crack que a los 39 años sorprendió al mundo entero como lo hacía a los 20.








