Siete años después de su retiro y 13 desde su última participación en la gimnasia de élite, Katelyn Ohashi volvió a competir. La estadounidense de 29 años protagonizó uno de los regresos más emotivos del año al presentarse en el American Classic, disputado los días 26 y 27 de junio Champlin, Minnesota, donde volvió a pisar el tapiz con la misma sonrisa que la convirtió en un fenómeno mundial, aunque ahora con una perspectiva completamente distinta sobre el deporte y sobre su propia vida.
Katelyn Ohashi: la estrella viral que sigue inspirando, más allá de las cicatrices
A los 29 años, la ex figura de UCLA Bruins reapareció en el American Classic, reavivando una carrera marcada por el talento, las lesiones, la resiliencia y una historia que trascendió el deporte. De la promesa que venció a Simone Biles en 2013 a la mujer que hoy compite para sí misma, defendiendo el arte del nombre de su disciplina.

La ex gimnasta de UCLA anunció apenas unos días antes su decisión de regresar a la competición. “Después de varios años reflexionando sobre si quería seguir persiguiendo un sueño de niña, decidí intentarlo. Voy día a día; una habilidad, un aparato, un sueño”, escribió en sus redes sociales, dejando en claro que esta nueva etapa está lejos de la presión que marcó sus primeros años como atleta.

Sin presión, pero con ambición
En el American Classic, Ohashi participó en viga de equilibrio y suelo. En el primer aparato obtuvo una sólida puntuación de 13.150, suficiente para compartir la medalla de bronce, mientras que en suelo presentó una rutina simplificada que recibió 11.500 puntos. Su total de 24.650 quedó por debajo de la marca necesaria para clasificarse al Campeonato de Estados Unidos, aunque tendrá una nueva oportunidad durante el US Classic.
Más allá de los resultados, el simple hecho de volver a competir representó una victoria personal. Después de una década atravesada por lesiones, cirugías, problemas de salud y una larga búsqueda de equilibrio emocional, la estadounidense volvió a disfrutar de la gimnasia en sus propios términos.

La niña que venció a Simone Biles
Mucho antes de convertirse en un fenómeno de Internet, Ohashi era considerada una de las mayores promesas de la gimnasia estadounidense. Comenzó a practicar el deporte a los tres años y rápidamente sobresalió en las categorías juveniles. Fue campeona nacional juvenil en 2011 y dominó el Campeonato Pacific Rim de 2012, donde conquistó múltiples medallas de oro.
Su irrupción definitiva llegó en 2013. En su debut como senior ganó la American Cup, imponiéndose nada menos que sobre una joven Simone Biles. Aquel triunfo permanece como una de las escasas derrotas sufridas por la futura multicampeona olímpica en una competición de all around y alimentó la expectativa de que Ohashi sería una de las grandes figuras del ciclo olímpico rumbo a Río 2016.
Sin embargo, poco después comenzaron los problemas físicos. Una cirugía de hombro, lesiones en la espalda y nuevos desgarros truncaron su carrera en la élite cuando apenas comenzaba a despegar. Finalmente decidió abandonar ese circuito para reconstruirse desde otro lugar.

La rutina que dio la vuelta al mundo
Ese nuevo comienzo llegó en la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA), donde encontró un ambiente completamente diferente bajo la conducción de la legendaria entrenadora Valorie Kondos Field (conocida como “Miss Val”).
Allí recuperó el placer por competir. En 2018 fue campeona nacional de suelo y ayudó a las UCLA Bruins a conquistar el título por equipos de la NCAA (National Collegiate Athletic Association). Pero sería en enero de 2019 cuando alcanzaría una fama que trascendió la gimnasia.
Durante el Collegiate Challenge ejecutó una rutina de suelo calificada con un 10 (en las universidades se usa el sistema clásico), que combinaba una enorme dificultad técnica con coreografías inspiradas en el R&B y el pop: allí incorporó el célebre moonwalk de Michael Jackson y su marca registrada, el grand écart con rebote. Su expresión, sus sonrisas y la evidente felicidad con la que realizaba cada movimiento conquistaron al público.
El video recorrió el planeta en cuestión de horas y acumuló decenas de millones de reproducciones. Celebridades como Janet Jackson, Gabrielle Union e incluso figuras políticas estadounidenses compartieron la actuación, mientras Ohashi pasaba de ser una estrella universitaria a convertirse en un fenómeno viral.
Ella misma reconoció posteriormente que lo que conectó con tanta gente fue precisamente la alegría. “La gimnasia había estado asociada durante mucho tiempo a experiencias negativas. Creo que la gente pudo ver mi personalidad y disfrutar conmigo”, explicó tiempo después.
La batalla contra los estándares
Detrás de aquella sonrisa existía una historia mucho más compleja. Durante su etapa como gimnasta de élite sufrió un severo trastorno alimentario provocado por la presión constante sobre su peso corporal. En varias entrevistas recordó que entrenadores llegaron a decirle frases como “pareces un cerdo” o “te tragaste un elefante”, comentarios que terminaron afectando profundamente su autoestima.
La exigencia era tan extrema que ella y otras compañeras reducían su alimentación a apenas unas pocas centenas de calorías diarias pese a entrenar durante horas.
Con el tiempo encontró en UCLA un entorno completamente distinto, donde comenzó a trabajar con nutricionistas, psicólogos y entrenadores que priorizaban la salud por encima del rendimiento. Aquella experiencia transformó su relación con el deporte y con su propio cuerpo.
Desde entonces se convirtió en una activa defensora de la aceptación corporal y de la necesidad de cambiar la cultura de la gimnasia de alto rendimiento.

Marcas en la piel
Ohashi también decidió hacer pública otra lucha personal: las enfermedades que afectan su piel.
En distintas etapas habló abiertamente sobre el granuloma anular, una rara afección dermatológica que produce lesiones circulares en distintas partes del cuerpo, y más recientemente utilizó su plataforma para visibilizar la psoriasis en placas, una enfermedad autoinmune que provoca manchas y decoloraciones.
Durante años evitó mostrar su abdomen y sentía vergüenza por las marcas que aparecían en su piel. Hoy sostiene exactamente lo contrario. “Mi piel es mía. No me hace fea ni diferente. Mi alma y mi piel son algo que puedo amar, que amo y que seguiré amando”, expresó al participar en campañas de concientización sobre la enfermedad.
Su decisión de exhibir esas marcas sin esconderlas inspiró a miles de personas con condiciones similares, que comenzaron a compartir sus propias experiencias.

La pérdida de su padre
El regreso a la gimnasia también llegó después de atravesar uno de los momentos más difíciles de su vida. El pasado 29 de mayo falleció su padre, Richard Ohashi, con quien mantenía un vínculo muy estrecho. Katelyn incluso se mudó a Seattle para acompañarlo durante sus últimos meses de vida.
Al despedirlo publicó un emotivo mensaje en redes sociales. “La niña de papá. Conocer a mi papá era amarlo. Siempre estaba lleno de vida y risas. Daría cualquier cosa por volver a escuchar su risa. Siempre seré tu niña. Te amo, papá”, escribió.
Ese duelo terminó convirtiéndose en otro impulso para replantearse sus sueños y reencontrarse con la gimnasia desde una perspectiva completamente diferente.

Mucho más que una gimnasta
Tras retirarse en 2019, Ohashi se dedicó a escribir poesía, producir proyectos audiovisuales sobre aceptación corporal y participar en el Gold Over America Tour (juego de palabras con la sigla “GOAT”, Greatests Of All Times) de Simone Biles, con quien mantiene una estrecha amistad desde sus años en la selección estadounidense.
Paradójicamente, la única gimnasta que logró derrotar a Biles en una competencia importante durante los inicios de su carrera terminó encontrando en ella una de sus principales fuentes de apoyo durante los momentos más difíciles. De hecho, la llamó para contarle de su regreso y Simone le dijo: “Estás loca”, emocionada por su vuelta y la de la doblemente olímpica Jade Carey (terminado su paso por las Oregon State Beavers).
Hoy, lejos de perseguir únicamente medallas, Katelyn Ohashi representa otra forma de entender el alto rendimiento: una en la que el éxito también pasa por recuperar la alegría, aceptar las propias cicatrices y demostrar que nunca es tarde para volver a perseguir un sueño.









